Incontables cielos

Ya estuvo bien de unanimidades: hoy hablaremos de músicos raros. Serán precisos algunos jeribeques, advierto.

Su carrera ha sido larga, y sin ser muy exitosa no se trata de un desconocido u olvidado como Rodríguez, un músico de nombre no demasiado comercial alrededor de quien se filmó el recomendable Oscar al mejor documental Searching for Sugarman. Aquí se hace unas preguntas que puede contestarle en la sábana quien que tenga a bien hacerlo.

No, nuestro hombre no es Rodríguez y tampoco canta muy bien, pero muchas de sus canciones tienen algo que produce un efecto especial. Es un aroma apreciado por los que hace tiempo sospechamos que el conocimiento objetivo de la realidad no es un pasaporte seguro a la alegría, probablemente el único sustitutivo de la esquiva felicidad.

Este efecto especial se relaciona con tradiciones alejadas del positivismo científico que mencionaba. Así, la tradición zen japonesa ilustra sobre el despertar-satori que provoca un koan-pregunta sin aparente sentido, y la sabiduría subsiguiente. Más cercano a nosotros tenemos el sentido del humor, una de cuyas muestras no me resisto a relatar:

El moribundo recibe la visita de los amigos y se dirige a ellos:
“Vicente, Vicente, bésame en la frente!”
“Mariano, Mariano, bésame la mano!”
“Montoya, Montoya, espera, no te vayas, Montoya!”

Tal vez Sisa hubiera querido más fama y honores, al menos eso dicen que se decía en Melodrama, el grupo que le acompañó durante los primeros años: ya saben que los músicos son de poco fiar. Este grupo siguió su propia trayectoria por su cuenta hasta finalizarla en un concierto, que tuvo lugar en una sala mítica ya fenecida, con el fantástico reclamo de “Melodrama: Grandes Fracasos”. No puedo hacer una crítica del mismo porque no asistí.

Sea como sea, disfruten de una muestra del trabajo de Sisa, y aprovechen para practicar catalán en la intimidad.

El séptimo cielo
Historia cierta de los siete cielos.
Siete paraísos mágicos y encantados.
Historia cierta de los siete cielos.
Siete nidos de paz, de gloria y de felicidad.

El primer cielo es un invento:
el primer gran invento de la terrestidad.
El segundo cielo, imaginado
en una noche de verano a la orilla del mar.

El tercer cielo, dentro de un espejo
perfila las imágenes de un mundo ignorado.
Y el cuarto cielo es irreal,
como un oasis verde en un desierto extraño.

Del quinto cielo nada se sabe.
No hay noticias de este cielo tan escondido.
Y el sexto cielo está copiado
del séptimo cielo que has engendrado en tu cabeza.

Escrito por: Holmesss

Aquel olor a mujer

A principio de los años 70, coincidiendo con la implantación del inglés como lengua extranjera en la escuela pública en donde pretendían instruirme, mi padre decidió comprar un tocadiscos. Era un artilugio en forma de maleta que podía llevarse a cualquier lugar de la casa para escuchar los dos (¡DOS!) cursos de tocadiscos inglés adosados que consiguieron encajarle: uno de inglés para niños, con pronunciación y gramática norteamericana, didáctico y divertido, y otro rigurosamente británico y aburrido, lleno de té a las cinco, paraguas de bastón y bombines. Todo lo que no sé de inglés tampoco lo aprendí con aquellos cursos.

Como soy un listillo, pronto deduje sin ayuda de nadie que aquel aparato podría utilizarse para otros fines como, por ejemplo, oír música (quienes siguieron el fugaz blog La Malandanza, recordarán mi temprana incursión en la balada italiana en general y en Sandro Giacobbe en particular). Sin embargo, enseguida fui consciente de que tendría que confraternizar con mi progenitor si quería escuchar a The Beatles, Pink Floyd y, ejem, Quilapayún sin que me diera la brasa. Fue así como compré en Simago algunas antologías de rancheras, con canciones de Jorge Negrete, Pedro Infante y tal. ¡Qué bonito cantar en familia “por la lejana montaña va cabalgando un filete”!

El caso es que entre aquellas canciones había una que incomodaba mucho a mi padre sin yo saber muy bien por qué. Siempre la quitaba. Con aquella canción escuché por primera vez a Chavela Vargas, a quien hoy homenajea Google en el 94º aniversario de su nacimiento.

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MACORINA
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Tus pies dejaban la estela
y se escapaba tu saya
buscando la verde raya
que al ver tu talle tan fino
las cañas azucareras
se echaban por el camino
para que tu las molieras
como si fueses molino.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Tus senos carne de anón,
tu boca una bendicion
de guanabana madura
y era tu fina cintura
la misma de aquel danzón.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Después el amanecer
que de mis brazos te lleva
y yo sin saber qué hacer
de aquel olor a mujer
a mango y a caña nueva
con que me llevaste al son
caliente de aquel danzón.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.
Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Un momento de debilidad

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He dicho muchas veces —creía que habiéndolo pensado— que ustedes para mí sólo eran texto, máscaras, sombras que jugaban a ser otros, a ser malos o buenos, pero de cuya palabra no había que fiarse. Que detrás de cada nombre sólo había un personaje y no estaba claro que hubiera una persona. Soy un letraherido y un tonto mayúsculo, si es que ambas palabras no son sinónimas. A veces es mejor estar callado y ver (o leer) como todo el peso de ser humanos pasa por delante de nuestros ojos. A veces, muy raras veces, siento el dolor ajeno como si fuera propio.

A veces veo vivos.

Una tarea complicada

Asistí el pasado viernes a la inauguración del Diario Norte (eldiarionorte.es) y a la charla que ofreció Ignacio Escolar sobre “Como crear un periódico en época de crisis”. Salí agradablemente sorprendido por la cantidad de ideas y datos que allí se manejaron. También me llamó la atención la sobriedad capitalista de ambos proyectos.

Ignacio Escolar habló del diario.es. Sin entrar en detalles, se trata de un periódico digital muy austero, con una redacción corta que, al prescindir de los gastos de papel, rotativa y distribución en los más de 30.000 kioskos de venta y, posiblemente, en otros tantos puntos de distribución (tiendas, panaderías, estancos), reduce radicalmente los gastos. El diario funciona con el dinero de las suscripciones y la publicidad. Y habiendo alcanzado cierto número de socios, lectores y anunciantes, en seis meses se ha convertido en rentable; es decir, no gasta más de lo que ingresa. Algo que no ocurre con los periódicos en papel que, en estos momentos, gastan más de lo que ingresan y deben recurrir a la venta de productos y servicios complementarios para intentar cuadrar las cuentas.

Esto en el plano del negocio. En el terreno periodístico, el diario se ve obligado a ofrecer valor añadido propio pues no puede competir ni con las agencias ni con las ediciones digitales de los periódicos tradicionales, que vuelcan la mayor parte de sus contenidos en la red. Por ello, se centra en los contenidos propios, que consisten básicamente en exclusivas generadas por la propia redacción y opinión. Algo que, paradójicamente, permite trabajar con un ritmo más pausado, ya que no es necesario “cerrar” un periódico a determinada hora.

Francamente, desde el punto de vista estrictamente periodístico todo parece fantástico, como un regreso a los principios del oficio. Pero, claro, está el contexto, es decir, internet.

Internet conduce hacia una lectura rápida, fragmentaria, intertextual e infiel. Cuando un lector ha comprado un periódico en papel, no escapa de él y lo lee u hojea de principio a fin. No ocurre lo mismo en la web y la conducta típica tiende a contrastar la noticia, buscarla en otro medio o, simplemente, pasar a otra cosa. A muchas noticias se accede desde Google, desde Twitter o Facebook, o desde los boletines y mensajes de los amigos. No se leen los sitios de principio a fin, el lector no pasa demasiados minutos en cada sitio y considera la publicidad como una molestia.

Además de infiel, el lector internáutico es impaciente, egoísta e insolente. Si algo no le gusta, te lo dice de forma destemplada y exige carne fresca y la quiere ya. Esto conduce a los digitales a buscar noticias de gran impacto y a regodearse en lo escandaloso, lo indignante o lo chocarrero; la pata coja del periodismo digital. Y ahí está el reto, hacer un periodismo equilibrado entre la exigente voracidad del medio y el imprescindible rigor informativo y ético. No parece fácil.

Diccionario para entender a los humanos (resumen semanal 8-14 de abril de 2013), por Perroantonio

debate. Programa televisivo basado en la confrontación demagógica de puntos de vista irreconciliables para crear tensión dramática, aumentar la audiencia y vender espacio publicitario. Se considera incorrecta la pronunciación deváter, aunque no sé por qué.

acefalia. Carencia de jefatura en una organización, grupo o gobierno preferible a la jefatura de un idiota. La acefalia puede actuar como el barbecho, oxigenando las organizaciones y permitiendo detectar y fumigar a los huéspedes patógenos. Las leyes deberían consagrar turnos obligatorios de acefalia para evaluar si sus resultados son más o menos dañinos que algunas jefaturas.

digital. Procedimiento de contratación o selección de personal basado en el análisis exhaustivo de la trayectoria hacia donde apunta un dedo.

infanta. Actriz e hija secundaria del Rey de quien, por ser mujer, se espera que sea decorativa, sumisa, casta, fértil, infeliz, prudente y, preferiblemente, muda. Virtudes que, salvo la mudez, son también muy apreciadas en las princesas y en las reinas.

cabecilla. Individuo de cabeza dura, pocas luces y habilidad innata para conducir hacia el precipicio.

cachondeo. Método de descontaminación que baja los humos y airea el hedor a incienso. Provoca congestión y estreñimiento a los carcamales.

panegírico. Discurso encomiástico en honor de un sabio o artista, o muy muerto o zombificado. Cuando el destinatario está vivo y es persona poderosa, se conoce como adulación, coba o ditirambo.

Un furioso espartanismo

Hoy se inaugura un periódico en Euskadi. Un periódico digital, el diarionorte.es, que surge en un momento muy difícil para el periodismo, pero que lo hace con dedicación y animado por un furioso espartanismo. Pretende cubrir la información relevante que se genere en la comunidad autónoma vasca y, naturalmente, ofrecer una punto de vista diferente al que ofrece el resto de los diarios. Es un periódico empotrado dentro de otro periódico, el diario.es, dirigido por Ignacio Escolar, con el que comparte mecánica e ilusiones.

Ayer, El Diario Norte se presentó en Vitoria y, coincidiendo con su salida a la red, hoy lo hará en Bilbao, en la Biblioteca de Bidebarrieta a las 12 horas, en un acto en donde Ignacio Escolar hablará sobre ‘Cómo montar un diario en plena crisis’.

Desde hoy, mi currículo puede incluir la línea ‘colaborador de El Diario Norte’. Inauguro un blog, Menos Lobos, que, contra lo que pueda parecer, no tiene como objetivo la extinción del lobo ibérico sino, en todo caso, el de deshinchar la burbuja retórica que nos atonta.

Les invito a que se den una vuelta por el nuevo diario y a que lean mi primera colaboración. Les prometo que iré mejorando y comprimiéndome.

Cuéntame un cuento

Empieza a resultar irritante la obsesión socialista por lo que llaman «el relato». El concepto, que hizo su aparición pública entre los intelectuales comprometidos con deslegitimar el discurso patriótico y militarista de ETA, ha ido ampliando su campo semántico hasta convertirse en un mantra que va a resolver todos los problemas de la anemia socialista. Al parecer, triunfa la idea de que no es que lo hagamos mal, es que no te lo sabemos contar como tú te lo mereces y, claro, no nos entiendes y pasas de nosotros. [SEGUIR LEYENDO]

Algo complicado

MonterrosoMiro en las calles anuncios oficiales que invitan a la lectura. “Leer”, dicen, “para ampliar horizontes”, y no hay por qué no atender esto.

Sin embargo, en la actualidad mi principal problema consiste no tanto en las dificultades que presenta el acto de escribir, sino en la casi necesidad que siento de no leer. Cuando vine a México tropezaba mucho con un anuncio que decía: “No escriba; telegrafíe”, que yo interpreté al pie de la letra y quizá, habiéndolo tomado demasiado en serio, sea de donde procede mi tendencia a escribir con brevedad, o por lo menos frases breves. Pero volviendo a mi problema y al primer anuncio, continúo siendo más lector que escritor, y la verdad es que comprendo muy bien el placer de la lectura, pero todavía no alcanzo a ver claro el que pueda derivarse de escribir.

En la época en que tenía alumnos, les aconsejaba que de las dieciséis horas útiles del día dedicaran doce a leer, dos a pensar y dos a no escribir, y que a medida que pasaran los años procuraran invertir ese orden y dedicaran las dos horas para pensar a no hacer nada, pues con el tiempo habrían pensado ya tanto que su problema consistiría en deshacerse de lo pensado, y las otras dos a emborronar algo hasta convertirlas en catorce. Algo complicado, pero así era, y me quedé sin alumnos.

Augusto Monterroso. La letra e. Fragmentos de un diario. Alianza Tres, 1987.
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La forma brota del fondo como la llama del fuego

Cubierta_elarte de escribir sin arte.inddAcostumbra a repetir nuestro Max Nettlau, que es imposible dar la fórmula de la libertad. Puede darse la fórmula de la tiranía; pueden darse infinitas fórmulas para tiranizar, pero no es posible servir a nadie la libertad en una bandeja ni en una fórmula.

En los viejos mesones que se encontraban y aún se encuentran al borde de los caminos, llegaban a veces los arrieros y preguntaban:
—¿Qué cena hay?
—La que cada cual traiga —contestaba el mesonero.

Nadie será capaz de obtener más libertad que la que cada cual traiga; es decir, la que cada cual sea capaz de obtener y usar.

Escribir con sentimiento y concepto claro de libertad y claridad no cabe en ninguna fórmula, en ningún epítome ni preceptiva.

Obsérvese el caso de un principiante en el arte de escribir. Todo quiere decirlo a la vez. Los puntos están de más. Se expresa de manera intrincada, acumulando frases y ligándolas con otras frases, ligadas a su vez a otras. ¿Por qué? Porque imita un estilo parecido, porque escribe como novedad o quiere escribirlo que otro escribió con escasa novedad de fondo y escasa novedad de forma. El fondo es el fuego y la forma, la llama, según Flaubert. Del fondo ha de brotar la forma, y no al revés. Tolstói creía, acertadamente, que el arte es emoción, y que lo demás se da por añadidura. Valera creía que lo único natural del estilo habría de ser el fondo, que bastaba pintar sentimientos o conceptos auténticos, pero que la forma no importaba que fuera convencional. Esta opinión es de académico.

La conversación puede servir de pauta, a veces, al que escribe. Si un párrafo no cabe en la conversación, si al recitar un párrafo resulta desplazado del diálogo, es un texto artificioso. Cuando el hombre monologa para él solo, se produce un estilo propio, como generalmente cuando conversa sería impropio este diálogo:
—¿A qué hora salisteis al campo?
—Era la hora azul, la hora de Tiziano. El rosicler se esfumaba con una lentitud beatifica.

[…]

Es inconcebible que se escriba sin dominar un tema, o por lo menos sin que se note el esfuerzo evidente que puede haber en estudiarlo. En las polémicas escritas, si cada contrincante abandona los argumentos del otro —que es lo que generalmente ocurre en las polémicas escritas— la polémica se convierte en un caos. No faltan polémicos, porque es más fácil el sofisma que la polémica.

Felipe Aláiz. Arte de escribir sin arte. Berenice. Córdoba, 2012. Primera edición de 1938.
Editorial Berenice.

Cortesía de Bremaneur

Una nueva carrera

imageEl nombre del abuelo era Lafe Schoenberg y el nombre de la abuela Fanny. (En aquellos días, el nombre de Fanny conservaba aún ciertos vestigios de respetabilidad.) Cuando él cumplió cincuenta años, emigraron a América.

Lafe vivió hasta los ciento un años y, al hacerlo, se burló descaradamente de todas las normas de longevidad. Fumaba al día diez largos cigarros de tabaco negro que liaba con los desperdicios de una fábrica de tabaco. Entre cada cigarro, fumaba una pipa que poseía toda la fragancia de un viejo traje hecho de gruesa ropa interior ardiendo en una bodega húmeda. Cuando quería estar solo, le bastaba entrar en una habitación con su pipa. Una bocanada de su incinerador en miniatura hacía que sus ocupantes salieran precipitadamente en busca de aire puro. Su pipa podía dar a cualquier carroña de este mundo una lección de pestilencia. Intentamos ocultársela, pero siempre era capaz de seguirle el rastro por el olor.

Lafe bebía un cuartillo de whisky al día. No se trataba de buen whisky, sino de un mejunje hecho de los residuos de una pequeña destilería que se consideraba muy feliz con tal de quitárselos de encima. La vista de Lafe era tan buena como la de Daniel Boone y hasta los noventa y cinco años nunca usó gafas. Tenía una figura tan tiesa y erguida como un poste de teléfono y era casi igual de alto.

Dado que ni mi abuelo ni mi abuela hablaban inglés, les fue imposible conseguir un contrato teatral en América. Por alguna razón curiosa, parecía que de hecho nadie se interesara por un ventrílocuo alemán y una señora que tocaba el arpa haciendo gorgoritos en una lengua extranjera.

Lafe, desanimado ante el modo como había sido recibido en el nuevo país desde el punto de vista teatral, decidió de mala gana abandonar el asunto del espectáculo y, por cierta razón inexplicable, eligió una carrera que fuera lo más alejada del teatro que pueda concebirse. Sin haber reparado jamás un paraguas, decidió tras larga deliberación convertirse en un remendón de paraguas. Por el número de paraguas que reparó, aquella debió de ser la estación más seca en la historia del departamento meteorológico de Nueva York. Durante un año entero reparó exactamente siete paraguas por una suma total de doce dólares y medio. Difícilmente podía considerarse esto como una suma importante y, sin duda, no era suficiente para mantener a un hombre y a su esposa en un nivel de vida lujoso. Lamiéndose las heridas, Lafe decidió retirarse del negocio de reparar paraguas y embarcarse en una nueva carrera. La nueva carrera consistió en no trabajar ni un día más hasta su muerte, acaecida cuarenta y nueve años más tarde.

Groucho Marx. Groucho y yo. Tusquet Editores, 1995.
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