Un recuerdo imperecedero

Hace ya unos años, una vez superada la edad dantesca, decidió aprender a tocar el clarinete.

Después de un par de temporadas a las órdenes de una agradable y joven holandesa recién llegada a su ciudad, se atrevió a dar el salto a lo que de verdad le interesaba, el jazz. Guarda como uno de los recuerdos más intensos de su vida el momento en que el inefable director de la caos-escuela de música a la que acudió le incorporó a la clase de Combo nivel I, luego apodado justamente combo-lacra.

Allí se encontró con un bajo auditor, un guitarra taxista, un pianista de Zurich y un batería zombi; ya habían iniciado los ensayos de la primera pieza. Era una canción que le producía cada vez —y lo hace todavía— una pequeña conmoción, por razones que se le escapaban. Se trataba de Les feuilles mortes, y disfrutó intensamente las muchas horas que dedicaron a perpetrarla durante los siguientes meses.

Pero no era de eso de lo que les quería hablar, sino de lo que le aconteció con su siguiente profesor de clarinete. Se trataba de un buen profesional que tocaba con prestigiosas bandas, y bastante peor docente. De complexión enjuta y fibrosa, cumplía a la perfección el esquema que para él definía al músico típico, un tipo de personas incapaz de recordar lo que has conversado con ellos días u horas antes, dado el grado de desinterés con que acogen todo aquello que no sea la práctica de la música.

Percibió una excepción en esa actitud vital cuando el profesor le explicaba la génesis de una pieza que se disponían a estudiar. Según creyó entender, el autor de la misma era algún oscuro músico, antiguo conocido suyo, y notó su emoción cuando le explicaba que a su vez estaba dedicada por el autor a un amigo y compañero de banda, recientemente fallecido.

Le impresionó esa emoción, y la contrastaba con la certeza de que, por mucho que el autor dedicara la pieza al recuerdo del amigo, esa declaración apenas llegaba a las dos personas que se hallaban en aquella mínima aula, y que olvidarían más pronto que tarde: olvido que él visualizaba lacerantemente inmediato.

Se equivocaba, por varias razones: porque el autor no era el desconocido compinche de su profesor que él había imaginado, porque no era una ignota pieza recién compuesta, y porque no sabía que años después yo lo relataría a un fantasmal conjunto de lectores.

Escrito por: Holmesss

  1. Magnífico texto. No sabía que ‘Autumn leaves’ tenía ese bello título en francés, ‘Les feuilles mortes’. Gracias Holmesss.

  2. La que no conocía yo era la de “Autumn leaves”… Esas pequeñas conmutaciones que acaban de vestir a la vida con brochecitos de oro.
    Les feuilles mortes por Yves Montand
    Madre mía, qué buena manera de empezar la mañana.
    Good morning.
    Bonjour.

  3. Bonjour: la original es, creo, la canción francesa, con letra de Jacques Prévert.
    Me ha gustado mucho su historia, Holmesss. Recordaremos a Cliff.

  4. Lo dejo para que lo lea al acabar la siesta del carnero, que suele finalizarla a las 12. Luego dos carajillos y al aperitivo.

  5. Para mi también lo es, otra cosa es que jurídicamente sea más que discutible…

  6. Me uno a las felicitaciones, Holmess. Bonita entrada.Y prefiero la versión, cualquiera, de jazz que la empalagosa original

  7. Llevo años buscando en textos religiosos y de filosofía un sustento teórico que encaje con mi forma de entender la vida. Cierto que este proceso inductivo es mucho más complicado que el habitual, sea adaptarse a un ideal cristiano o, digamos, hegeliano. Anoche, escuchando Lohengrin, vi por fin la luz. Comprendí como el Santo Grial es la expresión máxima del AMOR y la LIBERTAD vistos desde una perspectiva secular. Wagner toma esta idea de Feuerbach y crea con ella un drama musical, Lohengrin, en la única opera del maestro en donde se dice “Ich liebe dich” (te quiero).

    Este planteamiento lo lleva Wagner a la realidad y convierte su vida en una busqueda eterna de amor y libertad. El amor lo entiende, en coincidencia absoluta con mi pathos, como la consecución de la sumisión de la mujer perfecta. Siendo esto un ideal nos obliga, tanto al maestro como a mí, a probar una y otra vez buscando desesperadamente ese arcano mítico de perfección y sumisión femenina que es nuestro Santo Grial.

  8. Robot, he escrito un post IMPORTANTE, como diría nuestro añorado vate. Podrìa usted limpiarlo y fijarlo? Muchas gracias.

  9. Son todos ustedes muy amables. Ya sólo faltaba que el Marqués la hubiera calificado como suficientemente clara, y sería el acabose.
    Gracias por las aportaciones: está claro que la primera pieza toca material sensible. Me acuerdo haber escuchado a Raimon tatarearla en L’illa del tresor, un programa de TV3 que resulta imposible concebir hoy, mediados los años 90. Si quieren practicar en la intimidad pueden echar un vistazo aquí :http://www.tv3.cat/videos/397549/Lilla-del-tresor
    También allí recuerdo una entrevista con el gran Aleix Vidal-Quadras donde sostenía, como hago yo ahora, que todo lo esencial de las fuerzas que rigen al ser humano se halla expuesto en Tristan&Isolde.

  10. “buscando desesperadamente ese arcano mítico de perfección y sumisión femenina que es nuestro Santo Grial.”
    Aaaaaaaaaaaah jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja
    (Pues está en nuestra catedral. Ven a por él si tienes Eier.)

  11. Wagner es muy pomposo, y aún así me encanta la obertura del Holandes Errante, la marcha nupcial de Lohengrin y su symphony in C Major o como se escriba que tiro de memoria y con un limitado oído musical. Pero recuerdo estudiar en música el argumento de Lohengrin y lo desatadas que estamos todas con tanto romanticismo.

  12. Estaba muy bien L’illa del tresor. Yo recuerdo sus listas de, por ejemplo, buenos propósitos. Aquí van algunos, que puse en mi blog (que, compruebo sorprendido, no está enlazado en la lista de blogs de este garito):

    – Mojar una magdalena en un café con leche sabiendo que cuando seamos mayores recordaremos este momento.
    – Bautizar a nuestro hijo con el nombre de nuestro adversario.
    – Aunque no tengamos la gripe, meternos en la cama con un termómetro en la boca y pedir a los amigos que nos vengan a ver.
    – Inventarnos el nombre de un escritor, preguntar a los amigos si han leído algo de él, y al que diga que sí retirarle la palabra, por burro.

    http://desiertopolaco.blogspot.com.es/2011/01/buenos-propositos.html

  13. Tengo un buen amigo pintor.
    Si os gusta el hiperrrealismo pinchad: http://www.pedrocampos.net. Es una maravilla.
    En el Thyssen estos días hay una exposición de hiperrealismo y sus trabajos están en un libro que se vende allí.

    Para las chicas: es guapísimo, divorciado y cuarentón.

  14. Dicho con respeto, la entrada la veo con exceso de adorno, ya saben que prefiero el toreo por derecho. Sin duda destila un buen conocimiento del mundo del jazz, por lo que le invito a que nos introduzca en el mundo de otro Art diferente de Blakey. Tatum, y desde ahí mézanos con Oscar Peterson y Bill Evans. Desde ahí llévenos a Liszt. Seguro que sabe cómo. Ilústrenos maestro, pero sin innecesarios jeribeques.

  15. Impresionante la técnica su amigo el pintor, Reinserto. Aunque demasiado frío.

  16. El exceso de buen rollito produce reacciones irónicas. Hasta ahora, por lo general, la víctima solía ser la Iglesia católica. Pero las cosas están cambiando: Nuke the whales!

  17. Mi buen amigo “el faquir” ya suspiraba por conseguir la sumisión de la mujer perfecta, pero él no necesitaba recurrir a Wagner, ni al Santo Gríal para inferir por directa intuición macho que tenia que agenciarse una novia japonesa, quizás china.

    Ésta era su conversación tipo imaginada, cuando nos lo explicaba:
    – Vamos al cine.
    – Si.
    – Hmmm… No vamos al cine.
    – Si.

  18. (Qué hatajo de ignorantes, pretender la sumisión de la mujer perfecta es un claro paralelismo masoniano del principio de incertidumbre de Heisenberg: en cuanto fuera sumisa, dejaría de ser perfecta)

  19. Me permito traducir a la maullante que entre gatas nos conocemos:

    -O me comen bien el coño o nos dejamos de tontunadas masonianas con incertidumbre. Eso, eso.

    Venga, va, dame candela

  20. Perroan, me alegro que te gusten. Tal vez pequen de frios, a mí me encantan. No soporto los excesos.

  21. Entradas como las de Holmesss son las que se necesitan para ir aliviando a nuestros anfitriones, Dogman & Robby, de la pesada carga de alimentar diariamente a la fiera insaciable del blog. Si encima es con exquisiteces como la de hoy (enhorabuena, Mr. Holmesss), mucho mejor.

    Clifford Brown es uno de esos músicos de jazz de los que compro todo disco que encuentro a mi paso, como me pasa también con los de Lee Morgan y Miles Davis (o los de John Coltrane, Charles Mingus, Bill Evans, Abbey Lincoln, de entre los muertos, y Pat Metheny, de entre los vivos, por citar sólo algunos de los músicos que me van a hundir en la puta miseria). Así, po ejemplo, tengo el disco de Cannonball Adderley, el excelente Somethin’ Else, con Miles Davis en la trompeta, que se abre con esa versión de Autumn Leaves. Y también, el disco de Lee Morgan, Volume 3, con Benny Golson en el tenor, que contiene el tema I Remember Clifford. Ambos discos, por cierto, grabados para Blue Note en el estudio del gran Rudy Van Gelder, si me permiten poner el broche a la ultrapedancia.

    Mi versión preferida de Autumn Leaves es muy concretamente ésta, en vivo, de Eva Cassidy (q.e.p.d.).

  22. Puedes decir

    Puedes decir que un día te ame, puedes gritarlo

    Que un día, casi toda esta vida, te ame.
    Puedes decirlo, gritar sin miedo haber sido amado

    Puedes decirlo.

    Y debes concretar el tiempo de ser amado que a mi se me escapan las fechas y los tiempos de simulacros.
    ¿Cuando fue que te amaba? ¿cuando fue que tú me deseabas?
    Fechas, días, años… ¿tal vez ayer?. ¿Nunca?
    Puedes decir que yo te amaba.

    Puedes decirlo

    Y gritar con muda voz que yo te amaba y tu cuerpo era mi casa
    Puedes decir que tenias a una enamorada y se vistió de viento para desnudarse en tu nada
    Puedes decir de mis lágrimas, puedes no hablar de nada

    Pero un día, tantos años, te amé Y debes gritar o callar que yo te amo

    O besar mi silencio y mi des

  23. Listz era el suegro de Wagner, aunque eran casi de la misma edad. El maestro, como todos los grandes hombres, necesitaba una mujer joven a su lado. Cósima era una mujer perfecta, sumisa con su esposo, pero solo con él. Ciento cincuenta años mas tarde, algunas pocas mujeres sabias admiten que su estatus ideal es el de sumisión a un gran hombre. No lo digo yo, lo dicen ellas.

  24. Durante tres gozosos años conviví con la mujer perfecta: guapa, joven y sumisa. Se hacía llamar Princesa de Plata por un tatuaje en forma de una flor del mismo nombre que adornaba su vientre, muy cerca de su rasurado sexo. Lo dejé todo por ella, pues una vez encontrado el santo Grial mi vida había alcanzado su pleno sentido. Fuímos inmensamente felices, algunos de por aquí fueron testigos. Pero un día descubrí con horror que su sumisión no era tal, solo fueron unas palabras desabridas pero supe que había una sombra en su alma. Partí de nuestra casa con los ojos nublados de lágrimas, pero sabiendo que hacía lo correcto. Han pasado ya casi otros tres años, pero cada noche al cerrar los ojos me imagino que beso su Princesa de Plata.

  25. Es fantástico hablar de sumisión de las mujeres, cuando a una, por no querer serlo, la han condenado a morir a latigazos.
    Es fantástico hablar de sumisión de las mujeres, cuando a miles, para que lo sean, se les cercena el clítoris.
    Es fantástico hablar de sumisión de las mujeres, cuando a miles (diferentes de los anteriores) se las puede llevar el marido al bosque después de que se las haya devuelto por las autoridades tras estas escapar de casa por pretender ellos eso, precisamente que sean sumisas, y entonces, allí, en el bosque, atarlas, y cortarles la nariz y las orejas.
    Sí, es fantástico. Y muy gracioso. Graciosísimo. Yo es que me parto.
    Y es que ya pueden algunos leer y escuchar música, que monas se quedan.
    (Y para comentarios posteriores: a usté a la mierda)

  26. Es recomendable Los años del No-do , de la 2. En unos minutos se hace evidente la fractura entre la realidad y lo que describían los medios entonces. Entonces algunas almas atentas caen en que hoy ocurre lo mismo, sólo que pocos somos lo que lo advertimos. Voy ensayando en distintas entonaciones “ya lo decía, ya lo decía yo” para dentro de unas décadas.

  27. Si a finales del XIX y principios del XX el deporte artístico consistía en ‘epatar al burgués’, parece que en el siglo XXI las únicas personas ‘epatables’ son las feministas y los políticos (y sus clones). La diferencia, sospecho, es que los burgueses decimonónicos caían realmente patidifusos ante unas provocaciones que no llegaban a entender, mientras que nuestros patidifusables contemporáneos distingue perfectamente el señuelo pero prefieren entrar al trapo, elegir una interpretación por la recta vía y rasgarse las vestiduras con grandes alharacas a ver si cuela su impostación. La Santa Indignación se ha trocado en Santa Impostación.

  28. Oscar Peterson estudió música clásica en su Canadá natal con Paul de Marky, un profesor húngaro que había recibido clases en Budapest con Stefan Thomán, el cual fue el alumno preferido de Frank Liszt (el suegro de Wagner). El compositor argentino Lalo Schifrin consideraba a Peterson nuestro Listz y a Evans el nuevo Chopin. A todas mis princesas las he hecho escuchar las grabaciones de Bill Evans en el Village Vanguard y las he hecho llorar hablándoles del triste destino del grandísimo Scott Lafaro. Solo por contarnos esto, me suelen decir, merece la pena rendirte sumisión. Luego nos dormimos abrazados, mientras les susurro al oido cómo Thelonius Monk zurraba las teclas del piano, como si zurrase a una puta les digo y esto las excita y quieren que volvamos, otra vez, a hacer el amor.

  29. (A lo largo de la Historia, el deporte social siempre ha sido hacer de camarilla; generalmente para obtener ciertos favores, o la simple aceptación de entrada en algunos círculos a los que el camarilla considera que no puede acceder, si no es haciendo de camarilla.
    Lo que caracteriza, eso sí, al estilo del camarilla del XXI, es que le encanta ir de culto y sobradísimo.)

  30. Un día de estos, marqués, se me va antojar que me caes bien y me susurres al oido. Un día.

  31. Despierto con la noticia de la muerte de Bebo Valdés, Adoro su disco con el Cigala. Juliocero cuando lea estas lineas, pìnche algo del maestro, lágrimas negras, si puede ser.

  32. Fui el médico de una gran orquesta. Cuando salíamos de gira, en las cenas, me sentaba en la mesa con el concertino y el director titular. Luego me iba de copas con los del viento, todos valencianos. Fueron muchos países, muchos ensayos, pero siempre las fieles mujeres de los dos divos acataban sumisión y entrega. Eran grandes hombres, artistas superlativos, pero no sabían ni encontrar el asiento en el avión. Ellas siempre omnipresentes, orgullosas de sus genios. No todos los hombres son iguales, algunos tocan la cumbre de la sensibilidad y necesitan sentirse dioses. Como Phil Spector, otro gigante al que quizás las mujeres no entendieron.

  33. Cuando Bebo Valdés estuvo en Córdoba en su gira de Lágrimas Negras, los cabales de la asociación CórdobaJazz le rendimos tributo de admiración en el camerino del Gran Teatro ya antes de salir a escena, entregándole el título de Socio de Honor de nuestro club. Cordialísimo y con amena simpatía, el maestro lo agradeció como si el reconocimiento se lo hiciera el más importante círculo jazzístico del mundo y no el de una ciudad que es al jazz lo que Bratislava al flamenco. No me cuento entre los detractores de Diego El Cigala como cantaor y mucho menos en aquella colaboración con Bebo Valdés (Lágrimas Negras está entre mis discos), pero lo que más disfruté de la noche fue cuando Bebo (Bebop, como le llamábamos) y Javier Colina (“el mejor bajista con el que he trabajado nunca”, decía el maestro), se quedaron solos en el escenario.


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