Al vulgo

Retrato_de_Mateo_AlemánNo es nuevo para mí, aunque lo sea para ti, oh enemigo vulgo, los muchos malos amigos que tienes, lo poco que vales y sabes, cuán mordaz, envidioso y avariento eres; qué presto en disfamar, qué tardo en honrar, qué cierto a los daños, qué incierto en los bienes, qué fácil de moverte, qué difícil en corregirte. ¿Cuál fortaleza de diamante no rompen tus agudos dientes? ¿Cuál virtud lo es de tu lengua? ¿Cuál piedad amparan tus obras? ¿Cuáles defectos cubre tu capa? ¿Cuál atriaca miran tus ojos que como basilisco no emponzoñes? ¿Cuál flor tan cordial entró por tus oídos que en el enjambre de tu corazón dejases de convertir en veneno? ¿Qué santidad no calumnias? ¿Qué inocencia no persigues? ¿Qué sencillez no condenas? ¿Qué justicia no confundes? ¿Qué verdad no profanas? ¿En cuál verde prado entraste que dejases de manchar con tus lujurias? Y si se hubiesen de pintar al vivo las penalidades y trato de un infierno, paréceme que tú sólo pudieras verdaderamente ser su retrato. ¿Piensas, por ventura, que me ciega pasión, que me mueve ira o que me despeña la ignorancia? No, por cierto; y si fueses capaz de desengaño, sólo con volver atrás la vista, hallarías tus obras eternizadas y desde Adán reprobadas como tú.

Pues ¿cuál enmienda se podrá esperar de tan envejecida desventura? ¿Quién será el dichoso que podrá desasirse de tus rampantes uñas? Huí de la confusa corte; seguísteme en la aldea. Retireme a la soledad; y en ella me heciste tiro, no dejándome seguro sin someterme a tu jurisdicción.

Bien cierto estoy que no te ha de corregir la protección que traigo ni lo que a su calificada nobleza debes, ni que en su confianza me sujete a tus prisiones; pues despreciada toda buena consideración y respeto, atrevidamente has mordido a tan ilustres varones, graduando a los unos de graciosos, a otros acusando de lascivos y a otros infamando de mentirosos. Eres ratón campestre, comes la dura corteza del melón, amarga y desabrida; y en llegando a lo dulce, te empalagas. Imitas a la mosca importuna, pesada y enfadosa, que, no reparando en oloroso, huye de jardines y florestas por seguir los muladares y partes asquerosas.

No miras ni reparas en las altas moralidades de tan divinos ingenios y sólo te contentas de lo que dijo el perro y respondió la zorra. Eso se te pega y, como lo leíste, se te queda. iOh zorra desventurada, que tal eres comparado, y, cual ella, serás, como inútil, corrido y perseguido! No quiero gozar el privilegio de tus honras ni la franqueza de tus lisonjas, cuando con ello quieras honrarme; que la alabanza del malo es vergonzosa. Quiero más la reprehensión del bueno, por serlo el fin con que la hace, que tu estimación depravada, pues forzoso ha de ser mala.

Libertad tienes, desenfrenado eres, materia se te ofrece: corre, destroza, rompe, despedaza como mejor te parezca; que las flores holladas de tus pies coronan las sienes y dan fragancia al olfato del virtuoso. Las mortales navajadas de tus colmillos y heridas de tus manos sanarán las del discreto, en cuyo abrigo seré, dichosamente, de tus adversas tempestades amparado.

Mateo Alemán. Guzman de Alfarache. Al vulgo (Dedicatoria).

Esto es el fin

Últimamente he cogido la costumbre de mirar al cielo por si me cae en la cabeza un meteorito. Con eso de que se acercan con frecuencia asteroides de Marte y llueven Cuadrántidas, Líridas, Perseidas, Dracónidas, Oriónidas, Leónidas y Gemínidas, vivo sin vivir en mí. Supongo que hay más probabilidad de que me aplaste otro Plan de Paz del Gobierno vasco —que también son periódicos como el cometa Halley, aunque más asiduos— pero tampoco es cuestión de fiarse. No soy asustadizo, pero sería decepcionante que me desintegrara un meteorito mientras salgo del súper acarreando un pollo y un pepino. Qué poco glamour.

Psicológicamente estoy sobradamente preparado para el fin del mundo. Recuerdo que, ya en la EGB, un profesor me regaló una revista más o menos científica en donde se anunciaba un gran cataclismo. Era posible que acabara con la vida humana porque se iban a alinear todos los planetas del sistema solar y la suma de sus fuerzas de gravedad produciría mareas gigantes, desestabilización del núcleo de la Tierra y grandes terremotos y tsunamis. Me afectó mucho y cada vez que me acercaba al mar, miraba con prevención al horizonte por ver si llegaba una ola de cincuenta metros y me arrastraba hasta Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila. Tendría que haber aprovechado para aprender surf.

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Lo advierto ahora

Cansinos era un lector voraz. Había traducido El comedor de opio de De Quincey, las Meditaciones de Marco Aurelio del griego, novelas de Barbusse y Vidas imaginarias de Schwob. Más tarde emprendería la traducción de las obras completas de Goethe y Dostoievski. También hizo la primera versión española de Las Mil y Una Noches, que es muy libre comparada con la de Burton o la de Lane pero cuya lectura es, en mi opinión, más agradable. Un día fui a verlo y me llevó a su biblioteca. Más bien debería decir que toda su casa era una biblioteca. Uno tenía la sensación de atravesar un bosque. Era demasiado pobre para tener estantes y los libros estaban amontonados desde el suelo hasta el techo, y había que abrirse paso entre las pilas. Sentía que Cansinos era como todo el pasado de aquella Europa que yo estaba dejando atrás: algo así como el símbolo de toda la cultura, occidental y oriental. Pero tenía una perversión que le impedía llevarse bien con sus contemporáneos más destacados. Consistía en escribir libros que elogiaban con generosidad a escritores de segunda o de tercera. En aquellos tiempos Ortega y Gasset estaba en la cumbre de la fama, pero Cansinos lo consideraba mal filósofo y mal escritor. Lo que a mí me dio, por sobre todo, fue el placer de la conversación literaria, y también me estimuló a ampliar mis lecturas. En cuanto a la escritura, empecé a imitarlo. Él escribía frases largas y fluidas con un sabor nada español y muy hebreo.

Curiosamente, fue Cansinos quien inventó en 1919 el término «ultraísmo». Consideraba que la literatura española siempre se había quedado atrás. Con el seudónimo «Juan Las» escribió algunos breves y lacónicos textos ultraístas. Todo aquello —lo advierto ahora— se hacía con espíritu de burla. Pero los jóvenes lo tomábamos muy en serio.

Jorge Luis Borges. Autobiografía. The New Yorker, 1970.
Título original: Autobiographical Essay. Traducción: Marcial Souto y Norman Thomas di Giovanni.

El hombre lobo, Manuel Mandianes en El Mundo

Los políticos se creen los poseedores exclusivos de la verdad. A quien no piensa como ellos lo condenan a las tinieblas exteriores. Les importa un rábano la verdad expresada por Ortega: «La vida pública no es sólo política, sino, a la par y aún antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos de todos los colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar». Además de no querer gente que piense diferente de ellos, los políticos no quieren a nadie que pueda hacerles sombra; pueden nombrar consejeros a intelectuales de su partido, o afines, quienes, aunque piensen de manera diferente a los políticos, se callarán por miedo a perder las migajas que les pueden caer de aquí y de allí. A estos intelectuales se les señala con el calificativo peyorativo de apesebrados, y con el institucional de orgánicos. Tanto los políticos como los intelectuales orgánicos condenan desde la oposición lo que decretarían y defenderían si estuvieran en el poder.

El hombre lobo, de Manuel Mandianes en El Mundo

Oh, Tempora

Estoy conmocionado por las asombrosas revelaciones del espía subcontratado Edward Snowden: los americanos y los británicos espían a todo el mundo y lo hacen utilizando las redes de telecomunicaciones. No sé cómo nadie lo había contado hasta ahora. La posibilidad de que toda nuestra actividad internáutica pase por filtros es estremecedora. Si un gobierno occidental es capaz de analizar las llamadas de teléfono, el correo electrónico o los SMS de una conferencia de mandatarios para prever su política comercial, ¿qué será lo próximo?, ¿qué espíen nuestros whatsup para prever la lista de la compra? Ha hecho bien en buscar asilo en China.

Es preciso que algún intelectual francés escriba, pero desde un plano altamente teórico, algún opúsculo denunciando la  intromisión del Sistema en nuestros legítimos derechos humanos.

Cada vez se pone más difícil descargar películas.

La guerra

clausewitz2. Definición

No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.

La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.

3. Caso extremo del uso de la fuerza

Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.

Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.

Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.

En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civilización, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.

Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción. La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un camino mejor. Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.

Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aquéllos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.

La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.

Karl von ClausewitzDe la guerra. Librodot.com

«Miénteme, dime que me quieres»

Por agudos y esclarecedores que parezcan los pensamientos de Rich sobre la mentira en las relaciones personales, en esta cuestión, como en casi todas las demás, la moneda tiene más de una cara. Otro poeta maravilloso –quizá, de hecho, el mayor de todos– tiene una historia muy distinta que contarnos. He aquí el cautivador y provocativo soneto 138 de Shakespeare:

Cuando mi amor jura que es todo lealtad
la creo, aunque sé que me engaña,
para que pueda pensar que soy un joven indocto
desconocedor de las falsas sutilezas del mundo.
Así, vanamente creyendo que me cree joven,
aunque sabe que mis mejores días han pasado,
simplemente doy crédito a su lengua falaz:
por ambos lados así suprimimos la simple verdad.
Pero ¿por qué no dice ella que es infiel?
¿Y por qué no digo yo que soy viejo?
Ay, el mejor hábito del amor es confiar en las apariencias,
y la edad, en el amor, no ama que le cuenten los años.
Así pues, yo miento con ella, y ella conmigo,
y en nuestras faltas con mentiras nos halagamos.*

* Traducción de Antonio Machado. (N. de la t.)

Existe un dogma ampliamente aceptado según el cual, para los amantes, es esencial confiar el uno en el otro. Shakespeare no parece compartir esta idea. A juzgar por el soneto, lo mejor para los amantes –«el mejor hábito del amor”– es, en realidad, no confiar de verdad. Igual de bueno es «confiar en las apariencias» nos dice, si no, a veces, aún mejor. La mujer del poema afirma decir la verdad –«jura que es todo lealtad”– aunque engañosamente simula creer que el hombre es más joven de lo que ella sabe que es. El hombre sabe que en realidad no lo cree, pero decide aceptar su promesa de que dice la verdad.

Pero él empieza a pensar que ella cree la mentira que le ha dicho sobre su edad, y que de verdad lo considera más joven de lo que es en realidad.

Ella le miente al decirle lo sincera que es, y que se cree los años que él le dice que tiene. Él le miente a ella sobre su edad, y pretendiendo aceptar su descripción de mujer totalmente sincera. Ambos lo saben todo; saben que el otro les miente, y que sus propias mentiras no son creídas. Sin embargo, cada uno, engañosamente, finge creer que el otro es del todo sincero. Esta sarta de mentiras permite que los dos amantes, unidos en esta «confianza en las apariencias», crean que sus halagadores embustes sobre ellos mismos –como totalmente sincera, o como encantadoramente joven– han sido aceptados. Y de este modo, mintiéndose el uno al otro, los amantes acaban mintiendo felizmente juntos.

Antes sugerí que, en la mentira, parte del defecto es que el mentiroso, al negar el acceso a lo que es en realidad o a lo que piensa, priva de un tipo de intimidad humana elemental y que suele darse por supuesto.

Esta privación no es, seguramente, una característica de la situación que Shakespeare describe. En aquel soneto, los amantes no sólo saben qué piensa cada uno, sino también lo que hay detrás de ello. Ambos saben lo que el otro realmente piensa. Y ambos saben que el otro lo sabe: se dicen unas mentiras mayúsculas, pero ninguno se llama a engaño. Cada uno de ellos sabe que el otro miente y, al propio tiempo, ambos son conscientes de que sus propias mentiras no son creídas. En realidad, ninguno de los amantes se libra de nada. Ambos comprenden lo que está sucediendo en el especular y poliédrico complejo de presuntos engaños que cada uno urdió por su lado. Para ellos, todo es tranquilizadoramente transparente. Los dos amantes tienen la seguridad de que su amor no se ha visto perjudicado por las mentiras. Pueden ver, a través de las mentiras que les han dicho, y de las que han dicho ellos, que su amor sobrevive aun sabiendo la verdad.

Supongo que la intimidad que estos amantes comparten, en virtud de reconocer las mentiras que se dicen uno al otro, y gracias también a saber que sus propias mentiras no han logrado engañar, es especialmente profunda y agradable. La intimidad de la que gozan llega hasta unos rincones de su ser que, con denodados y penosos esfuerzos, ambos habían intentado esconder. Sin embargo, pese a todo, ven que han visto el uno a través del otro. Los ocultos rincones han sido hollados. Ambos se dan cuenta de que cada uno ocupa al otro y es a su vez ocupado, y esta mutua percepción de sus mentiras ha guiado, como por ensalmo, sus maniobras de engaño hacia la verdad del amor, una delicia inigualable.

Por lo general, no suelo recomendar o perdonar la mentira. En la mayoría de los casos, soy un ferviente defensor de la verdad. De todas maneras, si usted cree que puede mentirse a sí mismo en una situación como la que Shakespeare describe en su soneto, mi consejo es: ¡adelante!

Harry G. Frankfurt. Sobre la verdad. Paidos 2007

Cortesía de Holmesss

La mentalidad del esclavo

Mencken-Prontuario-minPero la mayoría de los oficios que desempeñan los esclavos no brinda, claro está, la oportunidad de autoengañarse con bambollas. El escribiente que trabaja en el depósito de cal y cemento de algún remoto villorrio de la Franja de Misiones Extranjeras no podrá convencerse jamás de que su profesión es noble: peor aun, tampoco podrá convencer de ello a los demás. Y lo mismo les sucede a otros millones de hombres que habitan esta gran República, tanto en la ciudad como en el campo, millones de pobres tipos condenados a desempeñar durante el resto de sus vidas tareas opacas, estúpidas y tediosas: tinterillos, camioneros, granjeros, funcionarios de poca monta, supernumerarios. Tienen que ser perfectos idiotas para sacar algún placer de su trabajo. La felicidad, la sensación de que ellos también son alguien, la sensación de estar realmente vivos, deben buscarla en otra dirección. En las grandes ciudades esta necesidad se satisface fácilmente. Allí existe una maquinaria vasta y compleja que se encarga de distraer al esclavo de su desolación espiritual: catedrales del cine que lo trasportan a un mundo de opulencia y romance, donde los hombres (que siempre identifica consigo mismo) son valientes, ricos y apuestos, y las mujeres (que identifica con su esposa… o con la más joven de sus cuñadas) son limpias, bellas y elegantes; diarios que lo deleitan e instruyen con sus páginas de deportes y sus historietas y con elocuentes llamados a su generosidad, su espíritu cívico y su patriotismo; la radio que le ofrece las últimas piezas de jazz; el béisbol; las carreras; el juego; los burdeles y los deportes que se practican en estadios: mil artificios para hacerle olvidar sus penas. Es esta oportunidad colosal para evadirse de la vida y no solo la apetencia de dinero la que determina que multitudes de palurdos se muden a las ciudades. En realidad el palurdo está mucho más cómodo en su tierra natal: la ciudad lo hacina y lo explota, y el noventa por ciento de las veces sigue siendo espantosamente pobre. Pero por lo menos la ciudad le enseña a olvidar su indigencia, lo entretiene y lo emociona mientras lo devora.

Millones de esclavos deben permanecer, claro está, en los villorrios y en el campo. Las ciudades no pueden absorberlos a todos, ni siquiera a la mitad de ellos. Por lo tanto abordan el problema de hacer soportable la vida con sus magros recursos. Todos estamos familiarizados con los medios —políticos, religiosos y sociales— de los que se valen para ello, medios que, a mi juicio, explican perfectamente algunos de los fenómenos de la vida norteamericana que más intrigan a los observadores extranjeros. Las manifestaciones de primitivismo religioso con su base psicopatológica; la violenta acritud de la política rural; la prosperidad de las órdenes fraternales payasescas; la inalterable popularidad de docenas de formas distintas de barbarie… todas estas no son sino manifestaciones del patético esfuerzo que despliega el pobre campesino para salir de su marasmo, para justificar y ennoblecer su existencia, para evadirse de las sórdidas realidades que lo acosan diariamente. Cuando gime y lanza espumarajos en una zarabanda religiosa se siente conspicuo, prominente, un hombre de nota, y por ende es fácil inducirlo a participar en semejantes ceremonias. El desempeño de un minúsculo cargo lugareño suministra prestigio, y en consecuencia lucha frenéticamente por conquistarlo. La afiliación a una logia ridícula le confiere una dignidad misteriosa y siniestra, le infunde una sensación de poder y trascendencia, y por ello la apetece tanto como el intelectual urbano apetece la Légion d’honneur o un doctorado en leyes. Todos estos pasatiempos le ayudan a olvidar, aunque solo sea transitoriamente, que continúa siendo un gusano miserable y que su presencia sobre la Tierra reviste menos importancia real que la de sus propios cerdos.

Hace mucho tiempo sugerí que un buen método para combatir los linchamientos en el Sur consistiría en crear charangas en todos los pueblos de campaña. Argüí que la mala música distraería y cautivaría tanto a los negros como a la escoria blanca, alejando a los primeros del crimen y a los segundos de la brutal gratificación implícita en el castigo. Ahora perfecciono y hermoseo esta sugerencia. Propongo, en fin, que se archive la idea de la charanga y se la reemplace por la implantación de las corridas de toros. ¿Por qué? Hay que matar el ganado y los blancos pobres del Sur son reconocidamente salvajes. ¿Por qué no combinar la necesaria matanza de los cuadrúpedos cornudos con un espectáculo que estremecerá al salvaje, le hará olvidar su triste destino, y lo salvará de buscar evasión en la política, el asesinato y el vudú? En el Sur, las corridas de toros harían algo más que abolir los linchamientos. También socavarían el fanatismo religioso. La vida en Georgia sería mucho más segura y feliz si los anglosajones puros de la región pudieran desahogar su tensión concurriendo todas las semanas a la plaza de toros, para ver allí cómo los picadores, banderilleros y matadores* oficiales, todos ellos buenos demócratas y hombres bautizados, linchan y queman (o aunque solo sea castran) a un Bos taurus macho, renuente y disconforme.

*En español en el original.

Henry Louis Mencken. ‘La mentalidad del esclavo’ (1924). Recogido en Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos. Granica Editor. Buenos Aires, 1971. Traducción de Eduardo Goligorski.

Un informe de género (tonto)

Una opinión no vale nada si no viene refrendada por un juicio experto. Usted, en su inconsciencia, pensará que es normal que haya mujeres que trabajen su jornada completa, que algunas opten voluntariamente por una jornada laboral reducida y que otras prefieran dedicar su tiempo a la casa y a la familia. Pues no, usted se equivoca. Dice un informe que no es normal que haya mujeres que no prefieran realizarse, no sé, sexando pollos en una granja o dirigiendo un banco de inversiones y que hay que empezar a dinamitar esa falta de emancipación eliminando las causas que consolidan la división sexual del trabajo que, para empezar, va a ser la deducción en el IRPF por hacer la declaración conjunta.

No, no se frote los ojos. Esto es así y si usted no esta de acuerdo tenga en cuenta, y perdone que se lo diga, que lo suyo es sólo una opinión. Una opinión del montón, para ser exactos. Y aquí lo importante no son las opiniones, sino los juicios, y esos sólo los pueden emitir los expertos. O expertas.

En la vida cotidiana, cuando se obstruye el lavabo, empuñamos el desatascador y, tras los correspondientes juramentos, solucionamos el problema. Sólo si el asunto se pone difícil llamamos al lampista para que nos de su opinión, desmonte el desagüe y nos aligere de billetes el bolsillo. Sin embargo, en el ámbito político la cosa suele ser más complicada. Con una mayoría absoluta pueden funcionar las opiniones y es posible decidir si se construye un palacio de congresos o una refinería, que ya se justificará luego si es preciso. Pero si los electores, con su providencial sabiduría, han decidido que no hay nada mejor que las minorías, antes de que se pueda tomar cualquier decisión es preciso convencer a la oposición con argumentos o, en su defecto, con un buen informe redactado por expertos.

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El mito del etenno retonno

uroboros-txapelaA veces resulta difícil entender a los clásicos por falta de contexto. Siempre me ha costado comprender el mito del eterno retorno, pero es por mirar en donde no debía. Obsesionado por la cultura clásica, la Edad de Oro, el renacimiento tras la expiación mediante el fuego, Nietzsche, Elíade, Borges, el rito cíclico, la periódica inundación del Nilo, las témporas, las calendas y el coño de la Bernarda, se me ha ido el tiempo en tonterías. Tenía que haber mirado en casa.

El mito del eterno retorno es el regreso del nacionalismo al Gobierno de los vascos y vascas. La vuelta a la matraca, la reaparición del cencerro, el renacimiento del cognazo, el eterno plan de paz y el cíclico proyecto de convivencia y de amnistía y de amnesia y de alabanza del criminal y descrédito de quien lo combate, de petición de repliegue de la Polícía y la Guardia Civil, del regreso del nuestro pueblo, del concurso de cabezones, de la cuadrilla del chuletón, del orgullo de raza, de la manifa del viernes y de la acampada en Urbasa.

Qué cansancio, qué hastío, qué estólidas jetas de paisano, qué apoteosis de la zafiedad y de la incultura. El eterno retorno es en Euskadi la emisión incansable del sainete de las empanadillas de Martes y Trece pero con morcillas, sangre, curas, moscas, pistoleros, negociadores y sociedades gastronómicas.

¡Joder, qué ganas de que nos invadan de nuevo las fuerzas napoleónicas y regrese la Ilustración!