Rabi

Escrito por Ricardo M. López Bella

Mi memoria ha de remontarse hasta los siete años de edad para fijar el momento en que mi instinto de inmortalidad me llevó a dejar pruebas de mi existencia, quien sabe si dando ya por improbable aquella, de la única manera que mis escasos conocimientos y formación me pudieron haber sugerido: la escritura.

Mercado de San Antonio - An¦âos 30Este instinto me impulsó a coger una agenda diminuta, cabía en mi infantil puño, un bolígrafo, que en el colegio no fue herramienta de uso obligatorio hasta los diez años, y escribí que me había encontrado “a mi amigo Subirats”, las únicas palabras que recuerdo fidedignamente. Disfrutaba de las vacaciones escolares de Semana Santa, iba de la mano de mi madre, también con mi hermano y mi amigo lo hacía con su atractiva progenitora, al menos es lo que me indicaba un precoz sentido de la belleza ajena. El encuentro me pareció un hecho extraordinario y se me ocurrió que había que fijar el recuerdo. Cumplido este impulso, la natural inconstancia de mis pocos años hizo que dejara la pequeña agenda reconvertida en diario a un lado con apenas algunas frases más de posteriores días. En aquel entonces sólo era constante en la persecución de un balón allá donde fuera posible. Quizás algo en mi interior me indicó que mi vida, una vez de vuelta a la monotonía de los días escolares, no iba a depararme acontecimientos dignos de reseñar en la pequeña historia personal.

Hace algunos años, menos de los pasados desde lo consignado en las anteriores líneas, aunque bastantes más de los que hubiera deseado que transcurrieran, mis pensamientos divagantes fueron a parar a “lo del escribir” y llegué a una conclusión de Perogrullo: si uno, en sus humildes e irrefrenables intenciones de dejar alguna noticia de su existencia en el papel, no hace correcto uso y si cabe estiloso de la lengua, ya sea la materna, la vehicular, la elegida … no podrá reflejar con fiel aproximación lo que la cabeza y el corazón le dictan e intenta salvaguardar, negro sobre blanco, del polvo del olvido. Esto me llevó un poco más lejos y a otra conclusión de la misma categoría, pero ¿qué puedo decir?, cuando se está sembrado…: había que leer a todos los autores en español, fuera cual fuera la gloria alcanzada, la extensión de su obra y la época en la que la alumbraron, más si se cuenta con la virtud o ventaja de sentir una curiosidad que se convierte en una gran capacidad de lectura. Como este es mi caso, he tenido que echar mano de algunos criterios selectivos para refrenarme, aunque he descartado otros que no pienso consignar: ni best-sellers, ni discriminar géneros, ni ceder la exclusiva dedicación a un solo género durante mucho tiempo, tener en cuenta que el siglo XX español acabó en el año 1939, aunque hay honrosas excepciones, e invalidar a los críticos de los autores contemporáneos como fiable fuente de recomendación, ya que unos y otros suelen ser unos emborronadores de cuartillas que tienen la suerte de ser publicados.

Estos pensamientos los supongo ya experimentados por mi hermano y puestos en práctica por su parte en un tiempo que dediqué a achicharrarme el cerebro con casi todo tipo de substancias con y sin carga impositiva. También por mi amigo S., diez años menor que el que suscribe, al que conocí en las aulas de una innombrable facultad en las que ambos perdíamos el tiempo, aunque con diferente provecho (intelectual y profesionalmente ninguno en mi caso). Ambos ya habían emprendido esta placentera e inacabable travesía y prueba de ello es que, hace años, sus respectivas bibliotecas cuentan con los ejemplares de autores que yo empecé a perseguir, una vez leídos, en mi afán de poseer todo lo que colmaba mi ansia de saber, entender y, si tal lo meritaba de acuerdo a mi instinto, elevaba a la calificación de magistral. Otra prueba es que ambos habían alcanzado la sublimación de un estilo propio de escritura en edad que otros solo producen vanidosas divagaciones y que no deja de fascinarme cuando leo “lo último” del segundo y releo lo del primero, pues en el caso de mi hermano, desconocidas razones tuvo años atrás para renunciar a la expresión escrita.

Como es natural en toda esa práctica sin solución de continuidad y sin ninguna tutoría más que la antedicha curiosidad, las épocas se sucedían unas a otras al igual que las modas y los movimientos. Así lo hacían también los autores que traían arracimados a los que compartían generación y las generaciones sus ansias de continuidad, renovación o ruptura, pues ya se sabe que “toda vanguardia, conscientemente o no, aspira a ser academia”.

libro1En esta búsqueda entonces solitaria y que hoy en día viene alimentada por algunas pequeñas editoriales, empeñadas en una saludable “operación rescate” de todo tipo de autores, muchos de ellos censurados o enterrados vivos por el castrador franquismo, vine a dar de manos y boca con un librito que no pude dejar de leer desde el mismo momento en el que abrí sus páginas. Se trató de “El niño asombrado” y quedé literalmente enganchado al ejemplar, no puedo adjudicarle otro término al sentimiento que me provocó la lectura de una obra cuyo estilo me atrevo describir como realismo psicológico. Las circunstancias personales del joven protagonista, sus dudas, temores y otros sentimientos, eran similares, en algunos casos, a las que experimenté en una época cuanto menos complicada y no muy distante del tiempo en el que se produjo este hallazgo, que tengo la tentación de clasificar como encuentro: el paso de la adolescencia a la madurez. Uno de los síntomas que padecí durante el tránsito de esta transformación, fue el de creer detectar con cierta facilidad “parecidos razonables” en mi persona con los protagonistas de novelas y películas y, en los temas tratados, algunos indicios para explicarme como ser humano y situarme en unas coordenadas reconocibles y manejables que me ayudaran a encontrar mi lugar bajo el sol. Era mi forma de luchar contra la típica confusión juvenil en la que creyendo saber lo que se quiere, realmente se establece un restrictivo “esto es lo que no quiero”, error que lleva a rechazar algunas cosas que resultan reconocibles, años después, como convenientes con doloroso e irreparable retraso. Este libro fue el que más identificación generó en mí.

El autor de tal tesoro era Antonio Rabinad, que según constaba en la reseña biográfica, había nacido en Barcelona, en el año 1927, y habitó en El Clot. En 1952 había obtenido la bendición nada menos que de Somerset Maugham, Eugenio d’Ors y Fernández Flores con el Premio Internacional de Nueva Novela concedido por “Los contactos furtivos”. De su temprana orfandad paterna; que algún “clasificador” lo adscribió a la Escuela de Barcelona junto a Manuel Vázquez-Montalbán, Juan Goytisolo, Terenci Moix, Eduardo Mendoza, Juan Marsé y Juan Hortelano y otros datos más me enteré mucho más tarde.

A partir de este hallazgo afortunado, siguieron los del resto de su obra que pasaron a mi propiedad por adquisición, los menos, y por sustracción, los más, y su recomendación a todas aquellas personas, pocas, con las que podía establecer una conversación sobre asuntos y gustos literarios.

Entre estas pocas contaban, naturalmente, S., mi hermano y otros amigos con los que pusimos en pie una humilde y digna revista literaria, de venta en algunas facultades y escuelas universitarias, que sirvió para que, entre otras causas y casos, exhibiéramos nuestra destreza y nuestras carencias en lo de juntar palabras. Ni que decir tiene que los más prometedores eran los anteriormente elogiados.

Mercado de San Antonio - 1962También con S. emprendía divertidas “exploraciones” a todos aquellos establecimientos donde intuíamos que había un libro por “descubrir”. Estas “exploraciones” daban periódicamente en el Mercat de Sant Antoni, siempre en domingo, que es cuando allí se montan todos los puestos de libros viejos, revistas y otros artículos de pretendida comunicación y entretenimiento. En una de estas incursiones, siempre llevadas a cabo con la cabeza gacha por tener puesta la mirada en los libros y el ánimo presto a la sorpresa, dimos con una parada reducida y que por alguna razón inexplicable, nunca nos había llamado especialmente la atención. Eran los mejores años de aquel mercado, animados por el auge de los videojuegos, los tebeos manga y las cartas de los juegos de rol. El lugar era un auténtico caladero del coleccionismo y la primera muestra evidente de que la ciudad comenzaba a estar superpoblada (además de que los raros somos más). Tampoco es que fuéramos grandes madrugadores, virtud capital del buscador de tesoros, y mezclados entre los miles de visitantes de las horas meridianas, era posible pasar por el lugar sin avistar alguna parada si no se ponía el suficiente empeño en hacerse un hueco.

Mi amigo S. siguiendo una de mis humildes recomendaciones, adquirió en esta parada “La transparencia” de Rabinad. La persona que nos atendió era un hombre de mediana estatura, de barba y pelambrera blanca y en edad de estar jubilado. Llamaba la atención por su vestimenta, parecía que cuidadosamente escogida con el único criterio de que nada hiciera juego, aunque sin resultar estridente. Cubría su cabeza con una gorra de marinero y no me dio la impresión de ser alguien bienhumorado. Hojeando la nueva adquisición, S. me llamó la atención sobre la foto que del autor encontramos en la solapa del libro. No había lugar a ningún tipo de dudas: se trataba de la persona con la que apenas había cruzado palabra durante la transacción comercial. Nos miramos asombrados y sugerí a mi amigo que no dejara pasar la oportunidad de conseguir la firma de Antonio Rabinad. Dicho y hecho, desandamos los pocos pasos que habíamos podido dar entre la muchedumbre y de nuevo nos presentamos ante el vendedor ya identificado como escritor. Mi amigo utilizó la fórmula para pedir el autógrafo que yo mismo hubiera estimado propia para tal finalidad: “Don Antonio, ¿me haría usted el favor de firmármelo?” El hombre cogió su libro mientras se dirigía a S. y le dijo: “Te lo firmo con una condición…”rabinad siguieron unas décimas de segundo de curioso suspense, pues ninguno de nosotros dos podíamos pensar que un ESCRITOR pudiera requerir algo de unos anónimos admiradores:”…que no me llames Don Antonio”, concluyó. Seguidamente todos sonreímos, firmó con dedicatoria incluida y añadió:”Cuando lo hayas leído, si quieres, vuelves por aquí y lo comentamos”. Felizmente anonadados, continuamos nuestra ronda por el lugar, aunque mirando sin ver, yo al menos, pues solamente me era posible pensar en la perspectiva de que pudiera añadir a mi lista de interlocutores literarios, conocidos o saludados, descabellado era hacerlo en términos de amistad, a un “consagrado”, pues ¿qué coño le podía yo decir que pudiera parecer cuanto menos inteligible?

Pasaron las semanas y S. fue destinado por motivos de trabajo al extranjero. Desde entonces yo albergué la idea de que Rabinad me firmara todos los ejemplares de sus obras que ya poseía, como una especie de compensación al involuntario incumplimiento en que incurrió mi amigo. El problema que se presentaba, casi con carácter de insalvable, para llevar a cabo tamaño propósito era mi timidez, que siempre ha tenido síntomas de una suerte de bipolaridad. En unas ocasiones, como ocurre con algunos tímidos, no tenía inconveniente en hablar con admirable y sorprendente soltura, sorprendente incluso para mí, y con aparente conocimiento de causa de cualquier tema banal que surgiera en la conversación con cualquier tipo de persona, aunque fuera un completo desconocido y a causa de mi trabajo de cara al público. Creía y todavía creo que la mejor manera de que las interioridades más íntimas queden a resguardo de preguntas comprometedoras es construir un muro de vaciedades bien expuestas, sin tener que recurrir al silencio, que se puede interpretar como irrespetuoso o sin tener que recurrir a mentiras, sonrojantes por evidentes y por lo mismo inculpatorias, dando la sensación, al tiempo, de ser un tipo extrovertido. En otras ocasiones el efecto de esta timidez era paralizante, el que más nos caracteriza, pues es el más llamativo y evidente y el que peor nos lo hace pasar por lo que en los seres que se pueden considerar normales provoca: bromas más o menos soportables o insoportables, solidaridad caritativa, según la situación y la edad del causante y la bondad o maldad del que nos detecta, ya se sabe que los niños pueden ser tan crueles como los adultos.

Este era el efecto que me atenazaba solamente al imaginar los pasos a seguir hasta presentarme ante el venerado autor y hacía que me pensara y repensara el hecho, una vez decidido a acercarme al lugar, naturalmente con las manos vacías, de siquiera echar un simple y rápido vistazo a su puesto de libros, asunto resuelto la mayor de las veces pasando de largo, actitud provocada por otro sentimiento, también absurdo: el temor de que fuera reconocido como el acompañante del lector que no había cumplido con la prometida visita. Hasta ahí pueden llegar las justificaciones, los razonamientos que llevan al autoengaño más bien, para ceder con cierta dignidad y apaciguamiento de la conciencia en un primer momento y si esto fuera posible, ante la cobardía que impone la timidez.

Algunos escritores mojan su pluma en el tintero de sus vivencias, añoranzas, carencias, deseos… el de su corazón. Todas estas “materias” las moldean en primera o tercera persona y las mezclan para acabar plasmándolas en la ficción, ya sea novela, relato, en la crónica, en la autobiografía…

Rabinad2Repasando la temática de la bibliografía más importante de Rabinad, siempre y cuando se le haya leído, lo podemos situar en el cuadro de honor de esta noble categoría. En “Los contactos furtivos”, obra maestra de tan poético título y concebida a los veintipocos años, hallamos el sumario sentimental que desarrollará en gran parte del resto de su obra: la infranqueable distancia entre los deseos y la, en muchas ocasiones, mezquina realidad; la agotadora y decepcionante lucha por un fragmento del sueño roto de la felicidad, la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, el empeño que le ponemos a la vida a pesar de todo lo anterior.

“El niño asombrado” (1967) autobiografía-ficción en primera persona, muestra el asombro, entendido como comienzo de asimilación y posterior explicación, que le produjo ir descubriendo “las cosas de la vida”, entre estas la miseria moral y la brutalidad de los adultos en una sociedad de posguerra.

“Memento mori” (1983) narra “la lucha por la vida” de unos personajes adultos o en vías de serlo, de nuevo en un entorno de posguerra, pero con unas constantes que son identificables en cualquier época y sociedad al ser innatas del ser humano.

“La transparencia” (1985) puede ser considerada la continuación de “El niño asombrado”, ahora en tercera persona y con el mismo trazo magistral y sentimental que su antecesora registra.

La capacidad creativa de Rabinad le permite novelar en “Juegos autorizados” (1997) un fragmento de la vida adolescente de sus dos protagonistas en paralelo a las de sus madres. Vuelve a cruzar jóvenes y adultos e intenta explicar algunos episodios de incomprensión.

Una vez Antonio Rabinad ha revisado su pasado, y ha tratado de explicarse a sí mismo, pasa a poner orden en este. Lo hace en el libro de memorias “El hombre indigno” (2000). El concepto de orden es entendido de una manera particular y simplemente se basa en la cronología para reordenar lo que desconocemos de su persona como ciudadano común. Se ayuda de la memoria, de algunos papeles de antaño, de diarios que no llegaron a serlo del todo, de crónicas y anécdotas… quien sabe que más cosas le servirían. Creo que en ocasiones el dicho que reza que el autor es su obra se cumple. Todo lo leído hasta aquel momento y esta creencia, me hicieron concebir una idea propia, que ya es mucho decir, y por tanto no sé cuán aproximada, de cómo era el escritor que vendía libros. Al menos hasta el año 1957.

Otra idea que deduje es que tarde o temprano habría de dar a la imprenta una segunda parte de sus memorias en las que supongo, daría noticia de su exilio voluntario, en Francia primero y en Venezuela después, donde entre otras ocupaciones, al parecer, ejerció de guionista de culebrones radiofónicos y de ejecutivo sin vocación de agresivo, empleo que abandonó voluntariamente; lo que le impulsó a regresar a Barcelona ocho años después, donde siguió escribiendo y cómo afrontó el despido en 1976 de la editorial donde trabajaba, cargado con cuatro hijos. Su opinión sobre sus colaboraciones cinematográficas en los guiones de “Las crueles”, “Tiempo de silencio” y “Libertarias”, películas de su amigo, paisano y casi coetáneo Vicente Aranda, adscrito a otra “Escuela de Barcelona”, en este caso la de cineastas. También esperaba que diera una explicación de la forma en que se generaba el proceso creativo, como “uno se dispone a entregarse a esa tarea anormal que es escribir” según sus propias palabras. Otro asunto que despertaba mi curiosidad era como vivió los convulsos años de la Transición, ese sobrevalorado apaño de rebotica, y finalmente, como con un estilo tan consolidado, brillante y personal, igual que el mundo propio que incansablemente describía, la ignorancia, el cretinismo y la ceguera de los editores le impedían procurarse el sustento diario a pesar de tener un gran valedor como lo fue Carlos Barral.

Durante esta espera, me vi gratamente sorprendido por la aparición de “El hacedor de páginas” (2005), demostración magistral por enésima ocasión del oficio de escritor y de la genialidad de Antonio Rabinad. Una obra en la que se aplica como autor libre de cargas con el pasado, pues este ya ha sido revisado y puede permitirse que tema, trama y estilo estén al servicio pleno del más puro ejercicio literario.

Ya tenía una explicación a tan larga demora para la publicación del resto de sus memorias y también para las desapariciones que al frente de su puesto de libros y durante varias semanas, siempre en verano, registraba y que dejaba a cargo de alguno de sus hijos. Siempre he pensado que escribía entre semana y aceleraba su actividad con el buen tiempo. Me lo imaginaba haciéndolo en el camping de Torredembarra donde fecha y firma la finalización de “El hombre indigno”. Si seguía similar ritmo de publicación en cuatro o cinco años obtendría recompensa a mi confiada y paciente espera.

Nada de esto ocurrió. Un domingo, curiosamente día de mercado, consultando los titulares de una televisión, medio que ignoraba al maestro y se ignora el nivel de aprecio que suscitaba en él, si es que alcanzó alguno, tuve noticia de su fallecimiento, el día anterior sábado, 29 de agosto de 2009.

Las necrológicas de aquellos días, pocas, todo hay que decirlo, vinieron a coincidir en que se había ido un hombre bueno. Los amigos que quizás mejor hubieran glosado esta bondad hacía tiempo que a su vez habían desaparecido (Barral, Vázquez-Montalbán…) Aquellos que todavía viven, los de la “Escuela de Barcelona”, uno quiere suponer que por respeto a su pudorosa discreción, se guardaron de hacerlo público por escrito.

Otros públicohablantes sacaron a la luz anecdotario variado, gracias a lo cual se sabe que Rabinad vendía en elcontactos furtivos Mercat de Sant Antoni su propia biblioteca y que algún comprador, al reconocerle como hizo mi amigo S. se vio recompensado con otro volumen de su obra. También que, desde tiempo inmemorial, había dejado claro que no debía invitársele a actos sociales que tenían más de publicitarios que de amistosos. Sin embargo nunca rechazaba, si estaba en su mano, acudir a charlas en establecimientos de enseñanza media, imagino que invitado por profesores de literatura que probablemente antes de dedicarse a la docencia fueron cautivados por su obra. Su vida social la completaba en su parada de libros y no gracias a tipos como yo. A veces me consuelo, estúpidamente, pensando que quizás no le interesó nunca componer el relato de la “segunda parte” de su vida.

Me hubiera gustado que estas líneas trataran de “el día en el que Rabinad me firmó sus libros” y nació una relativa amistad. El tema hubiera dado, con el paso del tiempo, para bastantes más páginas y, sin duda, más interesantes, pero no pudo ser por cómo era uno. En la gran enciclopedia, infinita y no compilada de las oportunidades perdidas, supongo que merezco una entrada triste por mi cobarde indecisión.

Concluyo que no debemos dudar en intentar cumplir nuestros deseos, más si estos están en manos de personas de probada bonhomía y son sencillos de satisfacer. Tampoco avergonzarnos de mostrarles en justa correspondencia nuestro cariño o veneración. No debemos olvidar que la felicidad se compone, en muchas ocasiones, de pequeños gestos, de momentos casi imperceptibles y que también son momentos los que nos separan de ella. La vida es una serie finita de momentos. Procuremos que sean buenos los que compongan la nuestra y la de los semejantes que, cuanto menos, merecen nuestro aprecio.


  1. El edificio de la fotografía es el Mercado de San Antonio. He estado allí cientos de veces, pero nunca concebí que su estructura, vista desde arriba, recordara a la de una cárcel. Quiero creer que acudía allí a ver libros como quien va a visitar a los presos, y que me llevaba dos bolsas bien cargadas todos los domingos como si me hubiera dado permiso el mismísimo Pilatos para liberar tanto a Barrabás como a Jesucristo.

    El texto es extraordinario, y Rabinad un gran escritor.

  2. Qué bien contado, qué bien escrito y qué bien razonado. Y eso que lo leí de final a principio, párrafo a párrafo, deconstruyendo la historia en plan Ferrán Adriá.
    El Memento Mori que lei yo creo que no era el de Rabinad (que se llama casi igual que Tagore)
    “Antonio Rabinad”, entonces.

    (¿Esto era cortesía de Bremaneur?)

  3. Es el Mercado, Gómez. La foto es de un ejemplar de La Vanguardia Española de 1962.

    El texto es cortesía de su autor, R. M. L. B, y cabe agradecer a Perroan su edición.

  4. Esa estructura en forma de X del mercado, que tanto recuerda al panóptico carcelario, lo que pretende es alargar las galerías. Al mismo tiempo es una argucia urbanística ingeniosa, porque la forma más rápida de cruzar la plaza es atravesarla en diagonal y, claro, caer en el mercado. Estas cosas ya las practicaron los constructores de galerías comerciales del XIX. (Galería Umberto I, en Nápoles: http://goo.gl/bMO5y o Galería Víctor Manuel II, en Milán: http://goo.gl/9X4nM).

    Me ha gustado mucho la historia que cuenta RMLB y el que me haya descubierto a Rabinat. Y al joven S.

  5. De Rabinad lo he leído todo. Me gustan especialmente El niño asombrado y La transparencia, dos novelas breves e intensas. Creo que es en Marco en el sueño donde Rabinad habla de la muerte de su padre. Era alcalde de El Clot cuando comenzó la guerra y lo asesinaron los anarquistas. Al terminar la guerra el joven Rabinad solicitó que su padre fuera enterrado en el Valle de los Caídos, creo que a instancias de la madre o de la familia. El relato que hace de las trabas burocráticas que finalmente lo impidieron me impresionó mucho. Rabi fue un gran narrador de la caspa y la sordidez del franquismo.

  6. Manual Jabois presenta su nuevo libro. Tomen nota.

    (…) Fue un día de verano, como todo en la vida. Había ido a aparcar el coche cerca de la playa de Areas, y cuando conseguí dejarlo a dos kilómetros me eché la toalla al hombro y me dirigí campestremente a la Postiña, un bar de allí en donde me esperaba Paula y una amiga suya que yo no conocía de nada. Al verme bajar, esta amiga exclamó: “¡Quién es ese dios de la fecundidad!”. Meses después la tenía por ahí embarazada perdida, pero esa tarde nada sospechábamos: yo me dediqué a leer una biografía enorme de Hitler mientras pensaba que estaba buena, pero que parecía una de esas pijas estreñidas que fabrica Pontevedra como roscas; ella pensaba que yo estaba bueno, pero que era un coñazo de tío de ésos que se pasan cinco horas bajo el sol para saber de la vida de un alemán muerto. “Que ni es alemán”, pensaba ella, “sino austríaco, y seguro que después de 1.200 páginas el paleto ni se entera”.

    Yo en realidad leía para hacerme vagamente el interesante y ella ponía cara de pija porque le daba el sol de frente y no tenía otra que ponerse las rayban y apretar mucho la boca, como si se estuviese callando marcas de ropa. Aquel disimulo nuestro tardamos en descifrarlo, pero aún antes, cuando no nos caíamos bien y ninguno tenía una opinión buena del otro, ya nos estábamos acostando, porque al fin y al cabo en la cama no interesan detalles superficiales como el carácter, y ninguna mujer llega al orgasmo porque su pareja tenga buen humor. ¿Acaso nos reproducimos como especie leyendo a Dostoievski? Más bien lo que dan ganas es de clausurarla (…)

  7. El colocar esta entrada después de la de ayer resulta oportuno. Ayer se cuestionó aquí (donde todo se cuestiona, con o sin motivo) el que los enfermos mentales lleven aparejada con frecuencia una notable inteligencia y sensibilidad. Aduje que los bipolares son epítome de ello y aquí cada uno habló de su experiencia en el asunto. Pues bien, no cabe duda que el tal RMLB es un claro ejemplo de ello (él mismo se califica de bipolar). Su texto destila una notable inteligencia y una extraordinaria sensibilidad, esto parece indiscutible. También se perciben ciertos matices obsesivo-compulsivos que maneja de forma brillante. Da la impresión también de una militancia comunista/antifranquista que a estas alturas resulta entrañable. En fin, que decir de la pareja RMLB/SC, que me recuerda a otra curiosa pareja, AT/JMB. Gracias a personajes como ellos, los que tenemos que perder el tiempo en ganar dinero para mantener nuestro particular circo Price, nos ilustramos. Corro a La Central, a ver que tienen del gran (y por mí desconocido) Antonio Rabinad.

  8. Leí ayer En manos de Locos que me pareció excelente. Enseguida me pudieron las ganas de enredar y envié el enlace a una familiar psicóloga muy Ancien Regime Psicoanalista . Al poco me llamó y me hizo perder media horita de curro.
    (Escribo poco mal y tarde porque la puerta de este garito es más dura que la de un Pacha Ibiza un sábado de agosto y no se si se perderá el mensaje ) ((monje estilita))) 🙂

  9. Lamento no haber encontrado una fotografía que tengo por casa y que muestra a R. y a S. por aquella época. S. contaba entonces con veintiún años, llevaba vaqueros de pitillo y unas melenas negras y ensortijadas que le hacían parecer un lolailo. Solía llevar una chupa de cuero y los zarcillos en las orejas atemorizaban a las señoras en la calle. Los libreros de los encantes le espantaban para que no mirara sus joyas: misales de los años sesenta. Andaba un tanto proscripto desde que había comenzado la universidad. No había congeniado con sus compañeros del estituto, propicios a frecuentar las discotecas que él despreciaba, en especial una llamada Titus. Solía preguntarles por el fin de semana pasado en Tifus y ellos se retorcían blasfemando echando espumarajos por la boca, como si aún estuvieran en la pista de baile un sábado por la noche. La universidad tampoco ofrecía un panorama más luminoso. Abundaba el sujeto de provincias catalán y el pollopera de Barcelona, con un vocabulario artificialmente barriobajero y el ansia por aunar a S. en su grupo de cocainómanos fiesteros y molownis. El bueno de R., que solía dormitar en las últimas filas de clase, agotado tras su jornada laboral, se hizo cargo del tontín de S. y lo introdujo en eso que se da en llamar “su círculo de amistades”. Gente diez años mayor, futbolera y letraherida, que aplacaba la sed en un bar cercano a la estación del Norte lleno de taxistas, putas, travestís y policías. Fueron unos años mágicos e inolvidables. La Voll-Damm le forjó un estómago de acero, y de acero parecen ser los herrajes que le unen a su amigo R.

  10. He dicho que lo he leído todo de Rabi y lo he dicho mal. Me faltan dos: “Juegos autorizados” y “El hacedor de páginas”. Marqués, posiblemente encuentre el último en La Central, y de ése no respondo. Precisamente le regalé a AT “El niño asombrado” cuando anduvo por Berlín. Creo que tengo más ejemplares. Cuente con uno.

  11. Extraordinario texto. Se disfruta, y tanto, por sí solo, pero tiene el valor añadido de ser especialmente aprovechable para quienes poco sabemos y nada hemos leído de Rabinad (aunque en mi caso he visto “Tiempo de silencio” y “Libertarias”, algo es algo). Me llama la atención sobre todo ese “El hacedor de páginas”, quizá por ser el último, o tal vez por el modo en que lo presenta el autor del texto. Lo buscaré.

  12. [0]
    Ya es leyenda la distinción que hizo Roland Barthes entre escritores y escribientes.
    Los escribientes son aquellos cuya escritura está destinada a mostrar algo que, sin ella, habría quedado, si no escondida, al menos invisible. Hacer aparecer lo que está muy inmediatamente presente y al mismo tiempo es invisible: un proyecto de présbita (lo llama así otro galo obseso del panóptico). Poner de manifiesto lo que está demasiado próximo para que podamos verlo.

    Por cierto ¿RMLB no sale en la Wikipedia?

  13. La escena en la que el escritor atiende el puesto de libros en el mercado tiene la verdad especial de su mirada idealizadora del mito ante un cajón a prueba de vanidades, que sin embargo no lo empequeñece. No conocía a Rabinad y, aunque tal vez nunca lo lea, le agradezco sinceramente su pasión y su lealtad contagiosas.


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