Handful of Soul

Llevo varios meses escuchando con asiduidad el disco ‘Handful of Soul’ de Mario Biondi, un jazzman italiano de voz musculosa al que descubrí en esa benemérita institución llamada FNAC. Me gustan todos los temas, pero les pido que escuchen, para empezar, ‘A Slow Hot Wind’.

Como suelo hacer habitualmente, grabé varias canciones y las mezclé con otras muchas, para oír en el coche. Pues bien, tardé varios meses en darme cuenta de que en el mismo disco había otra versión de ese ‘A Slow Hot Wind’ que acaban de oir, concretamente el tema original, el ‘Lujon’ de Henry Mancini. Ya ven, descubriendo el Mediterráneo.

Bueno, siendo sinceros, en realidad ni siquiera lo descubrí yo, sino que lo hizo L, que no presume precisamente de tener buen oído.

Lo cual que les dejo el disco completo, que alguien ha tenido la gentileza de compartir en YouTube. Todo el disco rezuma alegría de vivir, pero atentos al tercer tema, “This is what you are”.

Y si no les funciona, aquí tienen el enlace al disco en Spotify. Gocen.

Ocho ingenios que jamás volveré a comprar

1. Un ordenador Vaio. Grandes programas invasivos preinstalados para que el arranque de tu ordenador sea aún más entretenido.
2. Un electrodoméstico Solac. ¿Obsolescencia programada? No, electrodomésticos fungibles.
3. Una cafetera Nespresso. Antes consumía café; ahora consumo también aluminio y reciclaje.
4. Una cámara Fujifilm. Para ir tirando fotos. Literalmente.
5. Un coche Wolkswagen. Gracias a las simples revisiones de mantenimiento usted podrá pagar las vacaciones en Cádiz a varias familias de operarios de Wolfsburgo.
6. Un frigorífico Edesa. Tengo entendido que ACME fabrica modelos más ruidosos.
7. Un teléfono Nokia. Si hay maneras más difíciles de hacerlo, no se preocupe, Nokia conseguirá descubrirlas.
8. Un navegador Garmin. O cómo conocer a fondo todos los caminos forestales de Francia.

Lento pero inseguro

Escrito por Perroantonio

Si lo hubiera sabido antes, ahora sería carpintero. Viviría en una bonita casa de madera, de esas que desintegran los tornados, con su porche, su hamaca y sus muebles de cerezo y su chimenea y su aparador. Bueno, y con su conexión a internet, horno pirolítico y televisión LED de alta definición, que tampoco vamos a pasarnos de campestres. Lo que pasa es que me he equivocado en todo y por esas vueltas de la vida en lugar de un carpintero felíz soy un cagatintas que se gana los garbanzos escribiendo textículos. Podría ser peor (que diría Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein), podría llover.

navasEl caso es que yo me hice escribidor por rabia. Lo recuerdo perfectamente, fue en 5º de EGB y por culpa de una maldita redacción. El profesor nos mandó escribir sobre la batalla de las Navas de Tolosa (¡¡¿¿La batalla de las Navas de Tolosa??!!), que ya son ganas de tocar las pelotillas a la infancia. A mí aquello me pareció extremo y duro porque no habiendo estado allí no se me ocurría qué decir. Además, siempre me costaba mucho escribir. Cuando me pedían una redacción sobre la primavera, que era un tema clásico del profesorado infantil, solía quedarme en blanco. Veía como mis compañeros escribían aquello de que «la primavera es la estación más bonita del año porque al campo le salen flores y cantan los pajaritos y las nubes son como el algodón» y me moría de desesperación pensando que todas las cosas importantes ya habían sido dichas y que necesitaba contar algo distinto. Así que me ponía a pensar y a pensar y a pensar y trabajosamente escribía un texto primaveral en donde llovía y tronaba, se ahogaban los topillos en sus madrigueras y aparecía un avión de caza alemán ametrallando los campos rebosantes de margaritas. Ya de mayor me dijeron que aquello se llamaba realismo o desequilibrio, no recuerdo muy bien.

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Rabi

Escrito por Ricardo M. López Bella

Mi memoria ha de remontarse hasta los siete años de edad para fijar el momento en que mi instinto de inmortalidad me llevó a dejar pruebas de mi existencia, quien sabe si dando ya por improbable aquella, de la única manera que mis escasos conocimientos y formación me pudieron haber sugerido: la escritura.

Mercado de San Antonio - An¦âos 30Este instinto me impulsó a coger una agenda diminuta, cabía en mi infantil puño, un bolígrafo, que en el colegio no fue herramienta de uso obligatorio hasta los diez años, y escribí que me había encontrado “a mi amigo Subirats”, las únicas palabras que recuerdo fidedignamente. Disfrutaba de las vacaciones escolares de Semana Santa, iba de la mano de mi madre, también con mi hermano y mi amigo lo hacía con su atractiva progenitora, al menos es lo que me indicaba un precoz sentido de la belleza ajena. El encuentro me pareció un hecho extraordinario y se me ocurrió que había que fijar el recuerdo. Cumplido este impulso, la natural inconstancia de mis pocos años hizo que dejara la pequeña agenda reconvertida en diario a un lado con apenas algunas frases más de posteriores días. En aquel entonces sólo era constante en la persecución de un balón allá donde fuera posible. Quizás algo en mi interior me indicó que mi vida, una vez de vuelta a la monotonía de los días escolares, no iba a depararme acontecimientos dignos de reseñar en la pequeña historia personal.

Hace algunos años, menos de los pasados desde lo consignado en las anteriores líneas, aunque bastantes más de los que hubiera deseado que transcurrieran, mis pensamientos divagantes fueron a parar a “lo del escribir” y llegué a una conclusión de Perogrullo: si uno, en sus humildes e irrefrenables intenciones de dejar alguna noticia de su existencia en el papel, no hace correcto uso y si cabe estiloso de la lengua, ya sea la materna, la vehicular, la elegida … no podrá reflejar con fiel aproximación lo que la cabeza y el corazón le dictan e intenta salvaguardar, negro sobre blanco, del polvo del olvido. Esto me llevó un poco más lejos y a otra conclusión de la misma categoría, pero ¿qué puedo decir?, cuando se está sembrado…: había que leer a todos los autores en español, fuera cual fuera la gloria alcanzada, la extensión de su obra y la época en la que la alumbraron, más si se cuenta con la virtud o ventaja de sentir una curiosidad que se convierte en una gran capacidad de lectura. Como este es mi caso, he tenido que echar mano de algunos criterios selectivos para refrenarme, aunque he descartado otros que no pienso consignar: ni best-sellers, ni discriminar géneros, ni ceder la exclusiva dedicación a un solo género durante mucho tiempo, tener en cuenta que el siglo XX español acabó en el año 1939, aunque hay honrosas excepciones, e invalidar a los críticos de los autores contemporáneos como fiable fuente de recomendación, ya que unos y otros suelen ser unos emborronadores de cuartillas que tienen la suerte de ser publicados.

Estos pensamientos los supongo ya experimentados por mi hermano y puestos en práctica por su parte en un tiempo que dediqué a achicharrarme el cerebro con casi todo tipo de substancias con y sin carga impositiva. También por mi amigo S., diez años menor que el que suscribe, al que conocí en las aulas de una innombrable facultad en las que ambos perdíamos el tiempo, aunque con diferente provecho (intelectual y profesionalmente ninguno en mi caso). Ambos ya habían emprendido esta placentera e inacabable travesía y prueba de ello es que, hace años, sus respectivas bibliotecas cuentan con los ejemplares de autores que yo empecé a perseguir, una vez leídos, en mi afán de poseer todo lo que colmaba mi ansia de saber, entender y, si tal lo meritaba de acuerdo a mi instinto, elevaba a la calificación de magistral. Otra prueba es que ambos habían alcanzado la sublimación de un estilo propio de escritura en edad que otros solo producen vanidosas divagaciones y que no deja de fascinarme cuando leo “lo último” del segundo y releo lo del primero, pues en el caso de mi hermano, desconocidas razones tuvo años atrás para renunciar a la expresión escrita.

Como es natural en toda esa práctica sin solución de continuidad y sin ninguna tutoría más que la antedicha curiosidad, las épocas se sucedían unas a otras al igual que las modas y los movimientos. Así lo hacían también los autores que traían arracimados a los que compartían generación y las generaciones sus ansias de continuidad, renovación o ruptura, pues ya se sabe que “toda vanguardia, conscientemente o no, aspira a ser academia”.

libro1En esta búsqueda entonces solitaria y que hoy en día viene alimentada por algunas pequeñas editoriales, empeñadas en una saludable “operación rescate” de todo tipo de autores, muchos de ellos censurados o enterrados vivos por el castrador franquismo, vine a dar de manos y boca con un librito que no pude dejar de leer desde el mismo momento en el que abrí sus páginas. Se trató de “El niño asombrado” y quedé literalmente enganchado al ejemplar, no puedo adjudicarle otro término al sentimiento que me provocó la lectura de una obra cuyo estilo me atrevo describir como realismo psicológico. Las circunstancias personales del joven protagonista, sus dudas, temores y otros sentimientos, eran similares, en algunos casos, a las que experimenté en una época cuanto menos complicada y no muy distante del tiempo en el que se produjo este hallazgo, que tengo la tentación de clasificar como encuentro: el paso de la adolescencia a la madurez. Uno de los síntomas que padecí durante el tránsito de esta transformación, fue el de creer detectar con cierta facilidad “parecidos razonables” en mi persona con los protagonistas de novelas y películas y, en los temas tratados, algunos indicios para explicarme como ser humano y situarme en unas coordenadas reconocibles y manejables que me ayudaran a encontrar mi lugar bajo el sol. Era mi forma de luchar contra la típica confusión juvenil en la que creyendo saber lo que se quiere, realmente se establece un restrictivo “esto es lo que no quiero”, error que lleva a rechazar algunas cosas que resultan reconocibles, años después, como convenientes con doloroso e irreparable retraso. Este libro fue el que más identificación generó en mí.

El autor de tal tesoro era Antonio Rabinad, que según constaba en la reseña biográfica, había nacido en Barcelona, en el año 1927, y habitó en El Clot. En 1952 había obtenido la bendición nada menos que de Somerset Maugham, Eugenio d’Ors y Fernández Flores con el Premio Internacional de Nueva Novela concedido por “Los contactos furtivos”. De su temprana orfandad paterna; que algún “clasificador” lo adscribió a la Escuela de Barcelona junto a Manuel Vázquez-Montalbán, Juan Goytisolo, Terenci Moix, Eduardo Mendoza, Juan Marsé y Juan Hortelano y otros datos más me enteré mucho más tarde.

A partir de este hallazgo afortunado, siguieron los del resto de su obra que pasaron a mi propiedad por adquisición, los menos, y por sustracción, los más, y su recomendación a todas aquellas personas, pocas, con las que podía establecer una conversación sobre asuntos y gustos literarios.

Entre estas pocas contaban, naturalmente, S., mi hermano y otros amigos con los que pusimos en pie una humilde y digna revista literaria, de venta en algunas facultades y escuelas universitarias, que sirvió para que, entre otras causas y casos, exhibiéramos nuestra destreza y nuestras carencias en lo de juntar palabras. Ni que decir tiene que los más prometedores eran los anteriormente elogiados.

Mercado de San Antonio - 1962También con S. emprendía divertidas “exploraciones” a todos aquellos establecimientos donde intuíamos que había un libro por “descubrir”. Estas “exploraciones” daban periódicamente en el Mercat de Sant Antoni, siempre en domingo, que es cuando allí se montan todos los puestos de libros viejos, revistas y otros artículos de pretendida comunicación y entretenimiento. En una de estas incursiones, siempre llevadas a cabo con la cabeza gacha por tener puesta la mirada en los libros y el ánimo presto a la sorpresa, dimos con una parada reducida y que por alguna razón inexplicable, nunca nos había llamado especialmente la atención. Eran los mejores años de aquel mercado, animados por el auge de los videojuegos, los tebeos manga y las cartas de los juegos de rol. El lugar era un auténtico caladero del coleccionismo y la primera muestra evidente de que la ciudad comenzaba a estar superpoblada (además de que los raros somos más). Tampoco es que fuéramos grandes madrugadores, virtud capital del buscador de tesoros, y mezclados entre los miles de visitantes de las horas meridianas, era posible pasar por el lugar sin avistar alguna parada si no se ponía el suficiente empeño en hacerse un hueco.

Mi amigo S. siguiendo una de mis humildes recomendaciones, adquirió en esta parada “La transparencia” de Rabinad. La persona que nos atendió era un hombre de mediana estatura, de barba y pelambrera blanca y en edad de estar jubilado. Llamaba la atención por su vestimenta, parecía que cuidadosamente escogida con el único criterio de que nada hiciera juego, aunque sin resultar estridente. Cubría su cabeza con una gorra de marinero y no me dio la impresión de ser alguien bienhumorado. Hojeando la nueva adquisición, S. me llamó la atención sobre la foto que del autor encontramos en la solapa del libro. No había lugar a ningún tipo de dudas: se trataba de la persona con la que apenas había cruzado palabra durante la transacción comercial. Nos miramos asombrados y sugerí a mi amigo que no dejara pasar la oportunidad de conseguir la firma de Antonio Rabinad. Dicho y hecho, desandamos los pocos pasos que habíamos podido dar entre la muchedumbre y de nuevo nos presentamos ante el vendedor ya identificado como escritor. Mi amigo utilizó la fórmula para pedir el autógrafo que yo mismo hubiera estimado propia para tal finalidad: “Don Antonio, ¿me haría usted el favor de firmármelo?” El hombre cogió su libro mientras se dirigía a S. y le dijo: “Te lo firmo con una condición…”rabinad siguieron unas décimas de segundo de curioso suspense, pues ninguno de nosotros dos podíamos pensar que un ESCRITOR pudiera requerir algo de unos anónimos admiradores:”…que no me llames Don Antonio”, concluyó. Seguidamente todos sonreímos, firmó con dedicatoria incluida y añadió:”Cuando lo hayas leído, si quieres, vuelves por aquí y lo comentamos”. Felizmente anonadados, continuamos nuestra ronda por el lugar, aunque mirando sin ver, yo al menos, pues solamente me era posible pensar en la perspectiva de que pudiera añadir a mi lista de interlocutores literarios, conocidos o saludados, descabellado era hacerlo en términos de amistad, a un “consagrado”, pues ¿qué coño le podía yo decir que pudiera parecer cuanto menos inteligible?

Pasaron las semanas y S. fue destinado por motivos de trabajo al extranjero. Desde entonces yo albergué la idea de que Rabinad me firmara todos los ejemplares de sus obras que ya poseía, como una especie de compensación al involuntario incumplimiento en que incurrió mi amigo. El problema que se presentaba, casi con carácter de insalvable, para llevar a cabo tamaño propósito era mi timidez, que siempre ha tenido síntomas de una suerte de bipolaridad. En unas ocasiones, como ocurre con algunos tímidos, no tenía inconveniente en hablar con admirable y sorprendente soltura, sorprendente incluso para mí, y con aparente conocimiento de causa de cualquier tema banal que surgiera en la conversación con cualquier tipo de persona, aunque fuera un completo desconocido y a causa de mi trabajo de cara al público. Creía y todavía creo que la mejor manera de que las interioridades más íntimas queden a resguardo de preguntas comprometedoras es construir un muro de vaciedades bien expuestas, sin tener que recurrir al silencio, que se puede interpretar como irrespetuoso o sin tener que recurrir a mentiras, sonrojantes por evidentes y por lo mismo inculpatorias, dando la sensación, al tiempo, de ser un tipo extrovertido. En otras ocasiones el efecto de esta timidez era paralizante, el que más nos caracteriza, pues es el más llamativo y evidente y el que peor nos lo hace pasar por lo que en los seres que se pueden considerar normales provoca: bromas más o menos soportables o insoportables, solidaridad caritativa, según la situación y la edad del causante y la bondad o maldad del que nos detecta, ya se sabe que los niños pueden ser tan crueles como los adultos.

Este era el efecto que me atenazaba solamente al imaginar los pasos a seguir hasta presentarme ante el venerado autor y hacía que me pensara y repensara el hecho, una vez decidido a acercarme al lugar, naturalmente con las manos vacías, de siquiera echar un simple y rápido vistazo a su puesto de libros, asunto resuelto la mayor de las veces pasando de largo, actitud provocada por otro sentimiento, también absurdo: el temor de que fuera reconocido como el acompañante del lector que no había cumplido con la prometida visita. Hasta ahí pueden llegar las justificaciones, los razonamientos que llevan al autoengaño más bien, para ceder con cierta dignidad y apaciguamiento de la conciencia en un primer momento y si esto fuera posible, ante la cobardía que impone la timidez.

Algunos escritores mojan su pluma en el tintero de sus vivencias, añoranzas, carencias, deseos… el de su corazón. Todas estas “materias” las moldean en primera o tercera persona y las mezclan para acabar plasmándolas en la ficción, ya sea novela, relato, en la crónica, en la autobiografía…

Rabinad2Repasando la temática de la bibliografía más importante de Rabinad, siempre y cuando se le haya leído, lo podemos situar en el cuadro de honor de esta noble categoría. En “Los contactos furtivos”, obra maestra de tan poético título y concebida a los veintipocos años, hallamos el sumario sentimental que desarrollará en gran parte del resto de su obra: la infranqueable distancia entre los deseos y la, en muchas ocasiones, mezquina realidad; la agotadora y decepcionante lucha por un fragmento del sueño roto de la felicidad, la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, el empeño que le ponemos a la vida a pesar de todo lo anterior.

“El niño asombrado” (1967) autobiografía-ficción en primera persona, muestra el asombro, entendido como comienzo de asimilación y posterior explicación, que le produjo ir descubriendo “las cosas de la vida”, entre estas la miseria moral y la brutalidad de los adultos en una sociedad de posguerra.

“Memento mori” (1983) narra “la lucha por la vida” de unos personajes adultos o en vías de serlo, de nuevo en un entorno de posguerra, pero con unas constantes que son identificables en cualquier época y sociedad al ser innatas del ser humano.

“La transparencia” (1985) puede ser considerada la continuación de “El niño asombrado”, ahora en tercera persona y con el mismo trazo magistral y sentimental que su antecesora registra.

La capacidad creativa de Rabinad le permite novelar en “Juegos autorizados” (1997) un fragmento de la vida adolescente de sus dos protagonistas en paralelo a las de sus madres. Vuelve a cruzar jóvenes y adultos e intenta explicar algunos episodios de incomprensión.

Una vez Antonio Rabinad ha revisado su pasado, y ha tratado de explicarse a sí mismo, pasa a poner orden en este. Lo hace en el libro de memorias “El hombre indigno” (2000). El concepto de orden es entendido de una manera particular y simplemente se basa en la cronología para reordenar lo que desconocemos de su persona como ciudadano común. Se ayuda de la memoria, de algunos papeles de antaño, de diarios que no llegaron a serlo del todo, de crónicas y anécdotas… quien sabe que más cosas le servirían. Creo que en ocasiones el dicho que reza que el autor es su obra se cumple. Todo lo leído hasta aquel momento y esta creencia, me hicieron concebir una idea propia, que ya es mucho decir, y por tanto no sé cuán aproximada, de cómo era el escritor que vendía libros. Al menos hasta el año 1957.

Otra idea que deduje es que tarde o temprano habría de dar a la imprenta una segunda parte de sus memorias en las que supongo, daría noticia de su exilio voluntario, en Francia primero y en Venezuela después, donde entre otras ocupaciones, al parecer, ejerció de guionista de culebrones radiofónicos y de ejecutivo sin vocación de agresivo, empleo que abandonó voluntariamente; lo que le impulsó a regresar a Barcelona ocho años después, donde siguió escribiendo y cómo afrontó el despido en 1976 de la editorial donde trabajaba, cargado con cuatro hijos. Su opinión sobre sus colaboraciones cinematográficas en los guiones de “Las crueles”, “Tiempo de silencio” y “Libertarias”, películas de su amigo, paisano y casi coetáneo Vicente Aranda, adscrito a otra “Escuela de Barcelona”, en este caso la de cineastas. También esperaba que diera una explicación de la forma en que se generaba el proceso creativo, como “uno se dispone a entregarse a esa tarea anormal que es escribir” según sus propias palabras. Otro asunto que despertaba mi curiosidad era como vivió los convulsos años de la Transición, ese sobrevalorado apaño de rebotica, y finalmente, como con un estilo tan consolidado, brillante y personal, igual que el mundo propio que incansablemente describía, la ignorancia, el cretinismo y la ceguera de los editores le impedían procurarse el sustento diario a pesar de tener un gran valedor como lo fue Carlos Barral.

Durante esta espera, me vi gratamente sorprendido por la aparición de “El hacedor de páginas” (2005), demostración magistral por enésima ocasión del oficio de escritor y de la genialidad de Antonio Rabinad. Una obra en la que se aplica como autor libre de cargas con el pasado, pues este ya ha sido revisado y puede permitirse que tema, trama y estilo estén al servicio pleno del más puro ejercicio literario.

Ya tenía una explicación a tan larga demora para la publicación del resto de sus memorias y también para las desapariciones que al frente de su puesto de libros y durante varias semanas, siempre en verano, registraba y que dejaba a cargo de alguno de sus hijos. Siempre he pensado que escribía entre semana y aceleraba su actividad con el buen tiempo. Me lo imaginaba haciéndolo en el camping de Torredembarra donde fecha y firma la finalización de “El hombre indigno”. Si seguía similar ritmo de publicación en cuatro o cinco años obtendría recompensa a mi confiada y paciente espera.

Nada de esto ocurrió. Un domingo, curiosamente día de mercado, consultando los titulares de una televisión, medio que ignoraba al maestro y se ignora el nivel de aprecio que suscitaba en él, si es que alcanzó alguno, tuve noticia de su fallecimiento, el día anterior sábado, 29 de agosto de 2009.

Las necrológicas de aquellos días, pocas, todo hay que decirlo, vinieron a coincidir en que se había ido un hombre bueno. Los amigos que quizás mejor hubieran glosado esta bondad hacía tiempo que a su vez habían desaparecido (Barral, Vázquez-Montalbán…) Aquellos que todavía viven, los de la “Escuela de Barcelona”, uno quiere suponer que por respeto a su pudorosa discreción, se guardaron de hacerlo público por escrito.

Otros públicohablantes sacaron a la luz anecdotario variado, gracias a lo cual se sabe que Rabinad vendía en elcontactos furtivos Mercat de Sant Antoni su propia biblioteca y que algún comprador, al reconocerle como hizo mi amigo S. se vio recompensado con otro volumen de su obra. También que, desde tiempo inmemorial, había dejado claro que no debía invitársele a actos sociales que tenían más de publicitarios que de amistosos. Sin embargo nunca rechazaba, si estaba en su mano, acudir a charlas en establecimientos de enseñanza media, imagino que invitado por profesores de literatura que probablemente antes de dedicarse a la docencia fueron cautivados por su obra. Su vida social la completaba en su parada de libros y no gracias a tipos como yo. A veces me consuelo, estúpidamente, pensando que quizás no le interesó nunca componer el relato de la “segunda parte” de su vida.

Me hubiera gustado que estas líneas trataran de “el día en el que Rabinad me firmó sus libros” y nació una relativa amistad. El tema hubiera dado, con el paso del tiempo, para bastantes más páginas y, sin duda, más interesantes, pero no pudo ser por cómo era uno. En la gran enciclopedia, infinita y no compilada de las oportunidades perdidas, supongo que merezco una entrada triste por mi cobarde indecisión.

Concluyo que no debemos dudar en intentar cumplir nuestros deseos, más si estos están en manos de personas de probada bonhomía y son sencillos de satisfacer. Tampoco avergonzarnos de mostrarles en justa correspondencia nuestro cariño o veneración. No debemos olvidar que la felicidad se compone, en muchas ocasiones, de pequeños gestos, de momentos casi imperceptibles y que también son momentos los que nos separan de ella. La vida es una serie finita de momentos. Procuremos que sean buenos los que compongan la nuestra y la de los semejantes que, cuanto menos, merecen nuestro aprecio.

En manos de los locos

Escrito por Marqués de Cubaslibres

(Escribo esto bajo el influjo de la música de Flaming Lips y el eco de las conversaciones que he tenido en San Francisco con algunos psiquiatras asistentes al congreso de la American Psychological Association, en adelante, APA).

Hubo una época en la que los locos eran marginados y encerrados. Hoy comenzamos a saber que esos que aparecen como anormales en la distribución gaussiana son los que gobiernan el mundo en su sentido más amplio, que son las piezas necesarias que la evolución utiliza para provocar cambios. Los seres humanos más inteligentes y con mayor sensibilidad pagan el precio de la locura, pero el resto de la sociedad se aprovecha de los cambios que ellos implementan en el campo de las matemáticas, de la física o de la música. David Eagleman, en su libro Incógnito, postula que los delincuentes son todos víctimas de la locura y atisba un mundo en que saldrán de las cárceles, como antes salieron de los frenopáticos, una vez se corrija la avería mental que les lleva a delinquir. Para entender todo esto en su justa medida hay que reflexionar sobre un nuevo paradigma de la locura que está emergiendo.

dsm-vEn la APA se hablaba sin parar del DSM-V, un manual de diagnóstico psiquiátrico del que se venderán un millón de copias, tal como pasó con el DSM-IV. The Economist se ha hecho eco del asunto y le ha dedicado hace unos días un artículo y un editorial, lo que da idea de la inquietud que se está creando. La enfermedad mental tiene como característica diferencial que prácticamente carece de marcadores biológicos que ayuden a hacer un diagnóstico, por lo que éste se ha de hacer en base a la sintomatología recogida subjetivamente por el psiquiatra o referida por los familiares del paciente. Es decir, lo que se define realmente son síndromes o asociaciones de síntomas que agrupados constituyen una patología (desorden bipolar, esquizofrenia…). Esta situación ha llevado a que el DSM contenga cada vez mayor número de diagnósticos y llevemos el camino de etiquetar como trastorno psiquiátrico muchas conductas que hasta hace poco se consideraban como fisiológicas. Pero criticar esto, como ahora hace tanta gente estupenda, es ridículo, pues el DSM-V no es más que la consecuencia de todo lo observado y sistematizado más nuestro desconocimiento de las causas que lo producen.

Una de las críticas más acerbas ha ido dirigida contra la creación de la categoría «disruptive mood dysregulation disorder» para etiquetar a los niños que antaño eran solo «raritos». Se habla de que ello supone estigmatizar a los que sean así categorizados y medicalizarlos con tratamientos innecesarios. Pero la tozuda realidad es que los que padecen un trastorno bipolar pueden empezar a tener síntomas preocupantes a muy temprana edad y a conducirse de forma peligrosa para su integridad física (riesgo de suicidio, de accidentes, de intoxicaciones por drogas). A estos niños no se les diagnostica y, si se hace, no se les trata, pues se desconoce el efecto en ellos de los medicamentos diseñados para adultos. Si quiere saber más sobre esto introduzca en google «bipolar kids» y se estremecerá al ver el sufrimiento de las familias afectadas.

Ante la ausencia de marcadores biológicos de la enfermedad se está intentando utilizar la genética para poder definir mejor grupos homogéneos de pacientes. En un estudio publicado este año por el Psychiatric Genomics Consortium se ha observado que una determinada variación genética en cuatro posiciones diferentes aparece en pacientes etiquetados con patologías tan dispares como el déficit de atención por hiperactividad, el autismo, el desorden bipolar, la depresión mayor y la esquizofrenia. Es decir, que mientras el DSM-V distingue cada vez más síndromes, la genética tiende a agruparlos como un mismo problema que se expresa clínicamente de diferente forma.

La atmósfera sonora de los Flaming Lips es inquietante, sólo ha podido ser creada por unas personas especiales que conectan con otras personas especiales. Llevan muchos años haciendo música, pero solo son famosos en su pueblo, Oklahoma. La locura es creativa, supone una predisposición genética para hacer cosas raras, algunas maravillosas y otras terribles. Pero forma parte de la naturaleza humana y tenemos que aceptarla y aprender a convivir con ella. Los neurocientíficos y su brazo armado, los psiquiatras, lo están haciendo muy bien pese a las críticas de los que ignoran lo que ignoramos.

Necroilógica

Escrito por gachoinlowercase

A Belén

La alegría de vivir sin ganas es el tributo que les debemos a quienes se fueron antes (sin ganas) cediéndonos su sitio, maldiciendo todos por unanimidad la inexistencia de la justa negociación.

Puede que sus entierros vayan acompañados de la mejor banda de música de la región tocando detrás del féretro engoladas marchas fúnebres que provocan el achicamiento de todos los pechos latientes de los presentes, entre temblores de frío y sentimientos de culpa. Pero no achicará el de ellos, porque ellos van en la caja donde el único atisbo de movimiento procede del pulso en intensidad que mantienen los adjetivos quieto y helado.

(Y cómo joden ahora las campanas del campanario marcandonos el ritmo de tragar la saliva)

Verdaderamente, hay personas que merecen que exista el paraíso.

Que alguien cree a Dios. Va para allá un alma perfecta.

¿Es internet el mal?

El artículo salvaje que escribe Cristian Campos en Zoom News expone con crudeza una tesis que va a acabar convertida en un clásico: internet nos prometió la creación de una inteligencia colectiva y de lo único que podemos estar seguros es de que ha conseguido expander la imbecilidad a la velocidad de la luz, actúa como sistema parasitario de los soportes físicos y supone un “fracaso absoluto a la hora de producir información verdaderamente relevante”.

No sé su grado de acuerdo con estas afirmaciones, pero podemos hacer un experimento. ¿Cuáles son para ustedes las 5 mejores cosas que nos ha dado internet y las 5 peores? Les invito también a dar una puntuación general al invento, de 1 a 10 (no hay cero y 10 sería la máxima puntuación). Veamos si es posible extraer alguna conclusión optimista o si, realmente, hemos sucumbido a la imbecilidad absoluta.

Los verdaderos amigos

barley2Aunque los dowayo son muy dados a la fornicación desde una edad temprana, y el adulterio desempeña en sus actividades de tiempo libre una función muy similar a la que para nosotros desempeña la televisión, son muy puritanos. Las personas de distinto sexo no deben verse desnudas ni aun estando casadas. Hacerlo seria correr un riego de espantosas repercusiones. El hom­bre se volvería catatónico, y la mujer, ciega. Un muchacho no debe saber nada de la sexualidad de su madre ni de sus hermanas, quienes, a su vez, se sentirían terriblemente humilladas si se hiciera referencia ante ellas a la sexualidad de un pariente varón. La insistente obscenidad de los rituales reservados a los hombres es el pretexto más común utilizado para excluir a las mujeres de las actividades más importantes. Los verdaderos amigos íntimos del mismo sexo son aquellos que pueden compartir obscenidades cuando se hablan, y ha de hacerse así so pena de estropear la relación.

Nigel Barley. Una plaga de orugas. Anagrama, 1993.
Casa del Libro Fnac | Amazon

No todo va a ser follar

Perroantonio

¿Y quién te había dicho que la vida iba a ser fácil? ¿Pensabas que lo real era la adolescencia eterna? ¿Pasar de la Tarjeta Joven hasta los cuarenta a la prejubilación a los cincuenta y cinco? ¿Vivir de los padres hasta poder vivir de los hijos? ¿Instalarte en la eterna primavera de El Corte Inglés? No, colega, ya has visto que no era tan sencillo. Todo lo erigido puede fácilmente caerse y lo normal es que lo haga si nadie se esfuerza en impedirlo. Hay que valorar lo conseguido como si fuera un tesoro y hay que saber de donde vienes para saber a donde no quieres ir.

Quienes te dicen que esta sociedad es una mierda, que todo es muy complicado, que habría que volver a la comunión con la naturaleza, no saben de lo que hablan. La vida ‘natural’ es una esclavitud. Esclavitud al tiempo atmosférico, al trabajo de sol a sol, al eterno ritual de las costumbres inamovibles, al cotilleo, a la caspa, a la religión de botijo, al vino de mesón. Volver al campo no es ir de fin de semana al agroturismo para salir a pasear con chándal y comer luego verduritas y tomar zumo de pomelo; es volver a la azada y al surco, a la vaca y a su estiércol, a la estupidez de las ovejas y a la conversación de las gallinas. Es una vida para gente de carácter, fuerte, asentada en la tierra como los robles, trabajadora como una mula, inexpugnable a los reveses de la fortuna y de la soledad. Tú no eres así.

Naciste en un mundo precario y aprendiste a comer de todo, por eso sabes que no es lo mismo degustar chuleta que filete de corazón. Estudiaste lo suficiente como para poder elegir y renunciaste a apretar tuercas o rellenar formularios. Querías otra cosa porque creías que te lo merecías. Porque eres así, arrogante sin premeditación, hábil sin esfuerzo, listo sin astucia, simpático sin excesos, esforzado sin riesgo, trabajador sin ambición. Lo que ocurre es que eres —y perdona si te ofendo— del montón.

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Una ola de ternura y compasión

Saulces-Monclin_(Ardennes)_tombes_de_guerre

El viajero preguntó por el sector de los muertos de la guerra de 1914.
—Sí —dijo el guardián—. Se llama el sector del Souvenir Français. ¿Qué nombre busca?
—Henri Cormery —respondió el viajero.
El guardián abrió un gran libro forrado con papel de embalaje y siguió con su dedo terroso una lista de nombres. El dedo se detuvo.
—Cormery, Henri, «herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914».
—Eso es —dijo el viajero.
El guardián cerró el libro.
—Venga —dijo.
Y lo precedió en el camino hacia las primeras filas de tumbas, unas modestas, otras pretenciosas y feas, todas cubiertas de ese batiborrillo de mármol y abalorios que deshonraría cualquier lugar del mundo.
—¿Es un pariente? —preguntó el guardián con aire distraído.
—Era mi padre.
—Lo siento.
—No, no, yo aún no tenía un año cuando murió. Así que, usted comprenderá.
—Sí —dijo el guardián—, pero da igual. Fueron demasiados muertos.
Jacques Cormery no contestó nada. Seguramente habían sido demasiados muertos, pero en lo que respectaba a su padre, no podía inventarse una compasión que no sentía. Desde que vivía en Francia, hacía años, se prometía hacer lo que su madre, que había permanecido en Argelia, le pedía desde hacía tanto tiempo: ir a ver la tumba de su padre que ella misma jamás había visto. A Jacques le parecía que esa visita no tenía ningún sentido, ante todo, para él, que no había conocido a su padre, que ignoraba casi todo de lo que había sido y le horrorizaban los gestos y los trámites convencionales, en segundo lugar, para su madre, que nunca hablaba del desaparecido y no podía imaginar nada de lo que él vería. Pero como su viejo maestro se había retirado en Saint-Brieuc y de ese modo se le presentaba la oportunidad de volver a verle, resolvió visitar a ese muerto desconocido e incluso hacerlo antes de encontrar a su viejo amigo, para tras ello sentirse totalmente libre.
—Es aquí —dijo el guardián.
Habían llegado ante un sector cuadrado, rodeado por pequeños mojones de piedra gris unidos por una gruesa cadena pintada de negro. Las lápidas, numerosas, eran todas iguales, unos simples rectángulos grabados, situados a intervalos regulares en hileras sucesivas. Todas adornadas con un ramito de flores frescas.
—El Souvenir Français se encarga del mantenimiento desde hace cuarenta años. Mire, ahí está. —Señalaba una lápida en la primera fila.
Jacques Cormery se detuvo a cierta distancia de la piedra.
—Lo dejo —dijo el guardián.
Cormery se acercó a la lápida y la miró distraídamente. Sí, era efectivamente su nombre. Alzó los ojos. Por el cielo pálido pasaban lentamente pequeñas nubes blancas y grises y caía una luz leve que por momentos se apagaba. A su alrededor, en el vasto campo de los muertos, reinaba el silencio. Sólo llegaba un rumor sordo de la ciudad por encima de los altos muros. A veces una silueta negra pasaba por entre las tumbas lejanas. Jacques Cormery, la mirada puesta en la lenta navegación de las nubes en el cielo, trataba de percibir, detrás del olor de las flores mojadas, el aroma salado que en ese momento venía del mar lejano e inmóvil, cuando el tintineo de un cubo contra el mármol de una tumba lo sacó de sus ensoñaciones. Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento. Porque él mismo creía estar vivo, se había hecho él solo, conocía sus fuerzas, su energía, hacía frente a la vida y era dueño de sí. Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba. El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.

Albert CamusEl primer hombre. Tusquets Editores. Colección Andanzas.
Traducción de Aurora Bernárdez
http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-el-primer-hombre

Cortesía de Holmesss