Pro política

En el momento en el que empiezo a tener alguna idea muy clara sobre como resolver algún problema de la humanidad en general y mío en particular, me doy una ducha fría. Es un método magnífico. Baja de inmediato la temperatura corporal, se cierran los poros y el resto de orificios, y se sufre un espabilamiento general inmediato. Misteriosamente, mis grandes ideas suelen arrugarse a la misma velocidad con la que se encogen otros de mis notables atributos.

Si el método no funciona y la idea sigue indemne, me asomo a alguna de esas páginas que calculan, en tiempo real, la población mundial. En worldclock.com, por ejemplo, desde que he empezado a escribir hasta llegar a esta frase, la población ha pasado de 7.090.766.064 personas a 7.090.766.945. O escribo más rápido o copulan ustedes menos, porque lo nuestro ya está alcanzando niveles víricos.

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Pásen a ÇhøpSuëy. FANZINE ON THE ROCKS

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La nabalidad

El cuadro “The banality of the banality of evil” que Banksy, el grafitero más famoso del mundo, había adquirido en una tienda de segunda mano y había tuneado hasta conseguir que alcanzara un precio astronómico, fue robado hace unas horas y devuelto posteriormente embalado y en perfecto estado; más o menos.

El cuadro, que había sido “repintado” y retitulado por Banksy como “The banality of the banality of evil” (La banalidad de la banalidad del mal), había alcanzado un precio de 310.400 dólares (227,500 dólares) en una subasta para reclamar fondos para un proyecto contra el sida.

Tras su robo y posterior devolución, y vuelto a titular como “El despertar de la raza aria tras larga siesta con ÇhøpSuëy naciente”, ha alcanzado en una nueva subasta la despreciable cifra de 714.248 dólares con tres centavos y un billete de metro.

Bansky, aunque no ha podido ser entrevistado porque nadie lo conoce, ha negado la autoría de esta intervención sobre su obra y la ha calificado de “broma pesada realizada por algún imbécil o dos, sin criterio estético ni social ni amor a la humanidad”.

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Solo ante el pelícano

Todo va a peor. La luz melancólica del otoño empuja al recogimiento y a la reflexión, pero entre los abrojos florecen plantas iracundas y hasta el viento que azota el paisaje trae ecos de enormes peligros. Chillan las gaviotas y graznan los cuervos y todos los extraños llevan la mirada extraviada y el ceño fruncido. Quizá teman que explote al fin la central nuclear que, ¡oh cielos!, está situada sobre la Gran Falla. O que se derrita el Ártico y huyan los osos polares hacia Seattle o Vladivostok tras comerse a los activistas de Greenpeace absortos con la aurora boreal.

El mundo se derrumba. Los reyes ya no pueden cazar elefantes, los banqueros piden unas monedas porque peor que pedir es tener que robar, las cooperativas dejan de cooperar y feroces manadas de comunistas capitalistas chinos, agrupándose todos en la lucha final, muerden salvajemente los escrotos de Marx, Lenin y Mao. El fin de la Historia será un çhøpsuëy o un comedor de Ikea con menú de 1,99€, IVA incluido: hágaselo usted mismo.

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El fashionable

En 1822 el fashionable tenía que presentarse al primer golpe de vista bajo un aspecto desgra­ciado y enfermizo; eran de rigor el descuido en la persona, las uñas largas, la barba a medio afeitar, los cabellos en desorden, la mirada profunda, sublime, extraviada y fatal, los labios contraí­dos y el corazón, a lo lord Byron, lleno de pesares y sumido en el disgusto y el tedio por los misterios de la existencia.

Hoy ocurre lo contrario; el dandi debe tener un aspecto con­quistador, frívolo e insolente; se esmera en su compostura, lle­va bigotes o barba ovalada; sostiene la fiera independencia de su carácter, que se manifiesta conservando el sombrero encas­quetado, tendiéndose sobre los sofás y estirando las piernas hasta tocar con las botas las narices de las damas, sentadas en sillas delante de él y absortas de admiración; cuando va a caba­llo, debe llevar su bastón a guisa de cirio, sin cuidarse para nada del animal, que se halla como por acaso entre sus piernas. Es necesario que la salud del dandi sea perfecta y que su alma se encuentre en el colmo de cinco o seis felicidades; algunos dan­dis radicales, los más avanzados, gastan pipa.

Indudablemente todo habrá cambiado mientras yo los describo; ya se dice que el dandi actual no debe saber si exis­te, si hay mundo, si hay mujeres y si debe saludar al prójimo. Lo que se puede asegurar es que todos los ingleses son locos por naturaleza o por moda.

El día se distribuía en Londres del modo siguiente: se concurría a un primer acto social, consistente en tomar el desayuno en el campo a las seis de la mañana; después volvíamos a almorzar a la capital; nos vestíamos para el paseo de Bond-Street o de Hyde-Park; nuevo cambio de traje para comer a las siete y media; nos mudábamos otra vez para ir a la Ópera, y, a media noche, nos poníamos el último traje para una soirée o un sarao. ¡Qué vida tan agradable! Mil veces hubiera preferido estar en galeras.

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Alianza Editorial

Plaga de zoquetes

La noticia de que los españoles, junto a los italianos, son los más torpes de la OCDE en matemáticas y los más espesos en comprensión lectora ha causado gran desolación. Algo de esto intuía la generación mejor preparada de la historia, que en estos momentos friega platos en los pub londinenses o vacía papeleras en Múnich (que en alemán se dice München y en bávaro Minga. ¡Qué bavaridad!). Pero no sufran, aquí comparece un servidor para ofrecer ideas y para explicar que donde hay crisis, hay oportunidad.

Para empezar, corazones, admito que yo también estoy entre quienes tienen dificultades para entender las facturas de la luz, las ofertas de telefonía y la redacción de algunas leyes. Siempre había sospechado que lo hacían adrede, pero me quedo más tranquilo sabiendo que soy idiota. Sin embargo, pese a que por ser de Letras estoy eximido de utilizar la regla de tres o de saber calcular el interés compuesto de mi libreta de ahorros, hago grandes esfuerzos por comprender y calcular.

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RENOVARSE O MORIR

Queridas, queridos. Este blog, salvo que ustedes lo remedien, tiene una fecha de caducidad, el 11 de diciembre de 2013. Es el día anterior al elegido por WordPress Premium para asestarme un sablazo y, por tanto, el momento idóneo para irse con la música a otra parte. He de reducir mis gastos y, sobre todo, reconducir mis energías hacia esfuerzos más productivos. Tengo la convicción de que un blog no temático carece de sentido y ya va siendo hora de asumirlo.

Como siempre, ocurre que por aquí siguen entrando asiduamente alrededor de 80 personas (aparte de los visitantes ocasionales), sospecho que en muchas ocasiones por la posibilidad de tener una conversación divertida o por hacerse con los enlaces a las novedades de nuestros colegas. El NJ ha sido desde sus orígenes un buen contenedor para dejarse ver, pero quizá haya llegado el momento de recurrir a otros servicios de esfuerzo más distribuido como Facebook, Google+ (Twitter es otra cosa).

Tanto Facebook como Google+ ofrecen la posibilidad de crear Grupos o Comunidades (que pueden ser privados) y la posibilidad de que cada unos de los participantes incida en sus propias querencias. Con la ventaja de que se pueden establecer conversaciones paralelas y no es necesario un blogmaster.

La ventaja de Facebook es que está muy concurrido y es fácil ampliar el círculo de relaciones (aparte de que por allí ya están muchos de ustedes). Además, pueden poner fácilmente enlaces con sus noticias favoritas, sus musiquitas, sus fotos con el móvil, las frases filosóficas de su profesor de aromaterapia…

La ventaja de Google+ es que no hay nadie, es elegante y combina en el mismo entorno todas las herramientas de Google. Tan sólo se necesita una cuenta de Gmail.

Hay una última posibilidad. Que a alguna o alguno de ustedes le apetezca hacerse con la responsabilidad del chiringuito. O abrir uno nuevo.

Ustedes dirán.

Ruido y tetas

FemenHoy estoy radicalmente de acuerdo con el feminismo clásico en sus cautelas con Femen. Las acciones de estas chicas enseñando los pechos en los lugares más inesperados recuerdan en cierta manera a las de Greenpeace, aunque son más turbadoras. Es posible que haya gentes antiguas que se escandalicen, pero lo que surge de manera automática en nuestros cerebros mamíferos, a la vista de estas jóvenes desnudadas y hermosas oponiéndose a las fuerzas del orden, es un instinto de protección: ¡protejan como sea a esas mujeres! ¡que nadie haga daño a esos pechos!* Ayer en el Congreso, lo que más angustiaba era que alguna de ellas pudiera precipitarse desde la tribuna al hemiciclo.

¿Sirvió realmente la acción para lanzar un mensaje comprensible? Radicalmente, no. ¿Sirvió para producir solidaridad? Radicalmente, sí. Solidaridad con las jóvenes desnudas de cintura para arriba, tan fuertes y tan frágiles, pero incomprensión hacia su mensaje. Si para que alguien haga caso a lo que dices tienes que enseñar las tetas, tienes, además de una ignorancia severa de la teoría de la información, un gran problema de comunicación. Revisemos:

El emisor (chicas desnudadas) envía al receptor (diputados, público de la sala, espectadores de televisión, radio y periódicos) un mensaje (oral/escrito: «Aborto es sagrado»; visual: tetas) por medio de un canal (gritos, televisión, radio y prensa) en un contexto comunicativo (un acto ajeno que se interrumpe en donde están presentes muchos medios de comunicación).

Es obvio que el impacto comunicativo es radical porque se accede a una audiencia multiplicada por la presencia de medios y por el propio acto de sabotaje. Sin embargo el mensaje que se pretende transmitir llega a la audiencia totalmente distorsionado porque:

a) llega confundido con el mensaje que estaban transmitiendo en ese momento los medios de comunicación (la sesión del Congreso)
b) llega confundido por el alboroto y la presencia de agentes represivos
c) llega contaminado desde el primer momento por la arrolladora fuerza visual de los pechos desnudos. Consúltese lo que dicen la etología y la zoólogía sobre la función sexual del pecho humano (por ejemplo, Desmond Morris en «La mujer desnuda»). Es como utilizar el modelo publicitario de Jacq’s para anunciar una conferencia sobre los derechos de la mujer.

En realidad, y por resumir, se produce lo que en la teoría de la comunicación se denomina «ruido»: demasiados emisores, demasiados mensajes mezclados, demasiados canales y una orgía de receptores no seleccionados. El resultado es la confusión comunicativa y, por tanto, la escasa efectividad de la acción: demasiado público que no entiende. Si a ello sumamos que se pretendía transmitir un posicionamiento sobre un tema de gran complejidad ética, el aborto, mediante un eslogan sacralizante y agramatical («Aborto es sagrado») el resultado es un pan como unas tortas.

Al feminismo clásico —que a estas alturas es ya también un feminismo de la edad provecta— le molesta que las chicas Femen sean, además, jóvenes, guapas y con senos bonitos y que no inviten a sus madres, o a sus abuelas, a manifestarse con ellas, lo que acaba fomentando el modelo de mujer atractiva que el feminismo clásico y ciertos cerebros jurásicos combaten. Tranquilas, todo lo pone en su lugar el tiempo.

¿Y los machos, qué dicen? A estas alturas los pobres machos no hacen otra cosa que agachar la colita y reconocer que, efectivamente, esta vez tampoco han sido capaces de entender el mensaje ni fijarse en el color del pelo o los ojos de las chicas. De fracaso en fracaso.
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*Dénse cuenta de mi habilidad con la sinécdoque y en cómo refuerzo la teoría feminista que defiende que el erotismo y la pornografía, al fragmentar la visión de la mujer en trozos de carne, pasa de considerarla persona a convertirla en objeto.

Serias limitaciones

teniersUno de los mecanismos más ingeniosos de la creación artística es la «limitación creativa». Consiste en establecer un ingenio intelectual con una serie de reglas que no se pueden quebrar. Quizá el ejemplo más claro sea el de la poesía clásica, en donde el poeta se obliga a constreñir su expresión por una serie de formas predeterminadas como, por ejemplo, el soneto o —palabras mayores— la sextina. Raymond Quenau llevó también hasta el paroxismo sus ejercicios de limitación creativa escribiendo textos largos en donde prescindía del uso de alguna vocal. Naturalmente, las artes plásticas o la música utilizan constantemente este recurso, y así hay pintores que se obligan a utilizar una reducida gama de colores o músicos que deciden prescindir de la armonía.

Es evidente que el uso de la limitación creativa traza una línea que difícilmente puede atravesar el batallón de los torpes sin sufrir grandes bajas. Donde los artistas, aprovechando la limitación, alzan el vuelo, el resto pergeñamos un torpe aleteo gallináceo acompañado de cacareo y violentos choques contra el suelo.

Ese mecanismo de limitación se establece también en otras disciplinas. ¿Qué son acaso la mayoría de los deportes sino estrictas limitaciones creativas? El fútbol prohíbe jugar con las manos, el baloncesto con los pies y el béisbol obliga a golpear la pelota con un bate y no con una raqueta o una pata de jamón. Bailar la lambada no es lo mismo que ejecutar un ‘pas de deux’, de la misma manera que disparar una ametralladora virtual en un videojuego no equivale a disparar con el escopetón a la pantalla del ordenador.

La limitación creativa, en fin, no es más que una forma elegante de denominar al «reto», es decir, la base de la mayoría de los juegos humanos: ¿a dónde podemos llegar no pudiendo hacer esto?

La política es, dentro de los juegos humanos, un ejercicio estricto de limitación creativa. No se puede jugar con los pies, está prohibido embestir con los cuernos al adversario y hay cientos de reglas que obligan a los contendientes a poner todo su empeño para superar las limitaciones y crear extraordinarios espacios de convivencia y felicidad. Naturalmente, todo lo dicho sobre el batallón de los torpes cobra aquí una importancia capital. El «estado del arte» en estos momentos no invita al optimismo. A las limitaciones propias del invento los tramposos añaden las suyas propias para que pueda encajar la gallina en el perfil del águila.

En fin, que hay días tontos en los que no apetece ni practicar el verso libre y en que dan ganas de mandar el tablero de juego a tomar por culo.

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En ese la mayoría de los juegos humanos hay una enorme inexactitud, pero me temo que es un jardín en donde hoy no voy a entrar.

Feliz e indocumentado

En 1973 Gabriel García Márquez publicó un libro de crónicas y reportajes cuyo título, «Cuando era feliz e indocumentado» resume el estado al que siempre aspiré en mi juventud. (Bueno, también deseaba ser invisible, pero tampoco hay que forzar).

Ser indocumentado suponía no tener nombre y poder vagar libremente por el mundo sin obligaciones y sin objetivos, sólo por el placer de explorar y de conocer gentes. Facilitaba mucho este anhelo de huída y exploración vivir en un país antipático y gris, dado a la exaltación nacional, al folklorismo agilipollante y a la inclinación al crimen (o sea, como ahora pero con más curas y militares), aunque también ayudaron las lecturas de Stevenson y Jack London o las canciones de Dylan y Neil Young.

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