Pop anémico donostiarra: Single – Tu perrito librepensador

Qué tonto es estar aquí, triste y solo sin ti
Perrito triste en soledad
Sólo queda ladrar

Yo quiero ir a tu lado en los aviones
Y en el tren de alta velocidad
Cogerte de la mano si te complace
Ya te echo tanto en falta si te levantas
Porque madrugas para trabajar
Yo te echo tanto en falta
Tú lo sabes

Filosofar desde el sillón es raro siendo un can
Tanto leer, quisiera ser un perro más normal

Siendo un perrito bueno se me hace eterno
El corto tiempo en el que tú no estás
Yo quiero ir a tu lado a reuniones
Ya te echo tanto en falta cuando te marchas
Cuando de noche te vas a bailar
Y sueño son tus besos
Tú lo sabes

Yo quiero ir a tu lado en los viajes de negocios
A tus planes y reuniones con los jefes
Y no dejar que el protocolo nos separe en las comidas
Aunque sean elegantes, distinguidas

Quiero amarrar mi pata quebrada a tu pata
Que también ha de querer estar quebrada
No permitir que asuntos tontos y banales
Me impidan decir, a cada momento
Me impidan decir, porque es lo que siento
Cuánto te echo de menos

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Sólo miente / Miente solo

Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir «en su propio mundo», un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.

De ello se sigue que la verdad y nuestra preocupación por ella nos conciernen de un modo que no sólo tiene que ver con nuestros intereses prácticos y cotidianos, sino que al propio tiempo poseen un significado más profundo y perjudicial. Una de las poetisas contemporáneas cuya lectura resulta más gratificante, Adrienne Rich, nos ofrece una descripción de los efectos perversos que, inevitablemente, conlleva la mentira (además de su pernicioso efecto sobre la persona a la que se miente) para el propio mentiroso. Con poética exactitud, Rich nos dice que «el mentiroso lleva una existencia de indescriptible soledad» (“Women and Honor: Some Notes on Lying», en Adrienne Rich, Lies, Secrets, and Silence, Nueva York, 1979, pág. 191).* La soledad es precisamente indescriptible porque el mentiroso ni siquiera puede revelar que está solo –que no hay nadie en su mundo inventado– sin descubrir, al hacerla, que ha mentido. Oculta sus propios pensamientos, aparentando creer lo que no cree, y de ese modo hace que a las demás personas les resulte imposible establecer una relación plena con él. No pueden responderle tal como es en realidad. Ni siquiera pueden ser conscientes de que no lo hacen.

El mentiroso, puesto que miente, no quiere permitirse que le conozcan. Esto es un insulto a sus víctimas, un insulto a su orgullo. Por ello les veda el acceso a una forma elemental de intimidad humana que normalmente se da más o menos por supuesta: la intimidad que consiste en saber qué sucede, o qué hay, en la mente de otra persona.

Harry G. Frankfurt. Sobre la verdad

¿Era necesario haberlo escrito?

Es curioso cómo algunas de las películas que más me han afectado sean del género ciencia-ficción. Pienso en La invasión de los ladrones de cuerpos, Ultimátum a la Tierra, Planeta prohibido, Fahrenheit 451, Cuando el destino nos alcance (Soilent Green), Godzilla, El planeta de los simios, La fuga de Logan, 2001, una odisea del espacio, La Cosa (El enigma de otro mundo), Alien, el octavo pasajero, Solaris, Blade Runner, Moon… Pienso en ellas, y en muchas otras más, y me doy cuenta por primera vez (tiendo a no pensar) que muchas comparten el discurso milenarista y apocalíptico que es una de las líneas troncales de nuestra cultura occidental: venimos (o vivimos) en un paraíso y nuestro destino es el infierno o la destrucción. Es el mismo esquema, por cierto, que el de los documentales de naturaleza, en donde hermosos animales que viven en un paraíso feliz, devorándose los unos a los otros, se dirigen hacia la extinción por culpa de la invasión alienígena (antinatural) de unos extraños seres depredadores y crueles que somos nosotros. Snif.

fahrenheit451Me centro. Una de esas sociedades distópicas de la ciencia-ficción que más me afectó fue la reflejada en Fahrenheit 451, la película que realizó François Truffaut sobre la novela de Ray Bradbury, y que ví primero en un cineclub y luego, creo, en La 2 de TVE. Dudo mucho de que hoy pudiera volver a ver el film sin sentir un poco de vergüenza ajena. Creaba mucha inquietud aquella sociedad en la que estaba prohibido leer y los bomberos se dedicaban a quemar libros para que las personas no pensaran y no se cuestionaran ni su existencia ni la justicia de la sociedad en que vivían. Los rebeldes aprendían un libro completo de memoria y lo transmitían a otros, de manera que el libro quedaba preservado. (Qué ingenuo Bradbury; probablemente no conocía los efectos «creativos» de la tradición oral). Allí estaban El Quijote, la Biblia, Dante, Shakespeare, Montaigne… ¡Cuanto amor a los libros! ¡Qué desinteresada entrega a las ideas de sus autores!

Claro que en aquella utopía alternativa ningún hombre-libro se había aprendido Mein Kampf, por poner un ejemplo exagerado. Dudo mucho —y que me corrija alguien con más memoria o más paciencia para buscar— que entre los hombres-libro estuviera el Leviatán de Hobbes o… no sé, El Origen de las especies de Darwin o La economía en una lección de Hazlitt. Es decir, que aquella sociedad de hombres libres, digo libros, también había realizado su propia quema, no por más sutil menos perversa. Pero no quiero ponerme estupendo, así que hasta aquí llega el discurso, ejem, político.

La moraleja es que quemar libros, queridos niños, tampoco debe ser un tabú para vosotros. Todos los años las editoriales destruyen miles de ejemplares que han sido incapaces de vender y que resulta muy caro almacenar. Los libros, como los CD, sólo son un soporte. Es lógico que en una sociedad medieval, en donde muy poca gente sabía leer, cada libro fuera un tesoro, pero en un mundo superpoblado en donde se editan centenares de miles al año no todo libro es una ventana que se abre hacia la sensibilidad o la sabiduría. Y recordad que aunque la palabra escrita no es el mejor soporte para propagar la estupidez o la maldad, es el más barato.

Relato de una conversión, por Satur

Gusto de andar escotero, ya sea por las corredoiras de mi aldea camino del pueblo donde trabajo como contable en una funeraria, ya sea por las calles de Nit Yord o Ciudad Rodrigo, sitios que nunca he pisado salvo con los pieses de mi imaginación. Mi amigo Bremanel me dijo que Pedro Antonio buscaba nuevos talentos para que escribieran en su blot. Podía escribir algún texto relacionado con los libros, la política, los viajes o cualesquisieren experiencias autobiográficas que me pasaran a mí en consunción consuetudinaria con la cronología propia. De ahí que os cuente que cierto día, jaleado por los vientos, decidiera visitar alguna tierra ignota y exótica a la que me dirigí sin pensarlo tomando el autogús. «Uno para Madrid», le dije a la señorita de pelo rubio y crespo, labios como almohadas y senos punzantes que expedía los billetes. «Cómo está la Chakira, ¿eh?», me dijo mi primo Efrén, que vino a despedirme y es un tanto primario.

Como hacía siete años que no pasaba de Lugo disfruté enormemente del viaje. Como decía una Muno:

«Recórrense a las veces leguas y más leguas desiertas, sin divisar apenas más que la llanura inacabable donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo, alguna procesión monótona y grave de pardas encinas, de verde severo y perenne, que pasan lentamente espaciadas, o de tristes pinos que levantan sus cabezas uniformes. De cuando en cuando, a la orilla de algún pobre regato medio seco o de un río claro, unos pocos álamos, que en la soledad infinita adquieren vida intensa y profunda. De ordinario anuncian estos álamos al hombre: hay por allí algún pueblo, tendido en la llanura al sol, tostado por éste y curtido por el hielo, de adobes muy a menudo, dibujando en el azul del cielo la silueta de su campanario».

Y así, a la orilla de un pobre regato medio seco llamado Manzanares, llegué a Madrid, donde no se dibujaba la silueta de ningún campanario, sino la de cuatro torres muy altas que han dejado el Pirulí hecho una birria.

Ni corto ni perezoso tomé un tasis. Era la primera vez que tomaba un tasis y decidí disfrutar de la experiencia, aunque fue un tanto penosa. El tasista ni escuchaba la COPE, ni se metió con Zapatero o los comunistas, ni echó pestes del Barsa. Eso sí, me preguntó que por dónde quería que fuera al hotel. Yo le respondí que si no lo sabía él menos lo iba a saber yo. No se lo tomó muy bien, la verdad, y aunque no lanzó denuestos, sí puso cara de odiarme mucho, a lo que yo respondí frunciendo el ceño, chasqueando la lengua y resoplando por las narices. No entiendo esto de los tasis. Me salió más caro que el billete de autogús. Luego miraré el trayecto en el Googlet Macks.

Ya en el hotel, decidí darme un baño relajante con espuma. Llené de agua la pica del lavabo, puse jabón, lo batí bien y vertí poco a poco la espuma resultante en la bañera. Encendí unas velas, las coloqué por el suelo y me puse música de fondo: el Wash your hands here, de los Pint Flock, el Amarcord de Mike Oddfind y esa canción de Bock Dyland que dice «not, not, nothing of headers doll, nianinooooniaaaanooooo».

Ya repuesto de las inclemencias que asolan a todo viajero, me lancé a conquistar la ciudad. Llegué a la Puerta del Sol, la del Quince Ene, subí por Montera hacia Gran Vía e hice un hallazgo extraordinario. Se acercaron a mí varias muchachas la mar de simpáticas. No me había pasado en la vida. Vestían en general vaqueros ceñidos y llevaban bolsos altisonantes. Se dirigían a mí con delicadeza, tratándome de «cariño». ¿Quiénes serían estas lindas ninfas? Sin duda vírgenes en busca del amor verdadero. Quedé enternecido. Estuve a punto de entregarme, mas una duda asaltó mi mente: ¿y si no fuera yo la persona adecuada para expandir sus horizontes vitales? No soy un príncipe azul, precisamente. Una vez incluso me masturbé pensando en mi vecina. Por no hablar de la película con dos rombos que vi cuando tenía 17 años y me quedé solo en casa mientras mis padres se fueron al entierro del tío Amós. Soy un ser sucio y condenado de por vida. Lo que en ningún caso puedo hacer es pudrirle la vida a nadie, y menos a una ingenua muchacha que se acerca a mí con la pureza de sus ojos posándose en los míos. No, definitivamente tenía que dejarlas allí. Me despedí de la más insistente recitándole una poesía de Gustavo Adolfo Beckett.

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.

La dejé sin habla.

Dediqué el resto del día al caminar melancólico. Agotado ya, me senté en una terraza para ver pasar a la gente mientras libaba mi bebida favorita, una fanta caliente. Pasaban hombres afanosos y unas chicas… ¡Qué diferencia con las otras! Éstas, no contentas con enseñar los tobillos, ¡enseñaban hasta las manzanillas del culo! Andaban como fatigadas tras una orgía anaeróbica de sudores y cinética febril. El contraste me sumió en la desesperación. Qué cosa son las ciudades, baúl de cachivaches, jaula de todo lo imaginable. Sospeché que serían esas señoritas que fuman y de las que habla mi primo Efrén. Trabajan en cluts de alterne y hacen cosas contra natura. Me sorprendió que hubiera tantas. Es tanta la algarabía centrífuga y giróvaga de la urbe.

Acabada mi fanta caliente me apresuré a tomar otra en la terraza del Café del Espejo. A mi lado tertuliaban cuatro personas. Dos hombres de franca apostura, una chica hermosa y recatada y un gañancejo que se tomó primero una horchata y luego dos cervezas. Hablaban de todo, de historia y de literatura, y dieron por terminar en el balompié. El gañancejo era del Adleti, como uno de los francos apuestos, que al saber que la hermosa era del Madrid le dijo que no se podía dar más poder al poder, y se levantó para recitar un fragmento del Quijote:

— Bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: «¡Viva quien vence!».

Aquello me dejó a cuadros. Después de haber sido del Celta, del Deportivo, de la Cultural Leonesa, del Calvo Sotelo y del Barsa pensé que iba a asentar mi hooliganismo en el Real Madrid, combinado del que soy seguidor a muerte desde hace un año más o menos. Morinyo ha sido mi guía vital, y mis generales Ronaldo, Higüalín, Pepet y Concentrado. De hecho, pensaba acudir al día siguiente al polideportivo que el combinado merengue elevó en la Castellana y que recibe el excelso nombre de Santiago Bernabé. Pero aquel gesto revolucionario me llegó al alma. ¿Era yo un vendido al poder? Sí. Había errado mi camino vitoreando al opresor, me sentía pieza de un engranaje demoledor que aniquilaba el alma de miles de súdbitos entregados sin razón a una bandera blanca. ¿Y ahora? ¿Qué era ahora? Un hombre sin credo, un desposeído, un cascarón vacío junto a una papelera. En mi celebro comenzó a sonar una música que llegaba del fondo de mis entrañas, primero tenue como la respiración de un cordero durmiente, luego cada vez más cercana, más tersa, más vibrátil, más enardecedora. ¡¡Adleeeti, Adleeeti!!

Yo me voy al Manzanares,
al estadio Vicente Calderón,
donde acuden a millares
los que gustan de un fútbol de emoción.

Y aún más, sobreponiéndose a ésta, un cántico ancilar, una nube de tradición, una tormenta intrahistórica que fogosa apagaba el eco de mis desdichas. El himno del Metropolitano:

Rey de la furia española, futre
club altivo y generoso.
Eres de España aureola
y del fútbol el coloso.
En la Liga y en la Copa
y encuentro internacional.
Eres siempre tú el primero,
eres siempre tú el primero,
por tu juego sin igual.
Atlético de Madrid
Atlético de Madrid
Yo seré tu seguidor
yo contigo hasta morir.

Sí, ya soy del Adleti. He visto en Youtoubed todos los goles de Pablo Futrel, de Camionero, la elegancia defensiva de López, la excelsitud resolutiva de Milinko Pantick. Yo ahora soy del Cebolla Rodríguez, del Chelo Simenone. Sí, yo ahora soy un indio, un adlético de toda la vida. Temblar, culets; temblar, merengues. Satur is back.

Boa como serpiente de verano (minijob)

Tras la publicación del calvo de Boadella en el blog de Arcadi Espada, he podido comprobar sus efectos en varios sitios de internet. Las discusiones se han centrado, básicamente, en definir el grado de imbecilidad del autor teatral y en denunciar su deriva política. Los más cultos han basado sus críticas en la inutilidad, cuando no en los efectos adversos, de la provocación. He leído alegatos (comedidos) sobre la libertad de expresión, algún discurso anarquista sobre la inutilidad de los símbolos, las banderas y las patrias, y alguna defensa —con cobertura científica— sobre la utilidad de los símbolos, las banderas y las patrias como factores de cohesión social. Lo que no he leído es ninguna celebración decidida del acto. ¿Volvemos a ser ‘epatables’? ¿Somos lo que parecemos, una sociedad profundamente burguesa y nacionalista? ¿Sigue sirviendo la provocación para agitar las conciencias o sólo actúa como capote? Son preguntas para las que tengo respuestas, pero me temo que demasiado correctas. Y muchas veces, la corrección no me vale.

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Regeneración

Decía hace unas semanas (¡cómo pasa el tiempo!) que en nuestra política falta el calcio de las ideas claras, los principios universales y el discurso compartido. Un esqueleto sin calcio propende al raquitismo y a la osteoporosis, y de ahí a la quiebra de la estructura portante sólo hay un suspiro.

Confieso que, en mi ingenuidad, llegué a pensar que había principios en los que todos estábamos de acuerdo: no matar, no robar, no mentir y así… para acabar dándome cuenta de que la vigencia de los preceptos coactivos confirma que matar, robar o mentir no es algo extraordinario. El cartel de «Prohibido mear en las paredes» informa de una prohibición, pero la primera noticia que ofrece es que hay gente que mea habitualmente en la pared.

Por la misma razón, la existencia de plastas que damos la chapa a los políticos no se debe ni a la afición ni a un ciclo estacional como el de la migración de la golondrina, sino más bien a la proliferación excesiva de tipos que disfrutan meando en nuestras paredes.

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Libro de la niebla
BÚSQUEDA

Del día las horas moribundas de la noche
De las ciudades la broza de los barrios
Del perro que arrastra su jirón de carne por la acera
La luz que titubea en sus pestañas
Del desconocido el viaje de tus ojos en los míos
Los labios que borraban los ángulos del cuello
Los altos muros de la cárcel
En que te encerraba y destellabas
La mano que abre las alas
Y me vacía de invierno.

Gloria Trinidad. Libro de la niebla.
Editorial Amargord

Heroico e impopular

En esta notable clase magistral daba cuenta Arcadi Espada de las características que debería tener el nuevo periodismo. No voy a resumirla para que no se priven del placer de escucharla quienes aún no lo hayan hecho. Sólo voy a fijarme en uno de los asuntos capitales, la contaminación del periodismo por la ficción.

Esta contaminación se produce por diversos motivos, algunos espurios, como que la ficción es más barata que la investigación, pero entre ellos está la «obligación del sentido», la obsesión por dar dar explicaciones cuando aún no se conoce lo que ha ocurrido. Espada lo achaca a un «amor a la consecuencia» deudor de las enseñanzas aristotélicas. El periodismo se cree obligado a que el mundo sea comprensible pese a que cualquier periodista medianamente inteligente, llegado a cierta edad, ha descubierto que «la vida no tiene sentido».

Sin embargo, que la vida carezca de sentido es tan irrelevante para el periodismo como para la arquitectura o la física nuclear. De hecho, prácticamente todos los humanos que estamos en el secreto de que la vida carece de sentido nos comportamos como si lo tuviera, para no estropear la ilusión del personal ni contribuir a propagar el caos. Los más febles se suicidan, pero es porque no tienen aficiones, digo ficciones.

La ficción, ciertamente, sirve para dar sentido al mundo. Lo confiesan indirectamente muchos escritores cuando responden que para ellos escribir es otra forma de conocimiento; es decir, que no siendo capaces de entender mediante los mecanismos de la razón (como nos ocurre, por cierto, a todos) prefieren recurrir a las ficciónes explicativas o las ilusiones poéticas que iluminen (o numinen) su desconcierto. Hay ficciones muy trabajadas, creadas colectivamente, que ofrecen marcos bien amueblados y muy confortables para apaciguar la angustia, como la religión o las ideologías. También funcionan bien sentimientos como el amor o la solidaridad. Incluso hay ritos cíclicos civiles, como la temporada de ópera, el circuito de festivales, la liga de fútbol o las movilizaciones políticas o nacionalistas, que reemplazan con cierta eficacia a los mecanismos cíclicos de las religiones para dar sentido al transcurrir de la existencia.

Los humanos somos seres narrativos, animales en el tiempo que articulamos nuestra experiencia recurriendo al relato porque somos incapaces de hacerlo (bien) de otra manera. Nuestro pensamiento tiene discurrir por la sencilla razón de que entre el inicio de esta frase y su final ha pasado el tiempo y ha cuajado una idea. Y para la mayoría de la gente, cualquier narración o explicación, cualquier discurrir temporal, conlleva una enseñanza. Incluso aunque el periodista no «explicara», el lector sacaría consecuencias y encontraría o reclamaría moralejas; no suele ser soportable que después de una parrafada como esta, el texto no sirva para nada y nadie «aprenda» algo. Es decir, aunque sé que Espada tiene razón al reclamar que el periodista se olvide del porqué para centrarse en el qué, quién, cuando y cómo, creo que su pretensión es una tarea heroica e impopular. El lector no quiere tener que construir su relato ni hacerse sus propias ideas; paga por su periódico (cuando paga) y lo que quiere son respuestas, no preguntas: quiere saber quienes son los malos y crucificarlos. Por eso triunfan los cotillas, los cuentistas y los chivatos. El periodismo ordena el caos. Narrativamente.

Nubes

A veces sufro ataques agudos de pesimismo. La población mundial ha superado los 7.000 millones de personas y todo hace suponer que en los próximos años seguirá creciendo. Confío en que se producirá un desarrollo más o menos sostenible, aunque conflictivo. La clonación, los cultivos transgénicos o la utilización de células madre para la producción masiva de proteínas animales acabará con el hambre, se descubrirán nuevos métodos de producir energía barata y casi infinita, y los progresos médicos anuncian un futuro en el que las enfermedades estarán aún más controladas. La permeabilidad social seguirá aumentando gracias al acceso a la educación y, en general, las sociedades humanas serán cada vez más longevas y cultas. La política seguirá siendo como es, conflictiva, pero funcionará. El acceso al conocimiento será inmediato y cualquier turista en pantalón corto podrá dar lecciones, en la montaña palentina, sobre la evolución de la iconografía erótica en canecillos y ménsulas del románico primitivo y luego, en la taberna del pueblo, hacer análisis comparado de la composición del chorizo en las dos Mesetas. Los conflictos locales estarán controlados y las potencias mundiales se limitarán a mantener bajo control a las turbas en los países conflictivos. Millones y millones de personas poblarán la tierra, se bañarán en las playas, caminarán por las avenidas y verán las noticias; cada una de ellas tendrá una idea elaborada del mundo, un proyecto personal, sueños, aficiones y miles de ideas y palabras girando en su cerebro.

Creo y confío en que ocurrirá así y sin embargo no dejo de sentir cierta angustia por mi irrelevancia en esta marea humana. Algo que no sé que es me empuja a intentar sacar la cabeza por encima de una muchedumbre en donde todos intentan sacar la cabeza. Veo a millones haciendo lo mismo y siento un profundo malestar en el pecho que me atrevería a identificar con un ataque de pánico si alguna vez hubiera sufrido un ataque de pánico. Estas nubes de agosto amenazan lluvia. Sobre la mesa de la terraza, el periódico abierto muestra una columna de Salvador Sostrés ensalzando el amor de la familia cristiana. Tengo frío.

Poco graves

Paseando ayer por la costa francesa damos en coincidir en que las voces de los varones franceses son, por lo general, más graves que las de los españoles. Aventuro la hipótesis —improvisada en ese mismo momento— de que a medida que descendemos hacia el sur las voces varoniles se vuelven más livianas; hay un norte escocés y normando y un sur arábigo-andaluz. Bajarse al moro es entrar en un territorio de voces poco profundas, de sonidos que nacen en la flor de la garganta. Hasta que llegan los hombres de la costa de Senegal, cuyas palabras parecen brotar del fondo de una cueva, y el orden se restablece.

Mi hipótesis es tan poco convincente que no me la creo ni yo, pero no apetece empezar a especular con la lingüística; sería poco edificante ver a dos filólogos pasear entre los bañistas hablando de lenguas que velarizan la k o nasalizan las vocales. Pero en lo que coincidimos ambos es en donde se produce uno de los picos máximos del languidecimiento vocal: Brasil.

Y sin embargo, cómo galopaba Roberto Carlos por la banda.

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Apunta Arcadi Espada a un artículo de Cristian Campos en donde leo de nuevo el lamento milonguero de que lo que hacen las revistas del corazón o Jordi González no es periodismo. Periodismo es, al parecer, ese oficio legendario que no parece practicar nadie y del que se da cuenta en las películas de Wilder y en los artículos que alaban el periodismo. Yo fui cegado por ese mito y recuerdo que uno de mis profesores iniciaba todas sus clases con una frase augusta, «Bienvenidos al mejor oficio del mundo», que me dejaba siempre preocupado. Se me hacía raro que me diera la bienvenida entusiasta al periodismo alguien que lo había abandonado hace décadas por el funcionariado; tardé algún tiempo en darme cuenta de que le traicionaba el subconsciente y que el mejor oficio del mundo era, de largo, el de profesor universitario en una facultad de periodismo tan poco ejemplar como la de la Universidad del País Vasco.

Así que me temo que no, que periodismo es más bien lo que definía a Enriqueta La Pisa-Bien en Luces de Bohemia, «una mozuela golfa, revenida de un ojo, periodista y florista», es decir, una vendedora de periódicos, o de noticias, o de chismes (en el doble sentido de la palabra). No digo que no sea más bonita la leyenda que la realidad, pero en las Facultades de periodismo te alaban lo legendario (Bernstein y Woodward, Kapuscinski) y luego te enseñan contraperiodismo, que es lo que hay que aprender para ser jefe de prensa de un político, de una agencia o de una empresa; es decir, a ocultar la verdad ofreciendo información.

No digo yo que no sea más bonito pensar que periodistas, lo que se dice periodistas, hay más bien pocos. Pero entonces convendría dar nombre a toda esa legión de transmisores de noticias que vive de dar cuenta de las ruedas de prensa, de aventar chismes, de aflorar las líos de bragas y braguetas, o de perseguir las evoluciones del esférico. Que pagaron sus matrículas y obtuvieron su título. Y se lo dieron licenciados y doctores que se decían periodistas.

Vestidos tradicionales

JuaristiComo la política de identidades se dirige frontalmente contra el Estado y el principio de isonomía, niega la identidad nacional como sustento de derechos y reclama, en lugar de ello, los supuestos derechos de las identidades étnicas; es decir, de grupos definidos por rasgos accesorios desde el punto de vista de la identidad política, como la lengua o la religión. Las reclamaciones de este tipo son esgrimidas no tanto por su significado literal o intrínseco (esto es, por la conveniencia o necesidad de cultivar una lengua determinada privada de reconocimiento oficial, de salvar unas expresiones culturales amenazadas o de garantizar la libertad de culto) como por su eficacia en cuanto factores de deslegitimación del Estado. Así se da frecuentemente la paradoja de líderes o fundadores de movimientos nacionalistas que nunca han hablado la lengua que dicen defender, ni han participado de la cultura o etnocultura de la que se sienten o dicen sentirse herederos, ni practican la religión que afirman profesar. Las identidades etno-nacionalistas no se basan en la posesión de unos rasgos objetivos, sino en el rechazo de la identidad política promovido por la nación-estado. Muchos de los que se dicen nacionalistas no habrían sido admitidos en el seno de las comunidades que vindican. Es más, la condición de posibilidad de su nacionalismo deriva del hecho de que tales comunidades alternativas a la nación ya no existen. Una comunidad nacionalista no es una comunidad tradicional, sino un sector de la población movilizado contra el Estado. Su identidad se extrae de la movilización misma y, y no de realidad alguna preexistente de carácter etnocultural, lingüístico o religioso. En otras palabras, un nacionalista del Antiguo Régimen, es decir, un nacionalista de la época romántica, que buscaba crear un Estado nacional contra un Imperio o una monarquía absoluta, y que era por lo general un intelectual de extracción urbana, podía reivindicar activamente los rasgos objetivos definitorios de la identidad subalterna que quería convertir en eje de su proyecto de emancipación nacional, sin perder por ello su credibilidad. Podía, por ejemplo, cambiar su traje burgués por la vestimenta tradicional de los campesinos, porque en aquella época los campesinos no solían ser nacionalistas, pero vestían prendas tradicionales distintas de las que llevaban los burgueses. Podían escribir gramáticas y componer diccionarios para normalizar los idiomas vernáculos o publicar recopilaciones de cuentos y canciones populares sin caer en el descrédito, porque los campesinos hablaban aún vernáculos no normalizados y cantaban las canciones que habían aprendido de sus abuelos analfabetos. La situación de estos nacionalistas decimonónicos era, salvando las distancias, semejante a la de aquellos burgueses revolucionarios de comienzos del pasado siglo que se desclasaban, adoptando el modo de vida de los proletarios cuando aún había proletarios.

JON JUARISTI. Espaciosa y triste. Ensayos sobre España. Espasa 2013.
En Casa del Libro.

El fragmento corresponde al ensayo titulado Identidad política y política de identidades que pueden leer completo en esta versión previa publicada en Letras Libres.