El azúcar es culpable

Equipo fútbol los gordos 1958El hecho de que nos pasemos horas tumbados en un sofá viendo la televisión no significa que los programas sean muy interesante, mas bien tiene que ver con el hecho de que lo solemos hacer después de haber comido. Particularmente los alimentos dulces ejercen un efecto placentero sobre los mismos receptores cerebrales donde actúan diferentes drogas adictivas (ello explica el “craving” que nos lleva a comer chocolate o galletas a deshoras), lo cual contribuye a la somnolencia postprandial. Lo malo es que los alimentos dulces excitan la producción de insulina y al cabo de no mucho tiempo se vuelve a tener la necesidad de ingerir más alimentos dulces. Pero lo peor no es eso, sino que al haber suficiente glucosa en sangre no se consumen las reservas de glucógeno que almacenan músculos e hígado, ni por supuesto la grasa acumulada. Es decir, no se adelgaza, o lo que es peor, se engorda almacenarse el exceso de hidratos de carbono en forma de grasa.

En una dieta de un adulto que practique ejercicio físico moderado tienen cabida el azúcar y el alcohol, pero en cantidades tan pequeñas que es muy complicado ceñirse a ellas. El azúcar de caña (sucrosa) está compuesto a partes iguales de glucosa y fructosa, pero mientras aquella llega a la sangre directamente, la fructosa se metaboliza en el hígado donde se convierte en quilomicrones (grasa), es decir, no tiene un efecto nutritivo directo como la glucosa sino que se almacena. Son las llamadas calorías vacías, igual que las que aporta el alcohol. Podemos considerar por tanto a la fructosa y al alcohol, a partir de determinada dosis , como un “veneno” para nuestro organismo. Esto no es nada extraño, pasa con todas las sustancias incluso con el agua. Lo malo es que en este caso el dintel es bastante bajo.

¿Cuánto azúcar debemos consumir al día? Según la American Heart Association como máximo seis cucharaditas las mujeres y nueve los hombres. Parece una cantidad razonable, incluso excesiva, pues permite tomarte entre seis y nueve cafés con azúcar a día. Pero eso sería si no ingiriéramos azúcar en el resto de alimentos, ni tampoco alcohol. Una bote de Coca-Cola, un yogur de frutas desnatado (de 225 gr.) o dos manzanas rojas grandes equivalen ya a seis cucharadas de azúcar. Eso significa que consumimos cantidades ingentes sin saberlo, hasta la cerveza sin alcohol lleva azúcares, por no hablar de los alimentos reforzados con fructosa, la parte potencialmente tóxica del azúcar. Así, el consumo medio puede estar alrededor de las veinte cucharaditas al día. Un disparate para nuestra salud, particularmente si no se hace deporte. Semejante ingesta de azúcares necesita un ejercicio muy intenso, al alcance de muy pocas personas, para no engordar e ir generando un síndrome metabólico.

¿Qué dieta hemos de hacer para limitar la ingesta de azúcares? Existen múltiples posibilidades. Describiré la que a mí me ha permitido bajar de peso paulatinamente, cierto que un contexto de ejercicio físico medio-alto .

  • Desayuno: café con leche completa y sacarina. Un panecillo integral con aceite de oliva o Corn Flakes Classics.
  • Comida: un zumo de futas grande y una ensalada.
  • Cena: un plato de verduras, un plato de proteínas animales (carne, pescado, huevos). Una copa de vino tinto.

Se pueden hacer un par de excepciones a la semana en comida o cena. No se debe tomar nada entre horas excepto frutos secos e infusiones.

No nos engañemos, hacer esta dieta es una putada, y no digamos si encima hay que hacer ejercicio. La contrapartida es una mejoría significativa de la salud y de nuestro aspecto físico. Supongo que no debe merecer la pena, basta echar un vistazo a nuestro alrededor.

Referencia: Sugar love: A not so sweet tale. Rich Cohen. National Geographic. Vol.224(2): 2013

Cortesía de Marquesdecubaslibres

Memorias apócrifas de un soldado

soldierYo he sido adolescente un día y la primavera era ocaso de otoño en el invierno, temiendo todas esas tardes de verano que un calendario desdiga, que todos los recuerdos no eran mi infancia. Quizá pudiera ser que ya naciese viejo.

Así es el tiempo, engañoso y selectivo, no la memoria, la memoria es sabia, le basta el olor y la piel, hasta el mas tonto lo sabe y no las tontas repeticiones de Ebbinghaus.

[…Cuando mi buena madre irlandesa me destetó a la edad de tres años de su santa agua miel yo tenía edad para pedir una buena jarra del mejor vino o cerveza del país allá donde fuese que me encontrase alguien… ] (cap. 39) No sigo, que hipo con lágrimas y escasea mi sollozo sentido.

Me encuentro en una trinchera en tierra de nadie. Un largo invierno solitario oliendo brezo y oyendo aullar al mar contra las rocas, desgastando su voluntad. No me basta el refugio en la Biblia por no atreverme ultimar a hombres y entregarme al fornicio, no me basta las lecturas sobre el pensamiento hegeliano del perdón, no me basta nada: “I like to have a martini,/ Two at the very most./ After three I’m under the table,/ after four I’m under my host”. Solo quiero olvidar que no quiero beber lo que me ofrece la luz de la casa, la solitaria casa del páramo que tengo que vigilar y que me tienta.

Es esta mi misión de soldado, vigilante de Fausto y sus mercadurías que tienta a un alma inspirada antaño por absenta y hoy la quiere poeta en el infierno. Y que no llamemos a cantos de sirena que ya están afónicos, que ya no creo nada. Me cuido y lloro entre tanto leo a Hölderlin.

Mich ergoz der wohllaut
Des saç

Día de este año de nuestro señor:

[Escribo sin apenas ganas, estoy exhausto y por primera vez el buche lleno y muy romántico. La moza de la casa me dejó leer a Emily Dickinson en alto y oler sus bragas en privado. Después me invitó a un poco de vino y queso. Como zarigüeya marché presto a mi lugar de vigilancia si bien no era necesario] (cap. 123)

Y eran los mejores tiempos o los peores, que leo a Dickens y enjuago otra vez mis lágrimas y sigo con que la primavera era de esperanza y era también el invierno de la desesperación. Y no, no piensen que fusilo el más maravilloso comienzo de una novela escrita jamás. Es uno que se aferra a cuatro libros de liberación consentidos por la ONU y nada sospechosos para un soldado que no inverna.

[ …Tal vez sea musgo un día, madre. Y camine usted por la colina que da descanso a mis huesos. ¿Pero no podría entonces, en aquel entonces, calcetar una rebeca de lana celta y tintada de verde a juego con mis ojos…?] (cap. 89)

De todas las promesas que se dicen e inventan me quedo con la más segura: una mirada.

Cortesía de El Guardián solitario entre los cencerros

Maigret en Vichy

maigretCalificar a George Simenon como un escritor de novelas policíacas es un gran error. Simenon es uno de los grandes novelistas del siglo XX y el personaje del inspector Maigret no es mas que una disculpa para sondear los abismos del alma. Simenon escribió en los años 60 su “Maigret en Vichy”, donde nos presenta a un comisario con solo 53 años pero con tales achaques que su médico le manda a Vichy a tomar las aguas. Por la descripción parece obvio que Maigret, un hombre robusto y muy activo, presenta los primeros síntomas de lo que hoy llamaríamos un síndrome metabólico. Ha sido un gran fumador de pipa, gran bebedor de vino, cerveza y pastís, y amigo de los guisos fuertes. Su médico le prescribe una cura de 21 días que incluye caminar al menos 5 km al día, suprimir el alcohol, ponerse a dieta y beber aguas medicinales en grandes cantidades. Hoy sabemos que Maigret, nuestro héroe, un hombre de inteligencia prodigiosa, se ha estado suicidando lentamente con sus excesos dietéticos. Sabemos también que la cura prescrita de 21 días sería inútil, que tal cura debería ser de por vida y probablemente necesitaría añadir un antihipertensivo y hipocolesteriomante como prevención primaria de una enfermedad a cardiovascular.

Han pasado 50 años desde que Maigret fue a Vichy, y sin embargo personas tan inteligentes como él sigue cometiendo los mismos errores de estilo de vida. El mundo occidental está formado mayoritariamente por una biomasa que sigue fumando (cierto que menos que en época del comisario), bebiendo inmoderadamente, comiendo azúcares y grasas sin control y haciendo escaso ejercicio. Todo ello nos ha llevado a una epidemia de enfermedades cardiovasculares de grandes proporciones pese a que se ha avanzado muchísimo en su tratamiento.

¿Cuáles son las causas de este comportamiento irracional? No podemos argumentar que es por falta de información, todo el mundo sabe que estar obeso es malo para la salud. Sin embargo, por poner dos ejemplos, Vicente del Bosque y Oriol Junqueras pasean su oronda naturaleza sin pararse a pensar el mal ejemplo que dan. Incluso del Bosque se permite hacer un anuncio que avisa de los peligros del colesterol. Parece evidente que el ser humano tiene una tendencia irrefrenable a hacer cosas que le perjudican, a comportarse irracionalmente. La biomasa no se conforma con fumar y beber sin control, sino que gusta también de afiliarse a partidos políticos, seguir credos nacionalistas, acudir a conciertos de música popular o a eventos deportivos multitudinarios, bien sea en directo o en pantalla gigante mientras bebe cerveza y come patatas fritas. Pareciera que nos abocamos a un suicidio colectivo.

Cortesía de Marquesdecubaslibres

Vino corso

Los habitantes de Córcega tienen veleidades nacionalistas, incluso han llegado a recurrir a la violencia organizada, pero ya sabemos que en París no se andan con remilgos a la hora de sofocar estas intentonas. La propuesta de que el corso fuera idioma cooficial en Francia provocó hilaridad en el Elíseo. Mi amigo M.A., nacido en Ajaccio, fue destinado a Barcelona como directivo de una multinacional y quedó pasmado ante la permisividad del Gobierno español con el catalanismo. El hombre no daba crédito a lo que veía, porque hoy Córcega es un remanso de paz en donde no hay más muestras de nacionalismo que algunos letreros en francés emborronados con pintura.

En Córcega hacen un excelente vino que tiene tres características que me entusiasman: no conocen la madera, son baratos y se los beben ellos, muestra esto último de nacionalismo del bueno. Gracias a una benemérita institución sita precisamente en Barcelona he podido disfrutar de una pequeña muestra de vinos corsos, más concretamente de la denominación Patrimonio, la más antigua de la isla. Situada al norte, de un tamaño como el Priorato, elabora vinos interesantes y originales. Pude disfrutar de los productos de un vigneron llamado Yves Leccia cuyo Domaine d´E Croce con apenas 15 hectáreas produce maravillas como el E Croce blanco. Elaborado con la varietal local Vermentino y fermentado solo en acero inoxidable, posee una riqueza aromática y complejidad que contrasta con la sencillez de su elaboración. No le va a la zaga el YL tinto, que utilizando la Nielluciu, una varietal de origen italiano similar a la Sangiovese, consigue un vino que tampoco ha conocido barrica y que recuerda mucho más a los Frapattos sicilianos que a cualquier Montalcino. El YL es muy mineral, volcánico, con la fruta justa y un color que recuerda a la sangre licuada de san Pantaleón, al que tanta devoción tengo. Beber estos vinos en buena compañía, supongo, debe ser la felicidad.

Cortesía de Marquesdecubaslibres

El camino de la longevidad

sf234Las dos grandes causas que conspiran contra la longevidad según Lord Verulamio son: el espíritu interior que, como suave llama, va desgastando el cuerpo hasta matarlo, y el aire exterior que abrasa el cuerpo hasta reducirlo a cenizas. Estos dos enemigos, interno y externo, actuando simultáneamente terminan por destruir nuestros órganos al hacerlos incapaces de desarrollar sus funciones vitales.

Si las cosas son así, el camino de la longevidad es fácil. No hay más que reponer, dice el lord, el desgaste producido por el espíritu interior haciendo que su sustancia sea más densa y espesa por medio de narcóticos, por un lado, y de medicamentos que enfríen su calor interno, a base de tres granos y medio de salitre antes de levantarse, por otro.

Pero, aun así, nos encontramos expuestos a los asaltos inamistosos del aire. Eso puede aminorarse también por medio de ungüentos grasientos que tapan los poros de la piel, de suerte que no pueda penetrar por ellos ninguna partícula, ni tampoco salir. Esto impide cualquier sudor sensible o insensible y eso podría ser causa de numerosas y serias enfermedades. Un tratamiento de lavativas está por consiguiente muy indicado para extraer humores superabundantes y restablecer el equilibrio del sistema.

Laurence SterneVida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Ediciones del Centro. Madrid 1975. Traducción de José Antonio López de Letona

Las tinieblas del corazón

Una tarde, mediada la pasada primavera,  paseando por un bonito pueblo marítimo me encontré con un antiguo conocido, y nos sentamos a conversar en la terraza que le propuse. Se trataba de uno de los chiringuitos que la Ley de Costas ha perdonado, y que permite estar sentado a pocos metros de la orilla, sobre la playa, observando una bahía que Josep Pla describió tan bien que no le voy a intentar emular.

FrmHolmssEl local en cuestión había tenido la feliz idea de cubrir un hueco en la oferta local, y saben tirar una caña de cerveza, sirviéndola con la espuma y temperatura adecuadas. Eso les diferencia del resto de bares, donde sirven bajo la misma denominación sin ningún escrúpulo unos líquidos amarillos alcohólicos y carbonatados.

No se movía apenas el aire, la temperatura era suave, todavía no había empezado la temporada turística y apenas un par de mesas estaban ocupadas, guardando unas distancias que permitían la conversación privada y compatible con los pocos sonidos que llegaban: pájaros en sus tareas, mínimo oleaje. Los colores del mar y del cielo en el horizonte, la luz que descendía, todo evocaba una estado de calma infrecuente.

Mi amigo me preguntó por mis planes, y le expliqué mi proyecto de andar unos días y acabar la ruta jacobea. Entonces me habló de sus experiencias, ya que él también había recorrido en su día los kilómetros entre Roncesvalles y Santiago.

Evocamos algunos lugares comunes, como el que dice que se trata de un viaje de 700 Km al interior de uno mismo. Yo bromeaba, más en serio que en broma, que mi interior debe ser un negro abismo ya que había necesitado trocear el viaje en varios años para asomarme a él.

Revisamos las ocasiones que se dan de conocer personas interesantes, y los momentos de cercanía que a veces se producen.

Él habló de los días en que tuvo esa sensación, días en los que anduvo con un grupo formado por una joven danesa, un director de escuela holandés, un inglés prejubilado, al que se unían a veces otros integrantes:

«Con ellos establecí relación gracias a una tortilla de patatas que preparé en el albergue y que resultó en una fiesta. En muy poco tiempo intimamos, y conocí las motivaciones reales de una preciosa joven que me recordaba a Scarlett Johansson en La joven de la perla, de un profesional abordando un alto en su etapa laboral, de un inglés con católicas raíces irlandesas que gestionaba como podía esa contradicción.

La tarde siguiente estábamos conversando y bebiendo animadamente, cuando percibí una mirada hostil del holandés hacia un grupo de ruidosos, veteranos y alegres bávaros con el que no se relacionaba casi nadie, ya que no hablaban más que alemán.

Inquirí sobre esa mirada, y con la ayuda de la atmósfera de confianza que se crea en ese entorno único, supe por él mismo que esa animadversión era antigua como su vida, y que provenía de los días en que Alemania había ocupado su país. Refirió que un día unos soldados habían entrado en la casa familiar y uno de ellos había apuntado con su arma a la cabeza de su padre durante unos segundos que le habían arruinado para siempre la vida de una forma tan intensa que el hijo lo había percibido desde que tenía conciencia, manteniendo un sentimiento de odio al alemán compatible con una vida ordenada y civilizada como es la propia de Holanda.

Cabizbajos, danesa e inglés asentían en silencio.

La mirada y la historia me recordaron un apunte de los diarios de Jünger sobre el odio de una estanquera en el París ocupado, y me pareció que contrastaba con mi experiencia debido a la historia que me habían referido en mi casa sobre los días de la guerra civil, y me dispuse a explicarla:

—Mi abuelo era militar —sostuve un breve silencio, fui consciente de que pocas veces en mi vida había pronunciado esas palabras.

—Mi abuelo era militar. Creo que hubiera querido ser director de orquesta, pero no tuvo opción, e ingresó por mandato familiar en la Academia de Caballería, fue destinado a Marruecos y finalmente a mi ciudad, de donde era natural su mujer.

El día del alzamiento o golpe militar de Franco, él era capitán y quedó al mando del retén que permaneció en su cuartel, si bien nominalmente había un comandante por encima de él, un hombre que estaba borracho todas las horas del día y no ejercía su cargo.

El resto de la guarnición salió a las calles, a tomar la población. Ninguno sobrevivió a los combates de aquel día, que se saldaron con el fracaso de la asonada.

Mi abuelo fue encarcelado y se le formó un tribunal popular por rebelión militar: la acusación solicitó la pena de muerte.

En una longitud de onda distinta transcurre la vida de las mujeres. Mi abuela, con seis hijos a su cargo, los distribuyó entre familiares y amigos, encargó tareas de coordinación a mi madre, que tenía 13 años, y se dedicó a movilizar la defensa de mi abuelo.

Un par de años antes había tenido lugar una rebelión de sindicalistas agrarios que había terminado en un consejo de guerra. Por lo visto mi abuelo había actuado de oficio como defensor de los acusados, y había puesto cierto empeño en su tarea, el suficiente para que salieran mejor librados de lo previsto del trato con la justicia militar, y para que su mujer acudiera a aquellas personas – o a sus esposas – que a la sazón estaban ya en el bando gobernante, a solicitarles su auxilio.

Tuvo éxito, y esas personas, agradecidas o simplemente conmovidas por la angustia ajena, consiguieron influir para rebajar la petición de pena de muerte a prisión. De esta forma mi abuelo salvó la vida, pasó los años de guerra en la cárcel y sólo tuvo que cuidar una úlcera que casi le llevó a la tumba, así como superar la depuración a que le sometieron después los vencedores (“Un militar, ¿y ha salvado la vida en zona roja? Entonces igual no es de los nuestros…”).

Más cruel fue la suerte del comandante, a quien ajusticiaron a pesar de su alcoholismo y aduciendo su superior posición jerárquica.

De esta forma creo que tejieron las mujeres sobre los descosidos que habían hecho los hombres en aquellos años —terminé.

Permanecimos todos callados unos momentos, y recuerdo haber pensado que tal vez un español estaba dictando una lección de reconciliación a un grupo de europeos. Era 2003, y un año después me di cuenta de que una guerra civil exige muchas más generaciones para su sutura».

Al acabar su relato, mi amigo entró de nuevo en uno de sus quietos silencios y yo reparé en que también la tarde ya estaba cayendo silenciosa, tranquilamente. Algunas luces del otro extremo de la bahía empezaban a reflejarse en el mar plano.

Pensé en su historia y en la de sus abuelos, en la experiencia de reconciliación que para él significaba, y me pregunté con una cierta aprensión si sería la misma vivencia que tendrían los hijos y nietos de aquellos sindicalistas, con quien mi amigo tal vez podría contactar con cierta facilidad para contrastarlas: no sé si conviene nadar en las aguas de ciertos estanques, que en seguida se enturbian, o es mejor zambullirse en límpidas aguas como las de aquella playa. Pero esa es otra guerra.

Cortesía de Holmesss

Satur, corresponsal en el mundo: cata de vinos.

Empiezo tirando por derecho: siguiendo los consejos del Marqués (buscad “borsao” y “marquesdecubaslibres” en Googled) fui a Borja a probar los “caldos de la región” sin pasar, que quede claro, a ver el Etce Homol que ha señalado la ciudad aragonesa en el mapa internacional. Lo primero que he de decir es que en la bodega Borsao el vino está un euro más caro que en las tiendas. Yo no sé si me vieron cara de tonto o qué. Luego, ya en casa, hice una cata privada. Se me habían roto las copas y tenía los vasos sucios en el fregadero, así que utilicé una taza de café, con lo cual no puedo detallar el análisis cromatográfico. El vino era rojo tirando a oscuro, pero al no poder contrastarlo con una fuente de luz, se me escapa si las irisaciones de la cereza reverberaban en la crisálida crepuscular de la cepa hecha néctar. Olfativamente llegó un ligero aroma a vino. Más no puedo decir, porque el cierzo del Moncayo había obturado mis conductos nasoencefálicos. Ya en boca, yo esperaba que el caldo supiera a bragas sucias de bailarina, como un vino del que nos habló el Marqués, pero lamentablemente no fue así. El retrogusto maxilo-occipital trajo ecos de regaliz chupado por una monja lesbiana, pero conforme los taninos se fueron apoderando de las moléculas hidro-oxigenadas, llegaron tormentas papilogustativas de fanta caliente, lo que me hizo recordar que unas horas antes me había tomado una en la misma taza y que no la había lavado. En definitiva: que muy bueno.

Después de dar un paseo por Borja, casi en las faldas del Moncayo, para moleculizar mi estructura corporal con los aires patrios, me acerqué al Moncayo hasta Vera de Moncayo a degustar los vinos de Pagos del Moncayo, desde cuyas bodegas se ve el Moncayo. (Pedro Antonio, si ves que no ha quedado clara la ubicación geográfica de mis pasos por el Moncayo, puedes poner una foto del Moncayo).

Vista_Moncayo_desde_Alcala

Allí compré una caja de botellas de garnacha y syrah. Ya lo había probado antes y me pareció un vino muy divertido, así que no hice cata y esperaré a trasegarlo en situaciones propicias. Después compré tres botellas de Prados, que no está a la venta y sólo se puede adquirir en la bodega. Había puesto todas mis esperanzas en ese vino, pero me decepcionó. Para evitar los problemas logísticos de la anterior cata y ante la falta de recipientes concavoacristalados en los que vertir el néctar úvico, probé el vino a morro. Puesta la botella al trasluz comprobé su estructura cromática bermeja, también como el anterior con ciertos destellos oscuráceos tirando a oscúricos. El olor, también como el otro, era a vino, lo que demuestra de alguna manera la mancomunidad de ambos a la misma denominación de origen. Ya en boca, tuve un ligero desliz, se me fue por el otro lao y me salió por las narices, lo cual que tuvo en resonancia alguna ventaja, al discurrir el néctar por todo mi aparato otorrinolaringológico. He de decir que el vino me decepcionó. No acabé de verle su aquél. Pese a que mi perquisición gustativa buscaba semejanzas, no hallé sino el tono mediocre. Como la botella está a veinte euracos del ala haré una nueva cata en condiciones óptimas, con su copa y todo. No quiero doblegarme al pesimismo, actitud que he tomado por bandera y que recomiendo a todos ustedes, lectores amigos.

Cortesía de Satur

Soliloquio y polifonía

Courbet_L'Atelier_du_peintre

“Menos evidente y esta diferencia caracteriza nuestra desoladora época es la naturaleza esencial y colaboradora de la poiesis. No pienso en una colaboración histórica real, como la que se produjo entre Goethe y Schiller, Brahms y Schumann, o entre los impresionistas, por importantes que éstas hayan sido. Me refiero más bien a las presencias electivas que los creadores reconocen en ellos mismos o en su obra, a los “compañeros de viaje”, a los maestros, los críticos, los rivales dialécticos, a esas otras voces en el interior de las suyas que pueden dar incluso al acto creativo más complejo, por su carácter solitario e innovador, una trama común, colectiva. En otra parte [On difficulty, 1978] he intentado llamar la atención sobre lo que permanece como terra incognita en lingüística, poética y epistemología (exceptuando a Husserl): el monólogo interior, el discurso incesante que mantenemos con nosotros mismos. Este soliloquio no verbalizado contiene de hecho la mayor parte de los actos de habla: por su volumen excede en mucho al lenguaje utilizado para la comunicación exterior. Asimismo, sospecho, sufre las presiones formativas e inhibidoras de las circunstancias histórico-sociales, del estado de los vocabularios y las gramáticas públicos, aunque también hay que añadir los elementos de las jergas privadas. Podría muy bien ocurrir que en la cultura occidental, hasta hace relativamente poco, el soliloquio haya sido la elocuencia inaudita, el rencor y la poesía de innumerables mujeres. Nuestros verdaderos familiares son nuestros “yoes” fantasmales que nos oyen y responden cuando les dirigimos las corrientes léxicas, gramaticales y semánticas del discurso silencioso. Incluso cuando nuestra escucha y atención interiores son caprichosos, nuestra conciencia es un monólogo cuyas múltiples fuerzas creativas, cuya capacidad de engendrar terror o consuelo, ilusión o inhibición, apenas han sido analizadas.

La soledad ontológica del momento creador, el “autismo” del poeta y del artista está, sospechamos, muy poblada. El “otro” en cuya presencia trabaja el escritor o el compositor es, de nuevo, un Dios más o menos imaginado. Él es el “único y auténtico creador” y dueño de la obra. Él es, sobre todo, el único juez justo: […]. Es también, como hemos visto, el rival, el arquetipo celoso que no desea ver Su propio virtuosismo cuestionado y mucho menos superado. O más aún el iconoclasta, contrario a la mera empresa de la mímesis o la ficción. […] Él o ella serán los maestros muertos o vivos que el artista invita a su taller interior: los testigos cualificados de su propio esfuerzo y destreza, los críticos creativos de su proyecto, los partidarios de su causa estética. Recordemos su fundamento ficticio, “soñado”, en el gran cuadro de Courbet que representa su atelier atestado, con un Baudelaire absorto en sí mismo pero cuya presencia, “allá” en el margen, es indispensable, como una alegoría de la necesaria hospitalidad del arte, de la muchedumbre silenciosa en el interior de su egotismo. La rivalidad es una donación, un diálogo generoso: los grandes artistas y los maestros artesanos se espolean unos a otros como hacen los grandes corredores. De ahí que las constelaciones de la creatividad en la Atenas de Pericles, en la Roma de Augusto, en la Inglaterra isabelina, en la Francia neoclásica, en la Viena de Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert marquen la historia temporal del arte. En estos casos la influencia no es “angustia”, sino colaboración”.

[…] “Solo Proust rivalizará con Dante en el aplomo con que recluta a grandes escritores, compositores y pintores, “reales” o ficticios, para sus dramatis personae. Tal reclutamiento señala una apasionada prodigalidad del yo, una pulsión de creatividad tan vehemente que requiere la representación de un eco, su reflejo en otros de una creatividad comparable (el “otro” puede ser la larga serie de autorretratos de Rembrandt). Por ello, el Peregrino dialoga con otros maestros a los que Dante evoca, por así decirlo, con la multiplicidad de su monólogo coral, dramatizando, analizando hasta los mínimos detalles, cada modo de relación con sus predecesores y contemporáneos que se reúnen en el hecho-ficción del yo creador.

Como veremos, en esta retícula, en este teatro de sombras de encuentros, hay “angustias”; pero sobre todo hay celebraciones del enigma sobre el origen compartido. Solo la deidad aristotélica engendra en solitario. Solo el discurso que Dios se dirige a Sí mismo es, stricto sensu, un monólogo. Incluso el más “original” de los artistas, entendida esta palabra en su pleno sentido, es polifónico. Otras voces incitan al desequilibrio, a la pérdida de la mesura estéril que despierta y pone la imaginación en marcha. Por estas voces, el pensamiento analítico se exilia y busca habitar otras formas. Tomás de Aquino definió la los fantasmas como partículas energizantes que se han liberado del dominio del ego. A mi entender, sólo esta polifonía arroja alguna luz sobre la paradoja del anonimato firmado, de la colectividad de lo singular en el gran arte, en la música y en la literatura. Sea cual sea el desasosiego originario, sea cual sea el vagar del alma en la “noche oscura”, esta búsqueda de otras encarnaciones es una búsqueda amorosa de alto riesgo. Las gramáticas de la creación son, en último término, las de lo erótico, las del intelecto formador y las de la psique bajo el dominio de eros (el Lógos en brazos del amor”, como dijo R. P. Blackmur, dando forma a su intuición con el nombre de la basílica de San Giovanni in Venere en los Abruzzos). Esta manera de comprender las cosas es al menos tan antigua como el Banquete de Platón”.

George Steiner, 2001: Gramáticas de la Creación, Madrid: Siruela, pp. 92-95. (Grammars of Creation, 2001. Originating in the Gifford Lectures for 1990, traducción de Andoni Alonso y Carmen Galán).

Cortesía de Procurofijarme

Kipling 82-89, por Ricardo M. López Bella

Corría el año1982 y concretamente se aproximaban las vacaciones de Semana Santa, oasis en la complicada existencia del bupero que yo era entonces (¡ay, que después vendría la vida entera con todo su peso), aunque para ser sincero no corrían los días, pues en mi infancia y adolescencia muchos de estos eran deliciosamente calmos y quizás así los percibía por contraria razón a lo que pensaban muchos de mis coetáneos y es que yo nunca tuve prisa por llegar a ser adulto y, supuestamente, tomar el control de mis actos y hacer “cosas de mayores” del tipo que fueran. De hecho y en la actualidad, no me he acostumbrado a ser adulto, sea cual sea la naturaleza de tal expresión, y como consecuencia de lo anterior, buena parte de mi existencia se puede contar como una acumulación de hechos calamitosos. Para colmo, tengo la desagradable y desesperante sensación, desde que regresé del Servicio Militar, periodo que marcaba para muchos el inicio de la plena madurez masculina, de que los días se esfuman, burlona o estúpidamente, según la ocasión. Bueno, pues transcurría el antedicho año y las susodichas vacaciones estaban al caer, cuando mi madre recibió y transmitió la noticia a la unidad familiar de que su hermana pequeña, la tía P., además de padecer un cáncer intestinal, debía ser operada del mismo con cierto riesgo para su vida. Evidentemente estas no fueron las palabras utilizadas por mi hacedora, pero son las más cercanas y sirven bien a este escrito.

Mi tía vivía en Madrid, en un piso de un bloque-colmena de la periferia sur con otra hermana, la tía J. y los viejos acordaron que mi madre debía estar allí en momentos tan delicados y que yo la acompañaría. La inclusión de mi persona en esta expedición tenía como fundamento servir de lazarillo a otra funcionalmente semianalfabeta cual era mi madre. Hacía algunos años que se me asignaban estas tareas de acompañamiento y otras de las que mi hermano hábilmente se había liberado y que consistían en visitar el nicho familiar, el día de difuntos, donde se encontraban los restos de mi tío J., que regentaba la pensión donde mi madre echaba una mano y ennovió con mi padre; hacer de porteador los sábados de las vacaciones escolares desde el mercado de Santa Catalina hasta casa con parte de la compra semanal; escribir las postales y cartas con todo tipo de felicitaciones a los familiares de cualquier nivel de consaguinidad, ya fueran cumpleaños, onomásticas, navidades y años nuevos, aunque estas últimas festividades fueron recortadas cuando mis padres las seleccionaron para la vía telefónica.

Ante la perspectiva del viaje y la estancia, la única previsión que se me ocurrió cumplir, fue la de escoger un libro aun sin saber que pudiera tener algunas horas de ocio, además de las que ocuparían el trayecto del tren más directo a la antigua capital imperial, pues uno nunca sabe cuanto tiempo puede consumir la agonía de otro.

arroyo amigoDesconozco las razones que me llevaron a decidirme por un libro cuya presentación anunciaba claramente que estaba dirigido “Para todos. Sobre todo a partir de 13 años”. Despejé rápidamente las nubes de prejuicios que se iban formando en mi mente, que los improbables lectores de estas líneas pueden imaginar fácilmente, y en nombre de un repentino ataque de disciplina, eché mano de “Stalky & Co.”, pues me impuse el mandato de que ya era el momento de conocer lo que un autor tan renombrado como Rudyard Kipling (premio Nobel de literatura en 1907) había alumbrado.
Resultó ser una entretenidísima y magistral novela, efectivamente “para todos” y un precioso canto a la amistad adolescente. Algunos dirán que es una apología del militarismo machote y el imperialismo británico. Allá ellos con su cerrazón. Para mí supuso la puerta de entrada a la obra de un genio que nunca me ha defraudado y un hito en la humilde historia personal de mis lecturas.

Otro de los acontecimientos inolvidables de aquellos lejanos días fue la llamada “Guerra de las Malvinas”, que comenzó el día 2 de abril como absurda ocupación del archipiélago que sus habituales usufructuarios británicos llaman Falkland, por parte del Ejército argentino, alguno de cuyos miembros participantes tenía ya una considerada aureola de valentía, conseguida tras haber practicado el secuestro, la tortura y el asesinato con indefensos conciudadanos en tiempo muy reciente. Recuerdo haber seguido el conflicto por todos los medios de comunicación a mi alcance. Era una guerra del primer mundo. Era la regresión de la idea que sostenían y sostienen algunos sociólogos sobre el fútbol del que dicen que es una sublimación de la guerra. Era una guerra de sahibs, material de primera para que Kipling hubiera engrandecido su obra con historias de pibes, boys o gurkas.

Una vez llegamos a Madrid, fui asignado al domicilio de la hermana mayor, mi tía M.C. que compartía con su esposo, jubilado de RENFE, en la Colonia Erillas, conjunto de viviendas reservadas a funcionarios y trabajadores del Estado y del Ayuntamiento y que nada tenía que ver con el piso de sus hermanas. Supongo que querían apartarme del foco del drama, pues mi madre se alojó en aquel, apenas distante unos cientos de metros del hospital. Gracias a esta decisión, conocí las delicias de tener una habitación propia, la de mi “prima” Alicia, fruto del primer matrimonio de mi anfitrión. Así pude leer y escuchar la radio hasta la hora que creyera conveniente y dormirme “arrullado” con los sonidos nocturnos de una ciudad que mi intuición me decía que era como todo un continente por descubrir.

Lo que no imaginaba es que esta exclusión se extendería a las visitas a la enferma. Supongo que la razón estribaba en que no pensara que estaba tan jodida que hasta uno de los sobrinos había sido movilizado.

Llegada la víspera de la operación, mi tío hizo un aparte conmigo en la cocina, tras el desayuno, para decirme que la intervención quirúrgica iba a prolongarse durante varias horas, que los resultados inmediatos podían ser inciertos y que tanto él como yo no íbamos a ser útiles en el momento y lugar por lo que había programado una excursión al Monasterio de “El Escorial” y luego enseñarme Madrid. Ocurría así que la intención de enajenarme de lo que sucedía me convertía en turista accidental y más me pareció que estaba justificando su ausencia, pues yo bien podía seguir con mis lecturas y ensoñaciones hasta la hora en que los adultos decidieran qué hacer conmigo.

Al día siguiente, temprano, tomamos el tren a San Lorenzo del Escorial y mi tío demostró poseer un gran conocimiento del lugar y un dominio del tempo de las visitas digno de un guía turístico: no en vano había organizado viajes para compañeros y sus familiares desde su cargo de técnico en actividades del tiempo libre. Segoviano de origen, había emigrado niño con su familia al Madrid bohemio y cosmopolita que aglutinó a los profetas y seguidores de todos los ismos artísticos de preguerra que arraigaron en nuestro país. Su primer empleo fue de botones en un banco. Esto y la curiosidad propia de la juventud le convirtieron en un infatigable andariego, manía de la que me beneficiaba aquel día y creo que me inoculó a su vez.

Recuerdo con asombro y envidia, esta vez sí que quería ser mayor, como daba propina a los vigilantes de cada sala, en monedas de veinticinco pesetas, que brindaban una explicación sobre lo contenido en la misma, fueran cuadros, muebles, armaduras… tanto si coincidíamos con un grupo organizado de visitantes como si fuéramos los únicos curiosos.

También recuerdo especialmente la biblioteca por la rareza de presentar los libros con el lomo encarado hacia el interior de las estanterías para que las páginas estuvieran aireadas, según nos informó el vigilante de turno. El culmen de la admiración fueron el pudridero y la cripta reales, el primero por lo explicito de su denominación, que descartaba toda pregunta sobre su empleo y la segunda por su contenido y el reducido tamaño de los féretros depositados.

Unos bocadillos después, engullidos ante la inquietante mirada de una vaca y en la carretera que conducía a la Casita del Príncipe, que también visitamos, mi cicerone decretó el regreso a Madrid para el gran tour capitalino pedestre.
No tengo en la memoria muy claro el recorrido y si añado imágenes de posteriores estancias, pero sí recuerdo la sucesión de edificios de distintos estilos arquitectónicos y la cantidad avasalladora de datos que me fue desgranando. Avistamos el teatro “María Guerrero”, el Templo de Debod, la sede de Telefónica llamada “Edificio del coño”, atravesamos el Viaducto… aunque lo que más fidedignamente recuerdo es de lo que un camarero le estaba enterando a un parroquiano en una cervecería donde abrevábamos, cervecería bizarra de las que se alfombraban con cáscaras de gambas, colillas, servilletas de papel, palillos, escupitajos y serrín: la noche anterior Juanito, Camacho y Santillana habían estado allí. Mi vista recorrió todo el interior del local, clasificable en la media distancia que va de sencillo a cutre, para intentar retener en la memoria y de por vida el local donde unos de mis ídolos futbolísticos se habían tomado unas cañas.

Al final del día, llegaron las buenas noticias: la operación había resultado un éxito y las probabilidades de mejoría del estado de salud de mi tía P. aumentarían, sin duda, conforme el paso de las horas. Quizás como en muchas ocasiones, los médicos se curaron en salud, poniendo el acento sobre los datos más negativos del caso, consiguiendo así, aunque de manera involuntaria, que su actuación resultara tan próxima al milagro, como anteriormente el estado de la paciente lo estuviera del desahucio.

El día siguiente fue el señalado para la partida. No había ya nada que hacer en Madrid y entonces me fue dado el visitar a mi tía, que encontré en bastantes buenas condiciones, para mi pobre entender de adolescente, tras haber sido operada bordeando el último tránsito.

Esta vez no hubo depresión posvacacional como cuando era un crío, no hubo tiempo y todavía trataba de analizar todo lo que había sucedido a mi alrededor. Además el regreso coincidió con la reanudación de las clases. Eso sí, fui consciente de que había visitado el Planeta Adulto, sin ningún género de dudas. Aunque sus habitantes solamente hubieran contado conmigo en parte, me habían permitido penetrar en su particular biosfera conductiva. También fui consciente de que no conocía a nadie con quien comentar tan extraña experiencia, pues de todo este episodio ¿qué podía despertar el interés de algún compañero de estudios o de algún amigo?

Las siguientes semanas certificaron la evolución positiva de la salud de mi tía. El diagnóstico final, dicho en palabras de mi madre, es que “le habían limpiado todo el cáncer “.

Esas mismas semanas y el potencial bélico de los británicos bastaron para devolver la propiedad de las islas en disputa a Su Graciosa Majestad: más de mil muertos en setenta y cuatro días por una cuestión de titularidad nominal. Más de mil nombres a incorporar, en desigual reparto, los perdedores siempre ganan en esta contabilidad, en el martirologio de ambas naciones.
Los estudios, la decepcionante actuación de la Selección española de fútbol en el Mundial propio y las vacaciones hicieron que olvidara muchos detalles de los sucesos de aquellos días en Madrid, pero no el haberme asomado a otro mundo paralelo al que no tardaría mucho en ser obligado a ingresar.

Siete años después, casi por la misma época, volvieron las noticias negativas sobre el cáncer de mi tía ya que este se reprodujo. Según palabras de mi madre lo tenía “salpicado por todo el cuerpo”. En esta ocasión no había indicios sobre la posibilidad de ser operada de nuevo sino de un inminente y fatal desenlace. Como en la anterior ocasión, estas no fueron las palabras utilizadas, ni siquiera mencionó que fuera a suponer el final para su hermana, pero no había lugar a la duda observando el lenguaje no verbal que consistió en un desconsolado y desesperanzador llanto.

Yo era entonces un parado de más o menos larga duración, aunque la novedosa calificación del desempleo instaurada por el gobierno me agrupaba con los demandantes de primer empleo, esta vez lo buscaba con contrato. Ni que decir tiene que no hubo que requerirme para las labores de acompañamiento. Mi hermano ya estaba empleado por si faltaban más excusas en su historial escapista.

Para este viaje determiné llevarme otro libro de Kipling, sin detenerme a pensar que intentara atraer la suerte para la salud de mi enferma, aunque en algún recóndito rincón de mi cerebro y en otro de mi corazón así lo deseaba. No era un impulso supersticioso ni fetichista. Descartada la nebulosa de ideas católicas imbuidas durante la infancia desde la escuela y la parroquia y supervisadas por mi madre, desarrollé en la adolescencia manías poco complicadas y ejercidas con no mucho convencimiento como llevar las mismas prendas deportivas, si lo permitía la uniformidad, en los partidos de fútbol que disputaba en los torneos del barrio o en los de la liga del instituto; usar el mismo bolígrafo en todos los exámenes o afeitarme los viernes (más bien despejar mi rostro del vello adolescente) y alguna otra tontería que acabaron siendo descartadas, sin fecha concreta, comprobada su inutilidad fehacientemente.

El libro en cuestión era un volumen de la editorial Bruguera que, siguiendo la costumbre de los editores del país, consistía en una recopilación de trece relatos que originalmente se hallaban repartidos en diversas colecciones concebidas por su autor, pero agrupados aquí bajo no se sabe qué criterios. Su título, “Arroyo amigo”, lo tomaba del primer relato seleccionado. He de confesar que aparte de los motivos antedichos, influyeron en mi elección el poético título y la impresionante imagen de la portada, fotografía artísticamente borrosa de dos soldados británicos buscando la gloria por el camino más corto, la muerte prematura, probablemente durante al 1ª Guerra Mundial, que en su momento también me indujeron a adquirirlo.

Durante el trayecto leí, aunque no por orden de presentación, algunas de las narraciones, como la bella y previsible que da título al volumen; “La iglesia de Antioquia”, que sugiere haber sido fuente de inspiración para los “Relatos romanos” del mejor Graves de ficción en su libro recopilatorio “El grito y otros relatos”; “Una virgen de las trincheras”, ejemplo de la naturalidad con la que el autor, mediante sus personajes, trata la truculencia de la guerra y las apariciones… en fin, hice lo posible por estar entretenido y saborear la prosa del genio de Bombay durante unas cuantas horas y de paso, cobardemente, escapar de la dolorosa realidad contra la que nada podía hacer y que afectaba hondamente a mi madre. No pudiendo consolar a una persona que casi me triplicaba en edad y me centuplicaba en sufrimiento, elegí la lectura.
Una vez llegados a Madrid, no hubo hospital del que apartarme. Esa misma tarde mi tía había sido desahuciada y trasladada a su domicilio, donde agonizaba en una habitación que yo recordaba haber sido comedor con ventana a la carretera de Andalucía y al skyline, perdón por el palabro, dominado por el Pirulí. Esta vez sí me fue dado contemplarla en su lecho de muerte, pálida y avejentada, dolorida y también fui testigo de cómo mi madre mintió, como solo una madre cree que debe hacerlo cuando le dijo: “¡Ay, pero qué guapa estás…!” en un tono tan lastimero y tan próximo al llanto como inversamente alejado de la alegría y de la realidad, pero ejecutado con las entrañas y el alma de una buena hermana, como si existiera la posibilidad de que sus palabras pudieran tener algún poder curativo o, cuanto menos, paliativo.

Volví a ser enviado con mi tía M.C. y su marido al barrio de Vallecas. Aunque no hubo habitación propia, pues ya no dormían juntos, tampoco perdí comodidad, ya que fui ubicado en el salón comedor con amplio sofá-cama, televisor y la potestad de leer hasta las tantas. Tampoco hubo ninguna guerra llamativa por sus contendientes y que apeteciera seguir, hay que recordar que el volcán balcánico aún tardaría en eructar toda su materia letal.
Descartado el milagro científico, sólo quedaba esperar. Curiosamente uno de los relatos que leí en aquella madrugada fue “El jardinero”, cuya temática aborda el amor materno-filial que se da entre una tía y su sobrino y en el que paradójicamente no es ella la que muere.

Sobre las ocho y pico de la mañana mi tío me despertó. Se había producido el fallecimiento en el nicho que desde hacía años tantos años había habitado. En seguida escuché de fondo el llanto de la mayor de las hermanas de mi madre.
Los tres nos maqueamos rápidamente y emprendimos la travesía de Madrid en taxi. Era un día soleado y sin muerte para todos los que se encontraban a nuestro alrededor.

Cuando llegamos, la vivienda, provisionalmente reconvertida en tanatorio, se había llenado de personas, algunas desconocidas para mí y otras que poco a poco fui reconociendo y saludando. Entre estas mi tío y su hijo llamados como yo, que parecían tan cohibidos como unos críos que no supieran lo que hacer, actitud endémicamente familiar (también la he sorprendido en mi hermano) y que consiste en mirar cabizbajo al suelo y a los lados, como intentando no obstaculizar el paso a ninguno de los presentes, y una de las vecinas, esposa de policía y la más próxima a mí en edad, y que parecía haberse hecho cargo de la situación repartiendo sencillas palabras de consuelo entre los dolientes. Para mi tía J. no había tal, pues no cesaba en una letanía consistente en la combinatoria de llanto y mantra:”Ay, mi hermana”, mientras mi madre le conminaba a ponerle fin argumentando que :”te vas a poné peó de losojo”. Al mismo tiempo me ordenó ayudar a amortajar a la difunta, vista la incapacidad del resto de los hombres, pero al momento de penetrar en la habitación, fui suavemente conducido al salón por la joven vecina que hizo pasar a mi madre y a otra mujer que no me fue presentada.

Alcancé a ver el rostro de mi tía P. que presentaba una asombrosa expresión de serena relajación a diferencia de la víspera en que su sufrimiento era patente, casi contagioso, y que le impidió dirigirme la palabra. Tan sólo me dirigió una mirada y me pregunto desde entonces si llegó a reconocerme. Sin duda alguna en aquellos momentos ya descansaba en paz. Recuerdo, por último, sus pechos desnudos blanquecinos y bamboleantes antes de que la puerta fuera cerrada a mis espaldas.

Cuando pudo ser velada, vestía un traje blanco de una pieza que la hacía parecer más joven y sujetaba entre sus manos, si es que los difuntos pueden hacerlo, un pequeño crucifijo metálico de color plateado.

En cuanto mi tía J. se tranquilizó un poco, hice labores de lazarillo acompañándola a la sucursal bancaria habitual, para que pudiera retirar el dinero suficiente para hacerse cargo de los gastos más inmediatos.

Todos los parientes allí reunidos acordaron acompañar, al día siguiente, el cadáver, hasta el pueblo, excepto mi madre, con la que volví a Barcelona, pues los otros dos hombres de la casa necesitaban de sus servicios.

Creo que demostré estar integrándome bien en el mundo adulto o quizás menos desentendido del mismo, exceptuando mi vergonzante actitud en el viaje de ida. En las treinta y tantas horas pasadas fuera de casa y como nuevo episodio tendente a afianzar dicha integración, me llegó una carta en la que una conocida empresa catalana de supermercados aceptaba mi solicitud de trabajo cuyo envío ya casi había olvidado. La vida seguía su curso y me iba aclarando el futuro, el más inmediato, pero pensé que para mi tía todo había sido destruido.

Algunos cadáveres más tarde, incluido el de mi padre, y a día de hoy, ignoro si es sintomático del estado de plena madurez, afirmo que creo en pocos conceptos abstractos que otros calificarían de trascendentes, algunos imprescindibles para la vida en sociedad.

He perdido la confianza en la especie humana, aunque a veces conozco a personas que me hacen concebir la esperanza de que me equivoque. Sólo me consuela de esta pérdida el pensar que cuando yo no esté en el mundo de los vivos, seguirá habiendo días de límpido cielo azul y de un sol amigablemente cálido y algunas de aquellas personas que me hayan conocido y quizás amado, escriban algo sobre mí, para seguir viviendo en sus papeles. Lo agradecería.

Los días que el desconsuelo me vence, pienso si no sería mejor, para evitar todo sufrimiento y decepción, sentirse como declara Umr Singh, el protagonista del relato de Kipling “Una guerra de sahibs”: “El resto es como un desierto… o como mi mano… o como mi corazón. Vacío, Sabih, ¡todo vacío!”.

Cortesía de Ricardo M. López Bella

Relato de una conversión, por Satur

Gusto de andar escotero, ya sea por las corredoiras de mi aldea camino del pueblo donde trabajo como contable en una funeraria, ya sea por las calles de Nit Yord o Ciudad Rodrigo, sitios que nunca he pisado salvo con los pieses de mi imaginación. Mi amigo Bremanel me dijo que Pedro Antonio buscaba nuevos talentos para que escribieran en su blot. Podía escribir algún texto relacionado con los libros, la política, los viajes o cualesquisieren experiencias autobiográficas que me pasaran a mí en consunción consuetudinaria con la cronología propia. De ahí que os cuente que cierto día, jaleado por los vientos, decidiera visitar alguna tierra ignota y exótica a la que me dirigí sin pensarlo tomando el autogús. «Uno para Madrid», le dije a la señorita de pelo rubio y crespo, labios como almohadas y senos punzantes que expedía los billetes. «Cómo está la Chakira, ¿eh?», me dijo mi primo Efrén, que vino a despedirme y es un tanto primario.

Como hacía siete años que no pasaba de Lugo disfruté enormemente del viaje. Como decía una Muno:

«Recórrense a las veces leguas y más leguas desiertas, sin divisar apenas más que la llanura inacabable donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo, alguna procesión monótona y grave de pardas encinas, de verde severo y perenne, que pasan lentamente espaciadas, o de tristes pinos que levantan sus cabezas uniformes. De cuando en cuando, a la orilla de algún pobre regato medio seco o de un río claro, unos pocos álamos, que en la soledad infinita adquieren vida intensa y profunda. De ordinario anuncian estos álamos al hombre: hay por allí algún pueblo, tendido en la llanura al sol, tostado por éste y curtido por el hielo, de adobes muy a menudo, dibujando en el azul del cielo la silueta de su campanario».

Y así, a la orilla de un pobre regato medio seco llamado Manzanares, llegué a Madrid, donde no se dibujaba la silueta de ningún campanario, sino la de cuatro torres muy altas que han dejado el Pirulí hecho una birria.

Ni corto ni perezoso tomé un tasis. Era la primera vez que tomaba un tasis y decidí disfrutar de la experiencia, aunque fue un tanto penosa. El tasista ni escuchaba la COPE, ni se metió con Zapatero o los comunistas, ni echó pestes del Barsa. Eso sí, me preguntó que por dónde quería que fuera al hotel. Yo le respondí que si no lo sabía él menos lo iba a saber yo. No se lo tomó muy bien, la verdad, y aunque no lanzó denuestos, sí puso cara de odiarme mucho, a lo que yo respondí frunciendo el ceño, chasqueando la lengua y resoplando por las narices. No entiendo esto de los tasis. Me salió más caro que el billete de autogús. Luego miraré el trayecto en el Googlet Macks.

Ya en el hotel, decidí darme un baño relajante con espuma. Llené de agua la pica del lavabo, puse jabón, lo batí bien y vertí poco a poco la espuma resultante en la bañera. Encendí unas velas, las coloqué por el suelo y me puse música de fondo: el Wash your hands here, de los Pint Flock, el Amarcord de Mike Oddfind y esa canción de Bock Dyland que dice «not, not, nothing of headers doll, nianinooooniaaaanooooo».

Ya repuesto de las inclemencias que asolan a todo viajero, me lancé a conquistar la ciudad. Llegué a la Puerta del Sol, la del Quince Ene, subí por Montera hacia Gran Vía e hice un hallazgo extraordinario. Se acercaron a mí varias muchachas la mar de simpáticas. No me había pasado en la vida. Vestían en general vaqueros ceñidos y llevaban bolsos altisonantes. Se dirigían a mí con delicadeza, tratándome de «cariño». ¿Quiénes serían estas lindas ninfas? Sin duda vírgenes en busca del amor verdadero. Quedé enternecido. Estuve a punto de entregarme, mas una duda asaltó mi mente: ¿y si no fuera yo la persona adecuada para expandir sus horizontes vitales? No soy un príncipe azul, precisamente. Una vez incluso me masturbé pensando en mi vecina. Por no hablar de la película con dos rombos que vi cuando tenía 17 años y me quedé solo en casa mientras mis padres se fueron al entierro del tío Amós. Soy un ser sucio y condenado de por vida. Lo que en ningún caso puedo hacer es pudrirle la vida a nadie, y menos a una ingenua muchacha que se acerca a mí con la pureza de sus ojos posándose en los míos. No, definitivamente tenía que dejarlas allí. Me despedí de la más insistente recitándole una poesía de Gustavo Adolfo Beckett.

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.

La dejé sin habla.

Dediqué el resto del día al caminar melancólico. Agotado ya, me senté en una terraza para ver pasar a la gente mientras libaba mi bebida favorita, una fanta caliente. Pasaban hombres afanosos y unas chicas… ¡Qué diferencia con las otras! Éstas, no contentas con enseñar los tobillos, ¡enseñaban hasta las manzanillas del culo! Andaban como fatigadas tras una orgía anaeróbica de sudores y cinética febril. El contraste me sumió en la desesperación. Qué cosa son las ciudades, baúl de cachivaches, jaula de todo lo imaginable. Sospeché que serían esas señoritas que fuman y de las que habla mi primo Efrén. Trabajan en cluts de alterne y hacen cosas contra natura. Me sorprendió que hubiera tantas. Es tanta la algarabía centrífuga y giróvaga de la urbe.

Acabada mi fanta caliente me apresuré a tomar otra en la terraza del Café del Espejo. A mi lado tertuliaban cuatro personas. Dos hombres de franca apostura, una chica hermosa y recatada y un gañancejo que se tomó primero una horchata y luego dos cervezas. Hablaban de todo, de historia y de literatura, y dieron por terminar en el balompié. El gañancejo era del Adleti, como uno de los francos apuestos, que al saber que la hermosa era del Madrid le dijo que no se podía dar más poder al poder, y se levantó para recitar un fragmento del Quijote:

— Bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: «¡Viva quien vence!».

Aquello me dejó a cuadros. Después de haber sido del Celta, del Deportivo, de la Cultural Leonesa, del Calvo Sotelo y del Barsa pensé que iba a asentar mi hooliganismo en el Real Madrid, combinado del que soy seguidor a muerte desde hace un año más o menos. Morinyo ha sido mi guía vital, y mis generales Ronaldo, Higüalín, Pepet y Concentrado. De hecho, pensaba acudir al día siguiente al polideportivo que el combinado merengue elevó en la Castellana y que recibe el excelso nombre de Santiago Bernabé. Pero aquel gesto revolucionario me llegó al alma. ¿Era yo un vendido al poder? Sí. Había errado mi camino vitoreando al opresor, me sentía pieza de un engranaje demoledor que aniquilaba el alma de miles de súdbitos entregados sin razón a una bandera blanca. ¿Y ahora? ¿Qué era ahora? Un hombre sin credo, un desposeído, un cascarón vacío junto a una papelera. En mi celebro comenzó a sonar una música que llegaba del fondo de mis entrañas, primero tenue como la respiración de un cordero durmiente, luego cada vez más cercana, más tersa, más vibrátil, más enardecedora. ¡¡Adleeeti, Adleeeti!!

Yo me voy al Manzanares,
al estadio Vicente Calderón,
donde acuden a millares
los que gustan de un fútbol de emoción.

Y aún más, sobreponiéndose a ésta, un cántico ancilar, una nube de tradición, una tormenta intrahistórica que fogosa apagaba el eco de mis desdichas. El himno del Metropolitano:

Rey de la furia española, futre
club altivo y generoso.
Eres de España aureola
y del fútbol el coloso.
En la Liga y en la Copa
y encuentro internacional.
Eres siempre tú el primero,
eres siempre tú el primero,
por tu juego sin igual.
Atlético de Madrid
Atlético de Madrid
Yo seré tu seguidor
yo contigo hasta morir.

Sí, ya soy del Adleti. He visto en Youtoubed todos los goles de Pablo Futrel, de Camionero, la elegancia defensiva de López, la excelsitud resolutiva de Milinko Pantick. Yo ahora soy del Cebolla Rodríguez, del Chelo Simenone. Sí, yo ahora soy un indio, un adlético de toda la vida. Temblar, culets; temblar, merengues. Satur is back.