Fuera de juego

El soldado Bradley Manning ha sido declarado culpable de 20 cargos, entre ellos, robo, espionaje y fraude informático. Es cierto que se ha salvado de la cadena perpetua, pero la acumulación del resto de penas podrían suponer más de 100 años de cárcel. El precio a pagar es muy alto y tanto Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, como Edward Snowden, el analista de la CIA filtrador, siguen refugiados con miedo a que les extraditen a Estados Unidos.

Dejando de lado a Assange, un particular, tanto Manning como Snowden se han tenido que enfrentar a un dilema ético de proporciones abrumadoras, traicionar al Estado (representado por el Ejército y la CIA) en función de un supuesto bien mayor, la información pública, también llamada transparencia informativa. Se supone que los estados toman decisiones secretas sin conocimiento de la opinión pública y que, si esta los conociera, reaccionaría y obligaría a los estados a modificar su política; a veces ocurre.

Bien, los casos anteriores no son sino ejemplos del dilema crucial al que diariamente se enfrentan millones de personas en todo el mundo: o traicionar al grupo como individuo (porque el individuo está convencido de que su inteligencia personal es superior a la del grupo) o traicionarse a sí mismo para proteger al grupo del que forma parte. O dicho de otra manera, individuos a los que se les bombardea desde la más tierna infancia con una enseñanza moral, ética y política en la que priman los valores absolutos (honestidad, verdad, igualdad, respeto, etc.), tienen que bandearse en una realidad en donde lo absoluto es la excepción. El grupo proclamará la igualdad, pero las relaciones sociales son jerárquicas; se proclamará la igualdad de roles entre los sexos, pero nada hay más desigual (en todas las especies) que los roles sexuales; se deificará a la verdad como valor social imprescindible, pero la vida social funciona a base de permanentes mentiras y negociaciones constantes sobre la verdad; se pontificará sobre la honestidad y las normas claras, pero toda negociación (legal, comercial, política, social) está basada en acuerdos y componendas que sortean las normas, flexibilizan las conciencias y ahorman las voluntades.

Una de las primeras cosas que debería aprender todo humano es que entre el discurso público —que expide la religión, la política o el moralismo popular representado por el periodismo— y el comportamiento social hay una distancia amplia, flexible y enormemente dinámica. Es el terreno de la oportunidad. Todos los días millones de personas toman decisiones en esa zona de límites difusos y, normalmente, el que se salta los límites gana. Y pese al bombardeo constante sobre los valores, el individuo será protegido siempre que muestra adhesión y fidelidad al grupo. ¿Cuántos individuos denuncian desde dentro la corrupción o cuántas agencias anticorrupción han descubierto y revelado algún delito? ¿Denuncia el vecino que la comunidad piratea la señal de satélite? ¿Alguien denuncia el penalti de su propio equipo?

Todos los que abandonan la manada, pierden.

Una explicación sencilla

No sé qué le empujó a llamar a la puerta de mi casa ni lo que me forzó a mí a recibirle en lugar de recurrir al bar, más neutro, más informal, menos íntimo. Llevábamos sin hablar muchos años y nuestro trato se había reducido a saludos formales al cruzarnos en la calle, precedidos en mi caso de la molesta sensación de tener que forzar una mueca y acaso esperar unas palabras que no necesitaba escuchar.

Nos conocíamos desde la adolescencia y habíamos coincidido en una cuadrilla de amigos, reunidos primero por la afición al baloncesto y luego por el cortejo a las chicas. Era entonces bello e insolente, con un verbo fácil y una capacidad cultivada para resultar hiriente. Solía mostrar una sonrisa amplia y miraba ligeramente de lado. Siempre buscaba el doble sentido de las palabras y acababa sus frases con algún chiste más o menos vulgar, más o menos ofensivo. No era un matón, pero a falta de un auténtico macho alfa en la manada, ejercía un liderazgo basado en la determinación, la falta de complejos, la energía de sus ademanes y el hecho notable de ser, entre nosotros, el único rubio de ojos azules. Naturalmente, triunfaba entre las chicas.

Pasamos juntos algunos años, él siempre alardeando de unas hazañas sexuales que, auténticas o inventadas, tenían un efecto demoledor sobre nuestra autoestima y sobre la imagen que nos transmitía de las mujeres: todas eran unas guarras a las que él arrancaba las bragas en algún portal. Mi mundo se pobló de chicas despechadas que sufrían por él.

Nuestros caminos se separaron cuando comenzamos a ir a la Universidad y allí encontramos nuevas amistades. La cuadrilla se disolvió, pero con los años, varios de ellos volvieron a juntarse para tomar vinos y hablar de fútbol.

Entre nosotros siempre nos despreciamos. Él, supongo, me consideraba demasiado frío y reservado, e imagino que vería en mí algún tipo de peligro porque me trataba siempre con prudencia. Yo no le reía las gracias, pero tampoco le ponía nunca en evidencia, ni le llevaba la contraria, ni discutía, ni hablaba mal de él. Para mí, era uno de esos tipos prescindibles cuya desaparición mejoraría a la especie. Para él, supongo, yo era alguien a quien no podía conocer y de quien no se podía fiar.

Las chicas nunca se fijaban en mí, de hecho solían tardar bastante tiempo en darse cuenta de mi existencia, pero luego empezaban a buscarme y más tarde a seguirme. Naturalmente, yo nunca contaba nada; ni con quien andaba, ni de qué hablaba con ellas, ni qué relaciones mantenía. Siempre ha sido así.

Durante todos estos años, hemos sabido de nuestra mutua existencia por amigos comunes. Yo supe que se casó pronto, obligado por un embarazo no deseado, con una chica de una belleza rabiosa; que tuvo tres hijos; que trabaja en una gestoría; que ha tenido diversos líos, todos muy publicitados; que se ha divorciado; que ni su ex mujer ni sus hijos quieren verle; que sigue presumiendo de saber vivir. Él no sé qué habrá sabido de mí. Lo que ellas hayan contado.

El caso es que estaba allí, a mi puerta. Dijo algo y le dejé pasar. El tiempo no le había tratado especialmente mal. Hay gente que con la edad adquiere cierto porte aristocrático y a quienes la inteligencia les afila la mirada; no era su caso. Le ofrecí un café y aceptó. Nos sentamos uno frente al otro en sendas butacas y empezó a hablar como un torrente. De vez en cuando buscaba mi mirada y yo hacía algún gesto, asintiendo, y él seguía hablando, relatando su vida, explicando por qué esto y lo otro, buscando que yo comprendiera que su vida era un infierno, que su trabajo era insufrible, que su familia no le quería, que se había equivocado en todas sus decisiones importantes, que no sabía qué hacer.

Procuré tranquilizarle expidiendo la habitual cháchara psicológica aunque sin entusiasmo; que hay que aguantar, que cuando estamos deprimidos lo vemos todo negro, que tampoco le había ido tan mal, que tenía unos hijos estupendos, que tenía mucha vida por delante. Fingió escucharme pero se movía incómodo en el asiento hasta que finalmente irguió la cabeza y me miró, creo que por primera vez en su vida, directamente a los ojos.

— ¿Te has follado a mi mujer? —me preguntó, tan tenso que casi pude oír el chasquido de sus vértebras.

Le miré fijamente, sin mover un músculo de la cara, pero tensando también el cuerpo, demorando unos segundos la respuesta, haciendo que el tiempo se expandiera.

— No.

No se relajó. Estaba dispuesto a saltar, pero sabía que yo estaba aún más tenso que él, preparado, esperando ese momento que tanto tiempo había tardado en llegar, ese momento definitivo en el que cada uno está obligado a hacer lo que debe y a ocupar el lugar que le corresponde.

— Júramelo.

— No.

Aguantó unos instantes más la mirada y luego se relajó y encorvó ligeramente la espalda. Se disculpó por haber sido tan pesado y haberme molestado y se levantó para marcharse. Le acompañé hasta la puerta y me dio la mano para despedirse. Se la sujeté con fuerza y le obligué a mirarme a los ojos. Era quizá el momento de ensayar un discurso sobre la amistad y de darle ánimos, de transmitirle confianza, de darle una palmada en el hombro como harían sus buenos amigos después después de tomar el último vino de la tarde.

— No te tortures. Sigue viviendo como hasta ahora. Tú no tienes la culpa de nada, no puedes cambiar. Siempre has sido y siempre serás un auténtico gilipollas. Tus amigos te quieren —le dije, sin dejar de apretar su mano.

Se soltó con rabia y se dio la vuelta. No dijo nada. Bajó con rapidez las escaleras y estuve esperando en la puerta hasta que sonó con fuerza un violento y definitivo portazo.

Somos humanos

Todo parece indicar que accidente del tren Alvia en el que, hasta el momento, hay 77 personas muertas y 140 heridas, se debe a un error humano, a una imprudencia o a una suma de factores evitables. «Somos humanos, somos humanos», dicen que decía uno de los conductores del tren que, al parecer, circulaba a una velocidad muy excesiva en una curva muy cerrada.

Somos humanos y es propio de humanos sufrir como propio el dolor intenso de la tragedia. También es propia de humanos la solidaridad y la piedad. La caja negra del tren explicará en parte lo sucedido. Pero lo que va a ocurrir a partir de ahora, la gran tragedia civil del linchamiento, de los enfrentamientos y la irrupción de lo más bajo y soez de lo que algunos entienden por política, nos hundirá aún más en la capa freática de nuestra humanidad. Como decía Blas de Otero, «esto no es triste porque es verdad».

No hagan esto en la playa

Después de ver en televisión el espectáculo sonrojante de la natación sincronizada, una mezcla absurda de ballet acuático con prueba de resistencia pulmonar en la que sólo echo de menos a unos delfines y un banco de arenques, sólo se me ocurre algo peor, un concurso de imitadores de Elvis Presley sobre pista de hielo. Estoy muy acabado; no puedo seguir así. Decido huir a las playas cántabras un par de días y, aprovechando el reflujo de turistas de fin de semana, salgo en dirección contraria hasta la frontera con Asturias. Espero que me regenere el salitre.

Me llevo tres libros «Una pequeña historia de la filosofía» de Nigel Warburton (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), un libro básico, de divulgación, que tiene la gran ventaja de ser sencillo y estar muy bien escrito. Es un complemento perfecto a «Filosofía básica» (Cátedra), del mismo autor, para regresar al nivel de bachillerato y poder discutir luego con un profesor de instituto en traje de baño mientras arrasamos unos calamares.

El tercero es «La tabla rasa» de Steven Pinker, un libro cuya lectura vengo aplazando desde hace unos años porque la vida está llena de prioridades y nunca encuentro el momento de pararme a pensar. Ya sé que el verano es para leer novelas, pero es que estoy saturado de bobadas.

Volveré en un par de días, quizá a tiempo de que Pirata Jenny anuncie a bombo y platillo que su «Libro de la niebla» ha salido de la imprenta de la editorial Amargord y ha empezado a distribuirse. He tenido el privilegio de leer unas pruebas y sé que no es un libro para lectores distraidos: exige concentración, conocimiento y cierto tono vital no compatible con la intrascendencia playera. No voy a revelarles nada. Como ya conocen a su autora, pueden preguntarle a ella por los detalles. Sólo les adelanto este poema. No he pedido permiso, así que no sé si es la mejor carta de presentación para el «Libro de la niebla». Ustedes dirán.

Animula

Por no tener vísceras
por no pesar nada
por ser invisible
por no manar sangre
te tienes por menos fuerte
de lo que eres

Por no heredar rasgos
no tener antepasados
por ser sola tú
pudiendo haber sido
completamente otra
crees que eres azar

y ese anfitrión tuyo
que puede ocupar una silla
trepar un muro
deshacer una cama
aullar convulsionar arrebatarse
quitar una vida o fabricarla

mira en qué queda
exangüe
cómo apesta
en el interior de una piedra
rodeada de corolas putrefactas
cuando tú te vas
ligera inasible soberana
pronta a empezar de cero.

Ser o no ser (Ludwig)

chimpdressSi pudieras empezar de cero, ¿qué te gustaría haber sido? No le tengo afición al verbo ser. Me gusta más el fare italiano. Faccio l’ingegnere, poniendo distancia entre tu identidad y lo que te da de comer, entre apariencia y esencia. Pero no me voy a ir por las ramas ante una pregunta tan directa y respondo: etólogo. Y no se me ocurre mejor forma de explicarme que la anécdota de Bertrand y Ludwig, dos chimpancés machos de la misma edad criados en un centro de investigación de primates de la campiña inglesa.

Los investigadores, especializados en cuestiones relacionadas con el aprendizaje del lenguaje, habían puesto especial empeño en ponerles nombre y en averiguar si eran capaces de reconocerse como individuos singulares tras esos sonidos para ellos impronunciables. Concluyeron, rotundamente, que sí.

Años más tarde, el centro donde, según los observadores humanos, Bertrand y Ludwig avanzaban a paso de gigante en la adquisición del lenguaje, cerró por falta de fondos. Los dos chimpancés fueron entonces trasladados a una nueva institución en Bristol, y en el camino perdieron (o se comieron) sus etiquetas identificativas. Confiados en los largos años de asimilación de sus nombres, los investigadores humanos (que en todo el proceso, sin embargo, no habían aprendido a diferenciar con absoluta seguridad quién era quién) le preguntaron a Ludwig (o tal vez a Bertrand): «¿Eres Ludwig?». A lo que Ludwig (o Bertrand) respondió con un movimiento vertical de la barbilla. A continuación, le preguntaron a Bertrand (o tal vez a Ludwig): «¿Eres Bertrand?». A lo que Bertrand (o Ludwig) contestó señalándose el pecho con el índice, en un gesto entusiasta que no admitía dudas.

Los investigadores celebraron con alharacas, apretones de manos, signos de la victoria, cierres de puños en alto, olés, salvas, vivas y demás expresiones verbales y no verbales de triunfo y felicidad humanas la fácil resolución del misterio. Pero, en un desliz que nunca sabremos si atribuir a la soberbia de ver nuevamente confirmada la conquista de una parte no menor del puzle de la naturaleza animal o a la sombra de una duda humana, demasiado humana, una joven becaria se acercó de nuevo a los primates.

«¿Eres Ludwig?», le preguntó a quien unos minutos antes se había identificado como tal. «Sí», contestó de nuevo el chimpancé. «¿Eres —y en esos momentos se podría haber cortado la angustia expectante de los presentes con un pelo— Bertrand?». Y el chimpancé lo confirmó con todas sus ganas, suponemos que deseoso de que le dejasen terminarse un kiwi.

Este pequeño revés reclamaba a gritos una contraprueba. Ahora se dirigió al segundo chimpancé, a la sazón absorto en sus genitales: «¿ Ludwig?», le espetó, rebajando la sintaxis y recurriendo a signos inequívocos de la segunda persona del singular, porque todo resultase más claro. «Sí», contestó el segundo chimpancé. «¿Él Ludwig?», le preguntó a continuación. «Sí», confirmó: el otro también era Ludwig.

Toda una lección de solipsismo. Para el antropólogo, claro.

Cortesía de Pirata Jenny

Vivan las erecciones primarias con candidato único

yo-no-soy-tontoTranspapapaparencia, convocatoria express y erecciones primarias con un único candidato, la psolución del partido psocialista a su crisis de credibilidad. Las masas enardecidas echamos nuestros claveles al viento mientras gritamos, ¡Viva el Presidente Ejecutivo!, ¡Viva el Comité Federal!, ¡Viva la ex Consejera de Presidencia e Igualdad!, ¡Viva la Comisión de Garantías Electorales!, ¡Viva la Tercera Vía Anal!, ¡Viva la España Federal y Asimétrica Con Seis Velocidades y Marcha Atrás!

Unid@s vencerem@s. Volverán las oscuras golondrinas y se abrirán las puertas del campo para que un aire caliente de democracia transparente y progreso innovador refresque con sus vaharadas magnas y veteranas esta nueva lección de democracia infligida al pueblo soberano y espléndido. Un ejemplo a seguir. Tiembla Mariano, es el fifin.

Susana Díaz se proclama candidata única a las primarias del PSOE

Susana Díaz será la candidata del PSOE a la Junta

El Beneficio de la Moderación

El Perjuicio de la Ambición;
El Beneficio de la Moderación

No ensalzar los talentos
para que el pueblo no compita.
No estimar lo que es difícil de adquirir
para que el pueblo no se haga ladrón.
No mostrar lo codiciable
para que su corazón no se ofusque.
El sabio gobierna de modo que
vacía el corazón de deseos,
llena el vientre de alimentos,
debilita la ambición,
y fortalece hasta los huesos.
Así evita que el pueblo tenga codicia
y ambiciones,
para que los oportunistas
no busquen aventajarse de los otros.
Quien practica la no-acción,
todo lo gobierna.

Lao-Tsé. Tao Te King
Wikisource

Alabanza del corredor de fondo

Me acaban de iluminar unas palabras de Muñoz Molina en el Magazine de El Mundo: «[En 1992] empezó a tener importancia el espectáculo por encima de lo sólido; creer que hacer una Expo nos modernizaba, cuando lo que moderniza a un país son sus escuelas, institutos de investigación, comunicaciones racionales, sistema productivo. Y aquello creó un precedente: trabajar para lo excepcional en lugar de lo cotidiano».

Trabajar para lo excepcional en lugar de para lo cotidiano. Exactamente en eso ha consistido la política pública de los últimos 20 años. Del mismo modo que el pelotazo urbanístico creaba un desarrollo económico casi automático, la búsqueda de lo excepcional ha encumbrado a los vendedores de crecepelo en la pirámide de la política. Ninguna ciudad sin edificio simbólico, plan de reurbanización, facultad universitaria (o universidad de chichinabo), aeropuerto, superpuerto, autopista, macromuseo, superinstalación cultural, estadio… Demasiados planes para gestionar lo extraordinario y demasiados pocos para ocuparse de lo ordinario. Muchos gestores municipales se han abalanzado sobre los grandes planes y superproyectos fiando sus expectativas electorales al icono megalómano de turno, más preocupados siempre del continente que del contenido; al fin y al cabo, lo que se ve es la obra.

Y sin embargo, el trabajo serio de la política está en otra parte y es tan obvio que avergüenza tener que recordarlo: educación para que las personas puedan trascender los condicionantes de su origen social y para que la sociedad en general se haga más culta, más tolerante y más permeable; sanidad, para que nadie quede a merced de la enfermedad; seguridad y leyes que garanticen la convivencia y nuestra libertad de ciudadanos; trabajo. Todo el resto del edificio social (vivienda, cultura, asistencia social…) son derivados.

La erección de infraestructuras, como cualquier otra erección, produce efectos deslumbrantes pero fugaces; se deshinchan en cuanto los ciudadanos inicialmente boquiabiertos van comprobando las grietas de las estructuras vacías o infrautilizadas, o cuando descubren que quienes acabarán realmente de pagarlas son aquellos de sus hijos que aún no han abandonado el país.

Todavía hay gentes a quienes les cuesta admitir que el espejismo se ha acabado. Y se echan de menos líderes morales que, al mismo tiempo que predican la austeridad, marquen prioridades y definan políticas de fondo y de plazo largo. Fuera velocistas; necesitamos a los corredores de fondo.

Mi vida como promotor artístico cultural

Cuando terminé mis estudios y mis obligaciones militares me puse a buscar trabajo. El paro superaba el 20%, pero tuve suerte y en unos meses empezaba a trabajar en una nueva empresa, creada por un distribuidor para venderse a sí mismo un equipo que no conseguía vender en el mercado. Era el primer empleado, y tenía el rango de jefe, que ya no abandonaría en la vida, siguiendo involuntariamente el consejo que nos daba un catedrático en clase: ” De jefe, hasta en el infierno”. Claro que tuve que soportar chanzas, como la de un pariente que decía que yo era “gerente de dos”.

El caso es que trabajé como un burro durante unos años, no conocí horarios ni regateé dedicación. Eso sí, al cabo de cinco años ya había desarrollado un mínimo de cara dura para, de acuerdo con un colega que llevaba un negocio paralelo en Madrid, convencer a nuestros jefes de la radical importancia de asistir a un congreso de nuestra especialidad en Río de Janeiro.

Hicieron ver que les convencíamos, y pasamos dos semanas estupendas en Río y otras ciudades.

Una noche convencí a mi amigo para acudir a un local donde cantaba Maria Creuza. El disco grabado en La Fusa con Vinicius, Toquinho me lo conocía de cabo a rabo, me había acompañado en todo tipo de situaciones, gratas y melancólicas, y no podía dejar pasar la ocasión.

El recital me gustó, y al terminar fui a saludar a la artista y expresarle mi admiración. Fue bastante amable, aunque enseguida me pareció notar un cierto hastío de su papel, de su trabajo. Le pregunté si venía a España, me dijo que le gustaría, e invoqué vagos contactos con la industria local para invitarla a cantar en mi ciudad. Ella me refirió a su manager (y supongo que pareja) , un argentino.

De vuelta al trabajo contacté con él por teléfono (¿correo electrónico? ¿1984?) con angustia por el coste de las gestiones, e intenté colocar las condiciones del contrato (número de recitales, importe mínimo, etc.) en un local conocido. Recuerdo haber cargado una comisión y sentirme culpable por ello.

En cualquier caso no hubo contrato con ese local, pero a los pocos meses supe que Maria Creuza actuaba en mi ciudad, en otro lugar. Acudí al recital con amigos a los que había explicado mis aventuras y gestiones, y fue uno de los más intensos momentos de vergüenza de mi vida el momento en que la artista dedicó a nombrar los agradecimientos por los gestores de su visita, y en los que no aparecí para nada.

El momento no tuvo consecuencias: sigo considerando ese disco una joya de valor incalculable, y aluciné cuando supe que el gran Montano, ilustre brasileñista, no lo conocía. Vayan un par de muestras.

···

Cortesía de Holmesss

Cierta laxitud moral

A finales de los años 90 empecé a interesarme por la adquisición de una segunda vivienda. Trabé así contacto con un mundo que desconocía (nunca adquirí una “primera” vivienda). Me llamó la atención el desparpajo con el que los agentes inmobiliarios, vendedores y constructores hablaban de dinero en B o del escamoteo de impuestos. En esta época de euforia inmobiliaria, raro era el particular que no se iniciaba en la compraventa, animado por unas ganancias espectaculares y una laxitud moral fomentada por la vergonzante política de recalificaciones, sobresueldos y mamoneo generalizado que florecía en los ambientes municipales y autonómicos.

Yo no me inicié. Pero fue en este contexto, iniciado una década antes, en donde se larvaron los escándalos de corrupción política que alimentan, con la cadencia de un metrónomo, las visitas al juzgado de alcaldes, conseguidores, tesoreros, testaferros y tal.

Conviene no olvidar que esa corrupción fue generalizada y en ella participaron gozosamente muchos de los hipócritas que hoy se rasgan fingidamente las vestiduras. Y buena parte de una ciudadanía que hoy silba como si el asunto no fuera con ellos.

Vendrán más Bárcenas y más tesoreros y más fundaciones y más choriceos y más despropósitos. No es tan difícil ser profeta.