Me acuerdo

MeAcuerdo-BrainardMe acuerdo de que «bastardo» perdió mucha fuerza para mí cuando me enteré de lo que significaba. Esperaba algo muchísimo peor.

Me acuerdo de Linda Berg. Una vez me confesó que, aunque no quería «ir muy lejos», le encantaba que le sobasen las tetas (lo que para mí ya era ir bastante lejos) y que si ¿pensaba yo que era algo malo? (Socorro).

Me acuerdo de ponerme el elástico de los calzoncillos por debajo de los huevos, de modo que queda como si te pusieras un sujetador en el paquete, y de modo que parece que tienes más allí debajo de lo que realmente tienes.

Me acuerdo de (en los primeros años en Nueva York) ver a un hombre apretándose un lado de la nariz con un dedo, mientras que por el otro agujero salía un chorro de mocos disparado contra la acera. (Impactante).

Me acuerdo del DDT.

Me acuerdo de la gran comida de los domingos, la cena ligera de los domingos y, por la mañana, «clase».

Me acuerdo de los calcetines blancos con una raya roja y otra azul en la parte de arriba.

Me acuerdo de las pelotillas de papel que se te quedan en los vaqueros cuando se te olvida un kleenex en el bolsillo.

Me acuerdo de que siempre me cargaba las gafas y de que siempre me decían que la próxima vez tendría que comprármelas con mi paga (25 centavos a la semana), pero nunca era verdad.

Me acuerdo del Llanero Solitario y de Tonto.

Me acuerdo de que la primera vez que probé un filete tártaro me lo fui tragando comiéndome a la vez un montón de galletitas saladas con mantequilla.

Me acuerdo de que ella quería que le pusiese el dedo en el coño y así lo hice, pero no tenía ni idea (o ninguna imaginación) de qué hacer con eso salvo moverlo un poco de aquí para allá.

Me acuerdo de una vez en que mi madre hizo desfilar a un puñado de mujeres por el baño mientras yo estaba cagando. ¡Nunca he sentido más vergüenza en toda mi vida!

Me acuerdo de no gustarme a mí mismo por no entrarle a tíos a los que podría ligarme sólo por la posibilidad de ser rechazado.

Me acuerdo de la colección de novelas de Zane Grey de mi padre y de un libro guarro que se llamaba ‘Cómo camelarse a Mary’.

Me acuerdo de «Es la última vez que te lo digo».

Joe Brainard. Me acuerdo. Sexto Piso.  México, Madrid, 2009. Traducción de Julia Osuna Aguilar.

— — ooo OOO ooo — — 

MeAcuerdo-PerecMe acuerdo del café de Jean Robic, en la avenida de Maine.

Me acuerdo del yoyó.

Me acuerdo de cuando iba a buscar leche con un cubo de latón todo abollado.

Me acuerdo del baño que tomaba los sábados por la tarde cuando volvía del colegio.

Me acuerdo de la paloma de Picasso, y de su retrato de Stalin.

Me acuerdo de la mixomatosis.

Me acuerdo de que mi tío tenía un aparato para afilar las hojas de afeitar.

Me acuerdo de que he intentado muchas veces utilizar una regla de cálculo, y de que también muchas veces he comenzado manuales modernos de matemáticas diciéndome a mí mismo que, si iba poco a poco, si leía todas las lecciones por orden, haciendo los ejercicios y todo lo demás, no habría razón para rajarse.

Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión “sin solución de continuidad”.

Me acuerdo de la banda de la tracción delantera.

Me acuerdo de que todos los números cuyas cifras suman nueve son divisibles por nueve (a veces me pasaba las tardes comprobándolo…)

Me acuerdo de las horas que pasé, creo que en tercero, intentando alimentar el agua, el gas y la electricidad de tres casas, sin que se cruzaran las tuberías (no hay solución mientras que sea un espacio bidimensional; es uno de esos ejemplos elementales de topología, como los puentes de Koenigsberg o el coloreado de los mapas).

Me acuerdo de que la palabra “robot” es de origen checo, y de que la inventó, creo, Carel Capek.

Me acuerdo del atentado en Petit-Clamart.

Me acuerdo de que André Gide fue alcalde de un pequeño pueblo de Normandía y de que presumía de ser pomólogo.

Me acuerdo de los agujeros de los billetes de metro.

Me acuerdo de que tenía una linterna con una empuñadura que hacía que pareciese un revólver.

Me acuerdo de los seis días en Vel d’Hiv.

Me acuerdo del canguelo que tenía —en el internado— de que me enceraran la polla.

Me acuerdo de que mi primera bicicleta tenía ruedas macizas.

Georges Perec. Me acuerdo. Berenice. Córdoba, 2006. Traducción de Yolanda Morató.

Cortesía de Bremaneur

Diccionario para entender a los humanos (resumen semanal 11-17 marzo 2013), por Perroantonio

matchboxPublicidad. Comunicación tramposa dirigida a estimular un deseo que es posible satisfacer, normalmente a cambio de dinero. Si usted tiene dudas de cuando una comunicación es publicidad y cuando información no sesgada, sólo tiene que buscar —como en la resolución de los casos criminales— hacia dónde circula el dinero. Por ejemplo, ‘Trampakol, elimina de raíz todos sus dolores’ es publicidad, porque miente con el objetivo de que usted pague por comprar el producto; sin embargo, el prospecto médico que lo acompaña es sólo información, pues la sección que describe los posibles efectos adversos (‘puede producir diarrea, vómitos, manchas en la piel, caída del cabello, escozor íntimo y mutaciones sexuales’) hace todo lo posible para que usted aborrezca el producto y evite comprarlo. La información veraz, queridos niños, normalmente viene acompañada de efectos adversos.

Eslogan. Frase adhesiva que despierta la imaginación y alegra el bolsillo.

Hipocresía. Fingimiento de lo conveniente, acompañado de ostentación moral, para ganar prestigio. El hipócrita invierte en su reputación atribuyéndose y exhibiendo comportamientos, ideas, sentimientos, creencias y opiniones ajenas que considera tendencias sociales triunfantes. La actitud hipócrita es, por una parte, una forma de adaptación al medio y, por otra, un comportamiento ejemplarizante que propaga los valores dominantes, promueve la integración en la comunidad moral o ideológica, y favorece la homologación social y el adocenamiento. La hipocresía es la forma de comportamiento político contemporáneo por excelencia. Teóricamente, lo contrario de la hipocresía es la sinceridad, pero el hipócrita consumado alcanza la excelencia cuando su fingimiento le engaña a sí mismo haciéndole creer que es sincero. Los seres sensibles, aunque deberíamos retorcer el cuello de la paloma hipócrita, preferimos fumigarla con ironía. Si la hipocresía cohesiona, la ironía disgrega.

Crédito. Mecanismo financiero para satisfacer el deseo y adelantar el tiempo que permite disfrutar en el presente bienes que pagaremos en nuestro futuro a plazos. Su uso alegre y desprejuiciado puede provocar que los bienes adquiridos se volaticen y que, sin embargo, haya que seguir pagando indefinidamente los plazos y sus intereses por no haber leído el manual de instrucciones y por no entender la diferencia entre valor y precio.

Caracol. Animal asombroso de un solo pie que camina sobre el estómago, lleva sobre su espalda una casa diseñada en espiral logarítmica, es hermafrodita, pone huevos y tiene los ojos en la punta de los cuernos. Si fuera cierto que Dios creó a todos los seres, habría que reconocer que tenía sentido del humor.

Burocracia. Organización minuciosa de los procedimientos de trabajo en una jerarquía destinada a producir copiosa documentación que hay que insertar incesantemente por el conducto reglamentario de sus integrantes.

Birrete. Gorro extravagante e inútil, rematado con borla, que completa la vestimenta absurda con la que las autoridades académicas enfatizan el anacronismo de sus costumbres.

Cónclave. Asamblea de cardenales católicos, encerrados bajo llave, que elige entre sus miembros al nuevo Obispo de Roma que, a partir de ese momento, se vuelve infalible porque le dicta los dogmas Dios en forma de paloma.

El tamaño sí importa

ConjuraLa idea de que la percepción femenina de las cualidades masculinas pueda estar más condicionada por el atractivo físico de lo que pretende la «versión oficial» resulta incómoda, y más cuando, para más inri, se insinúa que el «olor a tigre» hace vibrar una fibra sensible olvidada en el desván de nuestra psique mamífera. Pero la incomodidad deviene in­dignación ante la propuesta, políticamente más que incorrecta, de que el desmesurado pene del macho humano es, como la majestuosa cola del pavo real, un producto de la selección sexual.

Antes de seguir, debo puntualizar que el calificativo de «desmesu­rado» en este contexto es aplicable tanto a los casi treinta centímetros de pene del legendario John Holmes como a los diez centímetros esca­sos de los penes humanos más modestos dentro del rango normal; y es que los imponentes gorilas, que superan los 250 kilos de peso, tienen un pene que en plena erección no es más grande que un pulgar, lo mismo que los orangutanes, mientras que el de chimpancés y bonobos, los antropoides mejor dotados, apenas supera los 8 cm de largo y no es más grueso que un dedo.

Junto con nuestro voluminoso cerebro, el pene humano es el órgano que ha experimentado un agrandamiento más notorio en relación con nuestros ancestros antropoides. La explicación más inmediata de este hecho es que las hembras protohumanas privilegiaron a los machos de pene relativamente grande porque éstos les proporcionaban más placer durante el coito. Pero el clima ideológico adverso a esta idea ha propi­ciado la búsqueda de explicaciones alternativas más o menos rebusca­das. La más pintoresca quizá sea la del austriaco Irenäus Eibl-Eibes­feldt, quien ha propuesto que el pene humano evolucionó como una señal de amenaza. La idea se inspira en la conducta de los papiones y otros monos cercopitécidos, cuyos machos montan guardia sentados con las piernas separadas y experimentan una erección cada vez que di­visan a un extraño. La interpretación del pene erecto como un gesto de amenaza se justifica porque los machos de estas especies reafirman su rango «poseyendo» a los subordinados (que les presentan las nalgas en actitud de sumisión) en una cópula homosexual ritualizada. Pero los machos humanos no experimentan una erección cuando ejercen su au­toridad sobre sus subordinados, ni éstos presentan sus nalgas a sus su­periores (aunque a más de uno le haya tentado alguna vez hacerlo, pero desde luego no como muestra de respeto).

En realidad, el simbolismo agresivo del pene erecto es una peculia­ridad de los cercopitécidos no extrapolable a otros primates. En los chimpancés y bonobos, mucho más cercanos a nosotros que los papio­nes, la exhibición del pene erecto, de un vivo color rosa, es una invita­ción al sexo y no un gesto de amenaza. La objeción usual al traslado de esta interpretación al caso humano es que las mujeres suelen declarar que la visión de un pene erecto no las estimula en absoluto; es más, para muchas resulta incluso repulsiva. Pero este rechazo no me parece más innato que el de musulmanes y judíos hacia la carne de cerdo, o el de los vegetarianos militantes hacia la carne en general. Puede que los penes no inspiren belleza, pero tampoco un pollo asado necesita ser «bonito» para resultar apetitoso.

La imagen del pene erecto sí estimula a las hembras de chimpancé, cuya psique no está culturalmente castrada. Los penes humanos pare­cen emitir el mismo mensaje de invitación al sexo, a juzgar por la con­ducta de Lucy, una chimpancé criada entre humanos a la que un día sus cuidadores (es de suponer que con un móvil científico) proporcionaron un número de la revista Playgirl para que lo hojeara. Se cuenta que la chimpancé mostró un vivo interés por los genitales masculinos expuestos, que tocaba insistentemente con el dedo, y que después de desplegar el póster central en el suelo se puso encima y restregó su vulva contra el pene erecto de la foto.

Ambrosio García Leal. La conjura de los machos. Una visión evolucionista de la sexualidad humana. Tusquets Editores. Barcelona, 2005.
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El peso del pecado

pattysmith-mEn invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y retirada. Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor que yo. Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y le leía tebeos.

Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman, La pequeña Lulú, Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.

Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas, cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie. Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma, pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.

Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.

Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.

Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la manopla. Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi escondrijo. Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí devolver el alfiler y pedirle perdón.

Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron, mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.

Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina. En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora. Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser, jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera por mí.

Patti Smith. Éramos unos niños. Random House Mondadori. Barcelona, 2010.
Título original: Just kids. Traducción de Rosa Pilar Pérez Pérez.
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La Ilustración francesa y la aparición de los intelectuales

la_cultura_schwanitzSe llamaban philosophes, pero no eran pensadores solitarios que crearan sistemas de difícil comprensión; antes bien, escribieron elegantes ensayos dirigidos al gran público, sátiras, interesantes novelas e ingeniosos diálogos. Eran escritores que filosofaban y se llamaban Diderot, D’Alembert, Holbach, Helvétius y —el maestro de todos ellos—, Francois Arouet, conocido como Voltaire.

Estos philosophes anticiparon la figura del intelectual: un tipo sin lealtad a nada, excepto a su propia razón; crítico frente a la autoridad, sobre todo frente a los poderosos; burlón, satírico, polemista y desenmascarador. No era un erudito, su preocupación era el presente; no era un académico, su estilo era periodístico. Se interesaba por las absurdas acciones de los gobiernos y por los defectos de la sociedad. Aclamaba a la razón y la convertía en el tribunal supremo de la entera organización social. Estos intelectuales declararon la guerra a los mitos, los dogmas y las supersticiones: consideraron a la Iglesia como la representante del oscurantismo, y para ellos el cristianismo era especialmente absurdo.

Así, con su irreverencia los philosophes transformaron desde París el clima intelectual de Europa, calando tan profundamente en la cultura como anteriormente lo había hecho la Reforma, algo que exigía una nueva síntesis.

Entre 1745 y 1746, los editores se unieron para compilar todo el saber de la época en una enciclopedia. Inicialmente, ésta no debía ser más que una edición francesa de la Cyclopaedia inglesa de Chambers (1711). Pero, tiempo después, uno de los philosophes recibió el encargo de editar un diccionario enciclopédico: Denis Diderot. Hasta ese momento, este intelectual sólo era conocido por sus escritos subversivos y por la novela en la que los órganos sexuales de una dama cuentan sus aventuras (Joyas indiscretas, 1748). Ahora tenía que lograr que su famoso amigo Jean d’Alembert pusiera su espíritu y su pluma al servicio de la Enciclopedia. Cuando empezaron a trabajar, se olvidaron de Chambers y, partiendo de las facultades fundamentales del hombre, elaboraron un nuevo mapa del saber: una historia para la memoria, una ciencia para la filosofía, una teología para la razón, una literatura para la imaginación, etcétera. La idea rectora era la naturaleza: de ella se extrajo el programa de una religión natural, de una filosofía natural, de una ética natural y de una psicología natural.

En un tratado introductorio, D’Alembert desarrollaba todo esto con tanta elocuencia y tanta confianza en la fuerza de la razón que este texto es uno de los escritos más importantes de la prosa francesa*. Los héroes y principales puntos de referencia de la Enciclopedia fueron Francis Bacon y John Locke.

Cuando aparecieron los primeros volúmenes, la censura se lanzó sobre ellos, pero gracias al apoyo de la amante del rey, Madame de Pompadour, y de otras personas Diderot y D’Alembert pudieron reanudar su trabajo. La censura previno al público, con el resultado de que el número de abonados creciera, pasando de mil a cuatro mil. El tercer volumen se ocupaba, entre otras cosas, de las contradicciones en que incurría la Biblia, e introducía la duda allí donde antes estaba la fe. Posteriormente, Voltaire se unió a los autores y se ocupó de la letra E, escribiendo artículos dedicados a la Elegancia, la Elocuencia y el Espíritu. Pero fue Diderot quien escribió el «metaartículo» titulado Enciclopedia, probablemente el mejor, y sin duda el más extenso del diccionario. En esta aportación, Diderot vuelve a explicar el propósito de la Enciclopedia y anuncia la futura revolución del saber.

La aparición de cada uno de los volúmenes causaba sensación en toda Europa. La Iglesia y la corte estaban indignadas, y la obra fue prohibida una y otra vez. El Papa la condenó y a Federico II el Grande le honra el haberle ofrecido su patrocinio en Berlín. El último volumen aparece en 1765; para entonces ya habían aparecido siete ediciones pirata, la mayoría en Suiza. En total se hicieron cuarenta y tres ediciones en veinticinco países. En muchos hogares burgueses la Enciclopedia sustituyó a la Biblia; por la noche, las familias se reunían para leer un artículo; se fundaron asociaciones dedicadas a su estudio.

La Enciclopedia es un monumento de la Ilustración. Contribuyó decisivamente a erradicar el viejo orden y a preparar la Revolución. Su objetivo era sustituir a la religión por la ciencia y a la fe por la razón.

Dietrich Schwanitz. La cultura. Todo lo que hay que saber. Taurus, Santillana Ediciones Generales. Madrid, 2002. Traducción de Vicente Gómez Ibáñez.
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* Discurso preliminar de la Enciclopedia en PDF.

La furia preciosista

Cubierta_elarte de escribir sin arte.indd[…] La furia preciosista que se observó en la prensa alemana inmediatamente después de la gran guerra para tratar temas de partido, consistía en que el desnudo masculino apasionaba a los hombres y el femenino a las hembras. Y si hay un preciosismo alemán —o mejor, prusiano— corre a lo largo de la literatura alemana de postguerra. Sabido es que los hombres al revés se multiplican en la guerra, en el convento y en el presidio. Para hallar en Alemania una literatura limpia, despejada, no pegajosa y atractiva, hay que ir de espaldas a Berlín, cara a Múnich y al costumbrismo popular y crítico anterior a 1914. Desde aquella fecha, la guerra incubó el fascismo. La literatura se hizo preciosista, deportiva y efebesca y militar. El oficial prusiano resucitó con su monóculo, su látigo y sus ademanes de peripuesto. A estos arquetipos decadentes, sólo puede cantarlos un decadente, un preciosista, un charlista. Nació la charla, que es una coquetería de tribuna.

Todas estas ínfulas no produjeron en España el preciosismo literario, pero este nació en los cenáculos de la misma causa que el preciosismo empleado en la vida de relación por los preciosistas imitadores del prusianismo —derrotado en la gran guerra— y del jesuitismo. No hay necesidad de leer a Jorge [sic] Simmel para comprender la coquetería.

Los jesuitas fueron grandes preciosistas de la religión. Ellos convirtieron las severas iglesias españolas en cabarets del cielo. En París hay —en Cliché— un cabaret celeste que parece una de esas iglesias alumbradas hasta la locura que tienen los jesuitas, iglesias enjoyadas, cubiertas de estatuas malas de tallas renacentistas, góticas y barrocas hasta el delirio. Este preciosismo religioso privaba en los cuarteles, convertidos en prusianismo decadente, y en las tertulias literarias, convertido en preciosismo de prosa o de verso.

Rubén Darío representa, con Valle Inclán y sus apéndices, la decadencia desastrosa de aquella época. Los imitadores más pazguatos de Barbey d’Aurevilly, de Rostand, de Gabriel D’Annunzio, de Casanova, se tenían aquí por hombres originales. Hasta Julio Antonio —que no tenía nada de preciosista— decoraba con dibujos preciosistas libros que eran una reacción antipreciosista, como ‘El palacio deshabitado’ de Gómez de la Serna. El ambiente estaba saturado de mortecino preciosismo. Los escritores, los oficiales, los jesuitas y hasta los políticos, parecían colegialas. La condesa de Noailles, con sus cielos de primavera, sus pavos reales y su ropavejería de niña encanijada, anciana ya y con más pretensiones que un cabo de gastadores, era como una diosa de pastaflora, que entretenía a unos cuantos deleitantes del fastidio y del preciosismo, que andaban a puñetazos con francos, libras y pesetas y volvían a sus pueblos después de haber cenado con la volátil condesa de Noailles, como embajadores de un Parnaso atontado por unos supuestos millonarios en sensaciones.

Este fue el preciosismo español de nuestro primer cuarto de siglo. Hasta los comisionistas de alfalfa leían a Rubén Darío poniendo los ojos en blanco y renegando de la alfalfa, mucho más poética que Rubén en sus sonatinas —nótese el diminutivo—, sus marchas triunfales, tan propias de las eras decadentes y disminuidas, sus abundantes adjudicaciones de títulos —a Valle Inclán le llamó dios—, pero fue por disimular el complejo de inferioridad de ambos y sus diálogos con rastacueros americanos.

Con todas estas ramplonerías choca el sentir popular de aquel arriero que invitó a beber a un caminante después de dejarle ir en su carro. Y ocurrió que, como el caminante —preciosista bohemio— calificaría literariamente el vino del arriero de “buen vinillo” el arriero hizo bajar del carro al preciosista. El arriero no gustaba de diminutivos decadentes. Esta es la ancha y viril España, no almidonada por la pedantería más repelente, que es la pedantería preciosista. El preciosista quiere que le tengan por una preciosidad. La presuntuosa ofensiva de Italia contra el mundo se debe a un sentimiento de rencorosa inferioridad de los italianos, que reaccionan teóricamente contra el concepto de tocadores de flauta en que se les tenía, contra el concepto preciosista. Y precisamente lo justifican con sus ademanes de perdonavidas aquellos italianos que son fascistas.

Felipe Aláiz. Arte de escribir sin arte. Berenice. Córdoba, 2012. Primera edición de 1938.
Editorial Berenice.

Cortesía de Bremaneur

Flaubert y el hip-hop

WoodNo podemos escribir sobre el ritmo y no referirnos a Flaubert, así que de nuevo, como si fuera incapaz de dejar de releer las cartas de un viejo amor, vuelvo a él. Por supuesto, otros escritores antes que él se habían preocupado por el estilo. Pero ningún novelista se preocupó tanto ni tan públicamente, ningún novelista idolatró de la misma forma la poesía de la frase, ningún novelista llevó a un extremo tal la posible alineación de forma y contenido (Flaubert ansiaba escribir lo que él llamaba “un libro sobre nada”). Y ningún novelista antes de Flaubert reflexionó de una forma tan consciente sobre cuestiones de técnica. Con Flaubert la literatura se volvió “esencialmente problemática”, como expresó Stephen Heart a propósito de Madame Bovary.

¿O simplemente moderna? El propio Flaubert afectaba nostalgia por los grandes escritores no tan conscientes de sí mismos que vinieron antes que él, esos animales de instinto que simplemente se dejaban llevar por él, como Molière o Cervantes. Ellos, decía Flaubert en sus cartas, “no tenían técnica”. Él, por otra parte, se hallaba comprometido con un “trabajo atroz” y un “fanatismo”. Ese fanatismo se aplicaba a la música y el ritmo de la frase. De diferentes maneras, el novelista moderno se veía ensombrecido por esa labor monacal. El rico estilista (Bellow, Updike) de repente se hace consciente de su propia riqueza, pero el estilista más sencillo (Hemingway, por ejemplo) también se hace consciente de su sencillez, pareciéndole ahora ésta una forma de riqueza minimalista altamente controlada, un estilismo de la renuncia. El realista nota el aliento de Flaubert en su nuca: ¿está lo bastante bien escrito? Pero el formalista o posmodernista también se siente en deuda con Flaubert por el sueño de un libro acerca de nada, un libro que volase muy alto sólo con el estilo. (Alain Robbe-Grillet y Nathalie Sarraute, originadores del nouveau roman, reconocían explícitamente a Flaubert como su gran precursor).

A Flaubert le encantaba leer en voz alta. Tardó treinta y dos horas en leer su rimbombante fantasía lírica La tentación de San Antonio a dos amigos. Y cuando comía en París con los Goncourt le complacía leer en voz alta ejemplos de cosas mal escritas. Turgueniev decía que no conocía “ningún otro escritor tan escrupuloso en ese sentido”. Hasta Henry James, el maestro del estilismo, se sentía algo consternado por la devoción religiosa con la cual Flaubert asesinaba la repetición, los clichés no deseados, las sonoridades torpes. El escenario de su escritura es bien conocido: el estudio en Croisset, el lento río que se ve por la ventana, mientras dentro el robusto normando, envuelto en su bata de casa y rodeado por el humo de la pipa, gruñía y se quejaba de lo lentos que eran sus progresos, cada frase pergeñada con tanta morosidad y trabajo como una mecha lenta. Aunque uno se pregunta si no se pierde una enorme cantidad de tiempo simplemente durmiendo y masturbándose (Flaubert comparaba las frases con la eyaculación). A menudo, la angustia del estilista parece ser una simple fachada para ocultar el bloqueo del escritor. Este era el caso del maravilloso escritor norteamericano J.F. Powers, por ejemplo, de quien Sean O’Faolain decía en broma, a la manera wildeana, que “pasaba la mañana poniendo una coma y la tarde preguntándose si debía cambiarla o no por un punto y coma”. Más habitual, creo, es el tipo de rutina literaria adscrita al escritor menor inglés A.C. Benson, que no hacía nada en toda la mañana y luego se pasaba la tarde reescribiendo lo que había hecho por la mañana.

¿Qué entendía pues Flaubert por estilo, por música de la frase? Esto, de Madame Bovary: Charles está estúpidamente orgulloso porque ha dejado embarazada a Emma: “L’idée d’avoir engendré le délectait”. Compacto, preciso y rítmico. Literamente: “La idea de haber engendrado le deleitaba”. Geoffrey Wall, en su traducción de Penguin, lo expresa como sigue: “The thought of having impregnated her was delectable to him”. Es bueno, pero compadezco al pobre traductor. Porque el inglés es un pálido primo del francés. Si decimos la frase en francés en voz alta, tal como habría hecho Flaubert, encontramos el mismo sonido “é” en tres de las palabras: “L’idée, engendré, délectait”. Una traducción inglesa que intentase imitar la intraducible música del francés (que intentase imitar el ritmo) sonaría como un mal remedo del hip-hop: “The notion of procreation was a delectation”.

James Wood. “Los mecanismos de la ficción” (“How fiction works”). Biblioteca de la Nueva Cultura, Serie Estudios Literarios. Editorial Gredos, 2009. Traducción de Ana Herrera.
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Cortesía de Albert

Diccionario para entender a los humanos (resumen semanal 4-10 marzo 2013), por Perroantonio

diccionarioAgnosticismo. Apatía metafísica. Suele manifestarse ocasionalmente como un ateísmo sin convicción y, más frecuentemente, como un teísmo abúlico —del modelo panteísmo gaseoso— que se caracteriza por ser confortable y no exigir compromiso litúrgico ni económico. Como postura filosófica es el equivalente a vestir chándal o reemplazar el queso por el tofu. A los agnósticos se les entierra siempre en terreno sagrado, por si acaso están equivocados y hay resurrección de los muertos.

Neoliberalismo. Doctrina socioeconómica mercantilista y antihumanista que predice que si el Estado no interviene en los mercados y se limita a regular el tráfico, los tiburones se volverán vegetarianos y los gorriones pesarán cien kilos. No obstante, todos los experimentos realizados hasta la fecha han dado como resultado el aumento del tamaño y la voracidad de los tiburones, y la proliferación de gorriones sin hogar y sin plumas.

Ira. Sentimiento de furiosa indignación que sufren permanentemente los espíritus justos, en especial si son políticos en la oposición, columnistas, clérigos o intelectuales orgánicos. Al contrario que las almorranas, la ira no se sufre en silencio y suele manifestarse con gran escándalo y alboroto. Se aplaca con pomadas y canonjías.

Abogado. Persona que en un proceso judicial ejerce la defensa de una de las partes, en cuya sinceridad y honradez cree. Debe diferenciarse claramente del que presta apoyo jurídico a una parte manifiestamente vil, mentirosa y desaprensiva, a quien se conoce como abogado.

Bufete. Despacho de abogados. Es incorrecta la pronunciación ‘pufete’.

Neocón. Abreviatura de neoconservador. Apóstol bolchevique, normalmente de facción troskista que, tras caerse del caballo en el camino a la Universidad de La Jolla (o de la Autónoma si es indígena), descubre horrorizado que es un cerdo comunista y procede a odiarse con efectos retroactivos. El neocón aplica a su nueva militancia conservadora las virtudes que lo distinguieron en su antiguo credo: la ofuscación intelectual, el inmovilismo discursivo, la obsesión por considerar a todo el mundo como criptocomunista y/o tonto útil, y la tendencia a dar la tabarra a full-time por tierra, mar y aire (incluidas la estratosfera y los fondos abisales). Es especie entrañable, sobre todo cuando aparta el Winchester y te enseña el ejemplar subrayado de Marcuse o las fotos de cuando era hippy, con barba poblada y ojos de estar viendo postales de Lucy in the sky with diamonds. Conviene mantenerlo alejado del periódico y las noticias, ya que le provocan una mutación instantánea similar a la que sufren los gremlins al entrar en contacto con el agua.

Tiempo. Magnitud que mide objetivamente la duración subjetiva de un acontecimiento. Para el verdugo, el ajusticiamiento se hace eterno, mientras que para el reo, la vida es una exhalación.

Pesimismo. Propensión del ánimo a considerar con objetividad los acontecimientos. Si crees que tu vida es un fracaso, aciertas; si sospechas que los hijos te han salido gilipollas, eres un lince; si temes que tu jefe te desprecia, eres clarividente; si intuyes que tu pareja te pone los cuernos, he sido yo. Es una sensación muy negativa para la persona humana. Es mejor engañarse. Arréglate, pon música guapa y sal a comerte la ciudad. La vida funciona mucho mejor para los optimistas que se engañan.

¿Soy un imbécil?

papiniToda mi vida está planteada sobre esta fe: que soy un hombre de genio. Pero, ¿y si me equivocase, si por el contrario fuese uno de los tantos bobos que toman las reminiscencias por aspiraciones y los deseos por obras, y fuese, en una palabra, un imbécil? ¿Qué habría de extraño? ¿Es, quizás, la primera vez que un majadero se imagina ser un héroe, que un literato se cree poeta y que un idiota se pone las ropas de los grandes hombres? ¿No es posible, mil veces posible, que yo no sea otra cosa que un frío lector de libros, recalentado de vez en cuando por el fuego ajeno, convertido en ingenioso por los demás y que haya equivocado el callado borboteo de un alma ambiciosa con el rumor de una vena pronta a estallar y a fluir, a abrevar la tierra y a reflejar el cielo? Cuanto más lo pienso, más común, más natural, más verosímil me parece. ¿Quién me da derecho a esperar en mí y en el genio? ¿Lo que he hecho? ¡Pero si soy el primero en renegar de ello y despreciarlo! Residuos literarios de todos los países, desahogos nocturnos de un onanista sin amigos, juegos de destreza intelectual… ¡Nada más, nada mejor!

Toda la fe de mi genio reside en la expectativa larga e inútil de un golpe de inspiración revolucionaria y triunfante, está en ésta mi perpetua inquietud que con nada se conforma y de todo se asquea, excepto de un mundo celestial y platónico que por momentos me parece entrever entre las nubes del verdadero mundo; está en esas iluminarias que vuelan en seguida; en esos tenues movimientos líricos; en esas rápidas imágenes que luego se truecan en frases amables que a menudo me pasan por el alma cuando piensa sin mirar, cuando de noche atravieso mis puentes, entre el río y el cielo, temblorosos de luces.

¿Pero, esto qué prueba? ¡El desencanto es tan a menudo una excusa de la más clorótica debilidad! Y todos esos breves soplos fantásticos no llegan a ser el vendaval huracanado que barre el mundo y levanta a los hombres hasta los ángeles y las estrellas; todas esas impresiones desligadas, esas pequeñas ideas sin compañía, esos brincos relegados luego abajo esos pequeños apuntes, esas expresiones felices que no logran ordenarse, organizarse, vivir juntas, fundirse en una obra maestra de vida, en una obra plena y cumplida, no aprovechan ni cuentan nada. Es menester bastante más para tener derecho a tutear a los muy poderosos creadores y subir a la torre o a la montaña para escupir o para llorar sobre la procesión de los orgullosos satisfechos. Las chispas fugitivas, los fuegos fatuos, las fosforescencias engañosas, los resplandores velados, los relámpagos lejanos, las chispas que surgen y se apagan en un instante, no son la llama —son promesas, tentaciones, halagos; son la yesca siempre renacida de la vanidad, son la confortación extenuante del maldito infecundo, son los guiños agónicos de un aborto. No hay que esperar en eso. Antes bien, sería mejor que no hubiese nada. Esos resuellos de flaca genialidad, son la marca de infancia y de tortura del hombre mediocre —del que no es bestia perfecta, ni genio supremo, que no es planta tranquilamente vegetativa ni alma furiosamente creadora, ni sordo montón de materia, ni columna de fuego ante los pueblos. Soy el mediocre, el infame mediocre que odio con todo el cuerpo; soy el que no será nunca nada cuando la sangre se detenga y los pulmones se hinchen por última vez.

Acaso fui algo tiempo ha, por algún momento; acaso gasté todo el genio que me fue dado en una sola noche, en una sola partida de ese juego que desconozco. Y ahora estoy aquí como un hebreo que habiendo probado la uva de la tierra prometida en un día de apresurada vendimia, se quedara solo, con la boca seca, en medio del desierto polvoriento —soy como quien está suspendido entre el cielo y la tierra, demasiado etéreo para arrastrarse por el suelo. Sedimentos de cultura, reminiscencias de poetas, bullicio de pensamientos, hacen de mí un hombre inadaptado a la vida de la práctico y mecánico y no han sido suficientes para hacerme digno de ser rey de las mentes. ¡Si al menos no hubiese experimentado ni siquiera de lejos, ni siquiera por un instante, la espasmódica alegría de la creación! ¡O si hubiese nacido y permanecido resuelta y definitivamente siendo un imbécil sin conciencia, un modesto cretino sin remordimiento, un buen idiota sin pretensiones! Pero no. Sé que soy un imbécil, siento que soy un idiota, y eso me distingue de los idiotas enteros y contentos. Soy superior hasta el punto de comprender que no soy bastante superior a nada más. Tal vez con el andar de los años, mi imbecilidad sea más profunda, y entonces, si no soy más feliz, estaré menos atormentado. Y espero trocarme en árbol o en piedra y yacer, al fin, en la bienaventurada inconsciencia del todo.

Giovanni Papini. Un hombre acabado. Barcelona: Argos Vergara, 1980.
Traducción de Un uomo finito, por Vicente Santiago.
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Cortesía de Bremaneur

Demasiadas almas

harris[…] No hay nada en el concepto del alma que nos obligue a creer que cada persona tiene sólo una. Los antiguos egipcios poseían dos, como muchas sociedades del África occidental, donde la identidad del individuo viene determinada tanto por los antepasados paternos como por los maternos. Los jíbaros del Ecuador tienen tres almas. La primera, mekas, da vida al cuerpo. La segunda, arutam, sólo puede percibirse en una visión provocada por las drogas en una catarata sagrada y confiere a su poseedor bravura e inmunidad en la batalla. La tercera, musiak, toma forma en el interior de un guerrero agonizante e intenta vengar su muerte. Los habitantes de Dahomey dicen que las mujeres tienen tres almas y los hombres cuatro. Ambos sexos tienen un alma de los antepasados, un alma personal y un alma «mawn». El alma de los antepasados protege su vida, el alma «mawn» es una porción del dios creador, Mawn, y proporciona guía divina. La cuarta, exclusivamente masculina, conduce a los varones a posiciones de mando en sus hogares y linajes. Pero los que parecen llevarse la palma de la pluralidad de almas son los fang de Gabón. Tienen siete: la del cerebro, la del corazón, la del nombre, la de la fuerza vital, la del cuerpo, la de las sombras y la del espíritu.

Marvin Harris. Nuestra especie. Alianza Editorial, 1994.
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