Feliz e indocumentado

En 1973 Gabriel García Márquez publicó un libro de crónicas y reportajes cuyo título, «Cuando era feliz e indocumentado» resume el estado al que siempre aspiré en mi juventud. (Bueno, también deseaba ser invisible, pero tampoco hay que forzar).

Ser indocumentado suponía no tener nombre y poder vagar libremente por el mundo sin obligaciones y sin objetivos, sólo por el placer de explorar y de conocer gentes. Facilitaba mucho este anhelo de huída y exploración vivir en un país antipático y gris, dado a la exaltación nacional, al folklorismo agilipollante y a la inclinación al crimen (o sea, como ahora pero con más curas y militares), aunque también ayudaron las lecturas de Stevenson y Jack London o las canciones de Dylan y Neil Young.

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Toc toc

leon

Aunque retorciendo a mi favor la interpretación de la frase de Rilke de que la verdadera patria del hombre es la infancia, no veo la necesidad de irme a vivir a ella. Y mucho menos de disfrutar de la banderita, el himno o las fábulas y fantasías de otro niño.

Se equivocaba Baroja al afirmar que el nacionalismo se cura viajando: se cura madurando.

Lo que ocurre es que tampoco maduran igual un melocotón y un coco.

¡Muuuuuuuuu!

Ayer descubrí atónito que, prácticamente sobre la vertical de mi casa, atraviesa una autopista aérea. Ya ha transcurrido bastante tiempo desde que paso aquí parte de la semana, pero era la primer vez en la que coincidían —estando yo presente— varios fenómenos atmosféricos: un viento sur suave pero persistente que impedía la llegada de la bruma del mar, un cielo de una limpieza extraordinaria, una temperatura agradable que invitaba a sentarse en la terraza y una luna que aún tardaría algunas horas en aparecer. Eran las nueve de la noche y en el cielo, más negro aún que mi alma, destacaba el brillo extraordinario de Saturno, que minutos después desaparecería por el horizonte. En apenas unos minutos de observación pude ver el pulsar de las luces de posición de una decena de aviones volando hacia el norte. Sólo uno parecía ir mucho más bajo, quizá aproximándose a su destino.

Dsc_0021_ssVolvió a invadirme esa sensación de estupor ante la rapidez del mundo y el movimiento de los humanos en distintas direcciones que experimento en los aeropuertos, en las estaciones de tren y de metro, en las paradas de autobuses, en los ferrys, y volví a sentir el vértigo de sentirme minúsculo, recambiable e innecesario. Debe ser esto a lo que llaman tener una experiencia espiritual. En el silencio de la noche fui consciente de que, para un observador externo, no sería muy distinto a una vaca viendo pasar los trenes, así que apuré la cerveza, entré dentro y tomé el mando del televisor para volver a sentirme dueño de mi destino.

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La inquietante idea de que cada cierto tiempo la mayor parte de nuestras células, incluidas las cerebrales, se regeneran, lleva a muchos entusiastas a afirmar que no somos la misma persona que fuimos. Nada me gustaría más que dejar de ser el capullo que fui a los veinte años pero, a pesar de mis esfuerzos, el sustrato central de mi personalidad subyace incólume bajo diversas capas de barniz. Afortunadamente, sigo estrictamente desde hace años un precepto de acero, «jamás te conozcas a ti mismo», que me mantiene a distancia de mi yo automático y me permite adoptar las formas y costumbres de las personas más inteligentes, sensibles y aseadas.

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La algarabía humana que se forma alrededor del Festival de cine de San Sebastián permite apreciar a la variada fauna del género artístico que pulula por la ciudad. Llaman siempre la atención esas viejas estrellas empeñadas en parecer ser las que eran hace cuarenta años, vistiendo ese estilo que fue tan moderno. Pero entre esa indirecta reivindicación de las nieves de antaño no esperaba ver a un correoso punk de más de sesenta años llevando con distinción —es decir, con elegante indiferencia y sin ostentación— chupa de cuero negra, botas militares, pantalón pitillo y una ya atemperada cresta.

Las tinieblas del corazón

Una tarde, mediada la pasada primavera,  paseando por un bonito pueblo marítimo me encontré con un antiguo conocido, y nos sentamos a conversar en la terraza que le propuse. Se trataba de uno de los chiringuitos que la Ley de Costas ha perdonado, y que permite estar sentado a pocos metros de la orilla, sobre la playa, observando una bahía que Josep Pla describió tan bien que no le voy a intentar emular.

FrmHolmssEl local en cuestión había tenido la feliz idea de cubrir un hueco en la oferta local, y saben tirar una caña de cerveza, sirviéndola con la espuma y temperatura adecuadas. Eso les diferencia del resto de bares, donde sirven bajo la misma denominación sin ningún escrúpulo unos líquidos amarillos alcohólicos y carbonatados.

No se movía apenas el aire, la temperatura era suave, todavía no había empezado la temporada turística y apenas un par de mesas estaban ocupadas, guardando unas distancias que permitían la conversación privada y compatible con los pocos sonidos que llegaban: pájaros en sus tareas, mínimo oleaje. Los colores del mar y del cielo en el horizonte, la luz que descendía, todo evocaba una estado de calma infrecuente.

Mi amigo me preguntó por mis planes, y le expliqué mi proyecto de andar unos días y acabar la ruta jacobea. Entonces me habló de sus experiencias, ya que él también había recorrido en su día los kilómetros entre Roncesvalles y Santiago.

Evocamos algunos lugares comunes, como el que dice que se trata de un viaje de 700 Km al interior de uno mismo. Yo bromeaba, más en serio que en broma, que mi interior debe ser un negro abismo ya que había necesitado trocear el viaje en varios años para asomarme a él.

Revisamos las ocasiones que se dan de conocer personas interesantes, y los momentos de cercanía que a veces se producen.

Él habló de los días en que tuvo esa sensación, días en los que anduvo con un grupo formado por una joven danesa, un director de escuela holandés, un inglés prejubilado, al que se unían a veces otros integrantes:

«Con ellos establecí relación gracias a una tortilla de patatas que preparé en el albergue y que resultó en una fiesta. En muy poco tiempo intimamos, y conocí las motivaciones reales de una preciosa joven que me recordaba a Scarlett Johansson en La joven de la perla, de un profesional abordando un alto en su etapa laboral, de un inglés con católicas raíces irlandesas que gestionaba como podía esa contradicción.

La tarde siguiente estábamos conversando y bebiendo animadamente, cuando percibí una mirada hostil del holandés hacia un grupo de ruidosos, veteranos y alegres bávaros con el que no se relacionaba casi nadie, ya que no hablaban más que alemán.

Inquirí sobre esa mirada, y con la ayuda de la atmósfera de confianza que se crea en ese entorno único, supe por él mismo que esa animadversión era antigua como su vida, y que provenía de los días en que Alemania había ocupado su país. Refirió que un día unos soldados habían entrado en la casa familiar y uno de ellos había apuntado con su arma a la cabeza de su padre durante unos segundos que le habían arruinado para siempre la vida de una forma tan intensa que el hijo lo había percibido desde que tenía conciencia, manteniendo un sentimiento de odio al alemán compatible con una vida ordenada y civilizada como es la propia de Holanda.

Cabizbajos, danesa e inglés asentían en silencio.

La mirada y la historia me recordaron un apunte de los diarios de Jünger sobre el odio de una estanquera en el París ocupado, y me pareció que contrastaba con mi experiencia debido a la historia que me habían referido en mi casa sobre los días de la guerra civil, y me dispuse a explicarla:

—Mi abuelo era militar —sostuve un breve silencio, fui consciente de que pocas veces en mi vida había pronunciado esas palabras.

—Mi abuelo era militar. Creo que hubiera querido ser director de orquesta, pero no tuvo opción, e ingresó por mandato familiar en la Academia de Caballería, fue destinado a Marruecos y finalmente a mi ciudad, de donde era natural su mujer.

El día del alzamiento o golpe militar de Franco, él era capitán y quedó al mando del retén que permaneció en su cuartel, si bien nominalmente había un comandante por encima de él, un hombre que estaba borracho todas las horas del día y no ejercía su cargo.

El resto de la guarnición salió a las calles, a tomar la población. Ninguno sobrevivió a los combates de aquel día, que se saldaron con el fracaso de la asonada.

Mi abuelo fue encarcelado y se le formó un tribunal popular por rebelión militar: la acusación solicitó la pena de muerte.

En una longitud de onda distinta transcurre la vida de las mujeres. Mi abuela, con seis hijos a su cargo, los distribuyó entre familiares y amigos, encargó tareas de coordinación a mi madre, que tenía 13 años, y se dedicó a movilizar la defensa de mi abuelo.

Un par de años antes había tenido lugar una rebelión de sindicalistas agrarios que había terminado en un consejo de guerra. Por lo visto mi abuelo había actuado de oficio como defensor de los acusados, y había puesto cierto empeño en su tarea, el suficiente para que salieran mejor librados de lo previsto del trato con la justicia militar, y para que su mujer acudiera a aquellas personas – o a sus esposas – que a la sazón estaban ya en el bando gobernante, a solicitarles su auxilio.

Tuvo éxito, y esas personas, agradecidas o simplemente conmovidas por la angustia ajena, consiguieron influir para rebajar la petición de pena de muerte a prisión. De esta forma mi abuelo salvó la vida, pasó los años de guerra en la cárcel y sólo tuvo que cuidar una úlcera que casi le llevó a la tumba, así como superar la depuración a que le sometieron después los vencedores (“Un militar, ¿y ha salvado la vida en zona roja? Entonces igual no es de los nuestros…”).

Más cruel fue la suerte del comandante, a quien ajusticiaron a pesar de su alcoholismo y aduciendo su superior posición jerárquica.

De esta forma creo que tejieron las mujeres sobre los descosidos que habían hecho los hombres en aquellos años —terminé.

Permanecimos todos callados unos momentos, y recuerdo haber pensado que tal vez un español estaba dictando una lección de reconciliación a un grupo de europeos. Era 2003, y un año después me di cuenta de que una guerra civil exige muchas más generaciones para su sutura».

Al acabar su relato, mi amigo entró de nuevo en uno de sus quietos silencios y yo reparé en que también la tarde ya estaba cayendo silenciosa, tranquilamente. Algunas luces del otro extremo de la bahía empezaban a reflejarse en el mar plano.

Pensé en su historia y en la de sus abuelos, en la experiencia de reconciliación que para él significaba, y me pregunté con una cierta aprensión si sería la misma vivencia que tendrían los hijos y nietos de aquellos sindicalistas, con quien mi amigo tal vez podría contactar con cierta facilidad para contrastarlas: no sé si conviene nadar en las aguas de ciertos estanques, que en seguida se enturbian, o es mejor zambullirse en límpidas aguas como las de aquella playa. Pero esa es otra guerra.

Cortesía de Holmesss

La letrina ibėrica

imageUna experiencia esencial en la guerra es la imposibilidad de librarse en ningún momento de los malos olores de origen humano. Hablar de las letrinas es un lugar común de la literatura bélica, y yo no las mencionaría si no fuera porque las de nuestro cuartel contribuyeron a desinflar el globo de mis fantasías sobre la guerra civil española. La letrina ibérica en la que hay que acuclillarse ya es suficientemente mala en el mejor de los casos, pero las del cuartel estaban hechas con una piedra pulimentada tan resbaladiza que costaba lo suyo no caerse. Además, siempre estaban obstruidas.

En la actualidad recuerdo muchísimos otros pormenores repugnantes, pero creo que fueron aquellas letrinas las que me hicieron pensar por primera vez en una idea sobre la que volvería a menudo: «somos soldados de un ejército revolucionario que va a defender la democracia del fascismo, a librar una guerra por algo concreto, y sin embargo, los detalles de nuestra vida son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en una cárcel, y no digamos en un ejército burgués». Ulteriores experiencias confirmaron esta impresión; por ejemplo, el aburrimiento, el hambre canina de la vida en las trincheras, las vergonzosas intrigas por hacerse con las sobras del rancho, las mezquinas y fastidiosas peleas en las que se enzarzaban hombres muertos de sueño.

El carácter de la guerra en la que se combate afecta muy poco al horror esencial de la vida militar (todo el que haya sido soldado sabrá qué entiendo por el horror esencial de la vida militar). Por ejemplo, la disciplina es idéntica, en última instancia, en todos los ejércitos. Las órdenes se tienen que obedecer y cumplir con castigos si es preciso, y las relaciones entre mandos y tropa han de ser relaciones entre superiores e inferiores. La imagen de la guerra que se presenta en libros como Sin novedad en el frente es auténtica en lo fundamental. Las balas duelen, los cadáveres apestan, los hombres expuestos al fuego enemigo suelen estar tan asustados que se mojan los pantalones.

George Orwell. Recuerdos de la guerra de España. Debate

Carta de la señorita direstora

A ver. La vida está llena de esfuerzos melancólicos que no me motivan. Uno de ellos es perseguirles a ustedes para que traten con respeto a las personas de las que aquí se habla o se traten con respeto entre ustedes o no se ofendan o no utilicen la página para acosar a terceros ni para acosarme a mi. Me hubiera gustado que esto fuera como la tertulia de Madame de Pompadour, pero esto es lo que hay, o sea, nosotros. Y nosotros, salvo excepciones, somos una banda de cabrones, dicho sea con todos los respetos.

Este blog no se abrió para incrementar mi prestigio (aunque tampoco para destruirlo) sino —recuérdenlo— para que los compadres y comadres que se habían ido tratando en el blog de Arcadi Espada, en los sucesivos refugios arcadianos y en el blog de Manuel Jabois, pudieran seguir teniendo un lugar en donde intercambiar impresiones, poner enlaces a sus obras completas o subirse a un púlpito a desgañitarse. Quizá lo más sano sería que fueran ustedes desenganchándose, encontraran un refugio más acogedor o salieran a pasear a la familia a un centro comercial (doy por supuesto que ninguno de ustedes —salvo quizá el Marqués— tiene un velero) porque lo cierto es que, al contrario de otros ilustres visitantes y vecinos, carezco de la vocación y gracia de los diaristas para entretenerles. Y tampoco tengo ganas de andar persiguiéndoles para que me cuenten por qué se van, por qué se quedan, si L se lo monta con B o si J le pone los cuernos a O. El perifollo sentimental me aturde y no puedo pasar el tiempo pensando si el comentario de tal habrá ofendido a cual y si debo borrarlo o ponerlo en cuarentena (Robby, por otra parte, sabe mucho de informática, pero tiene aún menos criterio que una lata de sardinas para las relaciones humanas). Así que autogestiónense un poco o dense cera como de costumbre, pero no me obliguen a estar todo el día pendiente del telefonino, se lo ruego.

Y a los perdidos, que haya suerte y la vida les sonría. Solo espero que sea cierta la leyenda de que a la salida de este laberinto hay una isla esperándoles.

Abrazos, corazones.

¿Para qué viajamos?

DSCN0770 - Mont Saint-Michel-001Hace unos años, en una de las decisiones más estúpidas de mi vida (y han sido miles) decidí no volver a viajar con cámara de fotos. Pasé a ser uno de esos turistas sin mapa, sin botellín de agua y sin cámara que se confunden con la población local. Es cierto que aumenta ligeramente la comodidad y que los nativos intentan entablar conversación, pero el precio es muy alto: la información no se queda fijada en el cerebro. Por culpa de esa decisión he olvidado o confundido varios viajes importantes, ya no puedo rememorar las caras de las personas y supongo que se han perdido para siempre imágenes y conversaciones. Algo parecido a lo ocurrido con la memoria de mi juventud, de donde se han borrado rostros y personas, algunas muy amadas, a quienes no he vuelto a ver.

¿Para qué viajar? La respuesta es demasiado obvia: para estar en otro sitio. O quizá, mejor: para estar en otro momento. El viaje produce el efecto de situarnos en un espacio intemporal que relaja las preocupaciones, quita importancia a las noticias y pone en su lugar nuestro papel en el mundo: irrelevante.DSCN0628 - Carnac-001

Pero tengo una respuesta mejor. Viajamos para almacenar recuerdos y emociones, como esos replicantes de Blade Runner, que se hacían con fotografías de un pasado falso para tener soporte de sus recuerdos implantados y poder fingir sentimientos. Por eso es tan apropiado que las basurillas turísticas que adquirimos en nuestros viajes se llamen así precisamente, recuerdos. Creo que fue Hume quien dijo que nuestra percepción consiste en una serie de recuerdos inconexos unidos por la imaginación; probablemente eso es una vida.

Casi con toda seguridad acabaré olvidando que me confundí de manguera al llenar el depósito del coche, que casi salto en bolas a la calle por una alarma de incendios en medio de la noche o que nos perdimos en un bosque para toparnos con media docena de guiones de codorniz bebiendo en una fuente. Pero jamás olvidaré los dólmenes de Carnac o a los amantes de Saint Michel.

Adiós, maestro

blancoMe entero ahora mismo de la muerte de Carlos Blanco Aguinaga, mi viejo profesor de Literatura Española. Era un gran tipo, extraordinariamente afectuoso, amable y seductor. Volvía locas a muchas de mis compañeras de clase con aquel acento dulce y delicadamente mejicano. Llegó en 1980 a la Facultad de Filosofía y Letras de Vitoria como profesor emérito invitado por Koldo Mitxelena y enseguida montó un Taller de Literatura por donde fueron goteando muchos de los espíritus libres e izquierdistas del momento (Jon Juaristi, Antonio Duplá, los faulknerianos Ibon Sarasola e Inés Pagola, y algunos estudiantes vagamente despistados y gafotas que contrastaban violentamente con la avasalladora y brillante Itziar Laka).

Blanco Aguinaga había salido exiliado hacia México en 1936, con diez años, justo al empezar la Guerra Civil, y en aquel año de 1980 traía consigo parte de la mitología que buscábamos saciar los curiosos: el prestigio del exilio, su conocimiento de las revueltas universitarias de California, su militancia comunista en el país del macarthismo, su amor por el cine y la novela negra, o aquellos pantalones vaqueros que le distinguían del resto del profesorado universitario.

Acababa de escribir, junto a Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala su Historia social de la Literatura española, una interpretación materialista de la creación literaria que por entonces resultaba refrescante. Quienes no sentíamos gran simpatía por los galimatías de la lingüística aprendimos gracias a este libro los rudimentos de la crítica socio-literaria, que consiste básicamente en dibujar una estampa socio-económica del siglo para luego ajustar cuentas ideológicas con el autor; lo del placer de la lectura es secundario. ¡Los momentos de gloria que me ofreció esta técnica para mis trabajos y exámenes de literatura!

También despertó en mí la afición por la novela negra (él escribió Ojos de papel volando, y nos trató de convencer de que era imposible escribir novela negra creíble en España) y me dio a conocer al gran Philip Roth. Pero lo que más le agradezco fue la experiencia exótica de participar en su taller clandestino e itinerante de comunismo, que iniciamos (y no terminamos) con la lectura comentada del Manifiesto. Allí me junté con una célula vizcaíno-alavesa de la Liga Comunista Revolucionaria, buenos chicos y serias chicas, que me introdujeron en la lectura de Herbert Marcuse. Podrá parecer una experiencia paranormal, pero en un entorno en donde campaban a sus anchas los patriotas vascos, era lo más exótico que se podía encontrar. En todo caso, creo que las lecturas de Marcuse y mi tendencia a leer todo lo que me señalaban como burgués o criptocapitalista influyeron decisivamente en mi huida al galope del comunismo.

En aquellos años, el comunismo vasco andaba a la greña y a Carlos le oí refunfuñar, aunque sin demasiada convicción, contra la prevista fusión con Euskadiko Ezkerra. Mario Onaindía andaba entonces por la Facultad como estudiante de Filología Inglesa tras salir de la cárcel y me temo que ya había seducido con su brillantez a Juaristi y acabó convenciendo a Blanco que, por otra parte, tampoco se enteraba demasiado de los líos vascos.

También protestaba porque Juaristi nos hubiera abducido con el romancero tradicional, que él consideraba el remanente de una concepción señorial y feudal opuesta a la literatura protestona de la lírica, aunque parecieron abrírsele los ojos tras una conferencia de Diego Catalán Menéndez-Pidal.

Como profesor, Blanco sólo me dio clases un par de años, en los cursos superiores, y aún recuerdo como experiencia chiripitifláutica su idea de someter a votación entre los alumnos el inabarcable programa del curso, para intercambiar amplitud por profundidad: todos mis compañeros votaron por prescindir del teatro y la poesía para centrarse en la novela.

Todos sus alumnos evocamos sus clases con simpatía porque instaba a participar y porque sabía reconducir suavemente los debates a su terreno sin que nadie se sintiera ofendido ni menospreciado. A mí solía torearme cada vez que me ponía punkie, lo que me ocurría con cierta frecuencia, como aquella vez que al abordar la llamada “literatura femenina” (creo recordar que acababamos de leer “Tiempo de cerezas” de Monserrat Roig) la definí como un subgénero literario por su temática, protagonistas, propensión a la lírica floral y así. Me dio un par de pases de muleta, me desactivó con un chiste y consiguió que las chicas no me lincharan.

La última vez que le vi fue en Bilbao, hace ya muchos años, en una espléndida conferencia sobre Unamuno tras la que se empeñó en hacerme entrar en la Sociedad Bilbaina, para que conociera el templo de la burguesía local por dentro. Me presentó por mi nombre y apellido y algunos creyeron entender que era su hijo. Después, rechazó la invitación a cenar y nos fuimos, junto a Jon y otros amigos, a tomar un café a La Granja. Recuerdo de lo que hablamos entonces y de lo que nos reímos.

Descansa en paz, maestro.

Con auténtico sabor a nada

Es difícil exagerar el profundo entusiasmo intelectual de la genética posterior a Watson y Crick. Lo que ha ocurrido es que la genética se ha transformado en una rama de la Tecnología de la Información. El código genético es realmente digital, en el preciso sentido en que lo son los códigos informáticos. No se trata de una vaga analogía, es la verdad literal. Más aún, a diferencia de los códigos informáticos, el código genético es universal. Los ordenadores modernos se construyen utilizando un sinnúmero de lenguajes mutuamente incompatibles, que están determinados por sus procesadores. El código genético, en cambio, con unas pocas excepciones de menor importancia, es idéntico en todas las criaturas vivientes de este planeta, desde las bacterias del azufre hasta los árboles más altos, desde los hongos hasta los seres humanos. Todas las criaturas vivientes, de este planeta al menos, tienen la misma «confección».

Las consecuencias de ello son asombrosas. Significa que una subrutina de software (eso, precisamente, es un gen) puede ser Copiada de una especie y Pegada en otra, donde funcionará exactamente como lo hacía en la especie original. Esta es la causa de que el famoso gen «anticongelamiento», evolucionado originalmente originalmente en un pez del Ártico, pueda salvar a un tomate del daño de la helada. Del mismo modo, un programador de la NASA que deseara una buena rutina de raíz cuadrada para su sistema de guía de cohetes, podría importarla de una aplicación financiera. Una raíz cuadrada es una raíz cuadrada. Un programa que realice este cálculo servirá tan bien en el caso de un cohete espacial como en el de una proyección financiera.

¿Cuál es la causa, entonces, de la difundida hostilidad -que llega a ser repugnancia— contra tales trasplantes «transgénicos»? Sospecho que su origen es una concepción errónea, propia de tiempos anteriores al trabajo de Watson y Crick. Probablemente, el atractivo pero erróneo argumento es más o menos así: el gen anticongelamiento de un pez debe de llevar consigo algo de «sabor» a pescado. Seguramente, una parte de ese sabor debe contagiarse. Seguramente es «antinatural» insertar el gen de un pez, cuya única «finalidad» siempre ha sido funcionar dentro de un pez, en una célula de tomate. Con todo, nadie piensa que una subrutina para calcular raíces cuadradas lleve consigo un «sabor a finanzas» cuando se la inserta en un sistema de guía de cohetes.

Richard Dawkins. El Capellán del diablo. Reflexiones sobre la esperanza, la mentira, la ciencia y el amor. Ed. Gedisa, 2005.

Un estricto cumplidor

Para mi desgracia soy un notable cumplidor de todo tipo de leyes y normativas, no sólo de las inscritas en mi neocórtex. Supongo que eso motiva mis sarpullidos ante la alegría con la que nuestros parlamentos prodigan leyes en Boes y similares.

De vez en cuando cometo una falta, y el Sistema aparece raudo para sancionar y castigar mi conducta. Entonces, por poco resquicio que me deje, tomo mi pequeña venganza. Cumpliendo escrupulosamente lo que me pide, lo hago de una forma que en más de una ocasión me ha resultado exitosa, consiguiendo que venza un plazo de comunicación al administrado u obteniendo directamente el perdón de forma documentada.

Generoso como soy, pongo a su disposición un ejemplo de contestación a una notificación de denuncia, aplicable a los que como yo circulamos con un auto registrado a nombre de un hijo u otro familiar, que es quien recibe la boleta y quien debe estampar su firma al final. En su caso el mío se reía mucho mientras firmaba. Quiero creer que a algún funcionario también se le escapaba la risa, y por eso pulsaba la tecla expiatoria.

Los datos concretos, como es natural, hay que adaptarlos a la casuística.

Disclaimer: las reclamaciones, a Robby.

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Ayuntamiento de Tegucigalpa

Jefe del Servicio de Reclamaciones de multas del Instituto municipal de Hacienda

Aureliano Buendía Fuentes, provisto con documento nacional de identidad numerado 69405080Y, y domiciliado en Santa Eufemiana, calle Libertades catalanas 43, comparece y expone:

Que ha recibido notificación de denuncia por presunta infracción de circulación profusamente identificada con el numero de expediente 2010-0087431, de certificado 1724-7 de recibo MU201040500069690 en fecha de imposición dieciocho de enero de dos mil trece, mediante la cual se presume que el compareciente circulaba con una velocidad que excedía el límite superior impuesto por la Autoridad competente frente a la finca numerada 671 de la avenida de la ciudad de Tegucigalpa el día dieciocho de marzo del mismo año a las dieciséis horas y catorce minutos, lo cual es motivo de absoluta disconformidad, ya que es perfectamente consciente de dónde estaba en el momento descrito anteriormente, o sea a las dieciséis horas y catorce minutos del día dieciocho de marzo, siendo el lugar en cuestión distinto y alejado en el espacio de aquel que se presume o cita en la denuncia, o sea el automóvil identificado con la placa de matrícula 6969HPI que presumiblemente motiva el desencadenamiento de la mencionada notificación de denuncia, no viniendo al caso en este momento la precisión exacta del lugar en cuestión ni de las evidencias probatorias que en su caso acreditarían esta afirmación, ya que la notificación tantas veces mencionada aconseja vivamente que en el caso de no ser cierta la presunción de conductor establecida probablemente por asociación con la titularidad del vehículo, asociación que en este caso es errónea puesto que el firmante denunciado no es en la actualidad conductor habitual del vehículo en cuestión, se proceda sin mayor dilación que la que cabe en el periodo de diez días naturales a comunicar al organismo denunciante la identidad de la persona que pueda ser conductora del vehículo en el momento precitado, lo cual exige de la administrado la tarea de evocar la lista de personas que en el periodo antes citado han tenido acceso a las llaves del vehículo en cuestión así como la autorización para utilizarlo, dando como resultado esta tarea, aún teniendo que vencer la natural repulsión que produce el sentimiento de delación a un progenitor, la mención de una sola persona que puede considerarse como conductor del vehículo en el momento y fecha en el que se produce el ilícito presunto denunciado, y que en los archivos de las múltiples y diversas administraciones que tienen a bien tutelar las vidas y haciendas de los ciudadanos y ciudadanas de este bendito país, nación, comunidad o estado consta identificado con el número de documento nacional de identidad veintisiete millones equiscientos mil tropecientos ocho, así como con el preciso nombre de Aureliano Buendía Matamoros, domiciliado a los efectos de comunicación por parte de este Ayuntamiento en la avenida de la república celestial doscientos setenta y cinco de Tegucigalpa, todo lo cual comunica el firmante al efecto de precisar su disconformidad con la denuncia motivadora de este escrito y la solicitud del archivo de las actuaciones sancionadoras de su persona derivadas de la misma, así como al efecto de evitar actuaciones ulteriores de la administración advertidas en la notificación para el caso de incumplir el ciudadano deber de comunicar la identidad del conductor del vehículo automóvil.

Es gracia que espera merecer del recto proceder de V.I. cuya vida guarde Dios muchos años.

Ayuntamiento de Tegucigalpa
Instituto Municipal de Hacienda

Cortesía de Holmesss