Toc toc

leon

Aunque retorciendo a mi favor la interpretación de la frase de Rilke de que la verdadera patria del hombre es la infancia, no veo la necesidad de irme a vivir a ella. Y mucho menos de disfrutar de la banderita, el himno o las fábulas y fantasías de otro niño.

Se equivocaba Baroja al afirmar que el nacionalismo se cura viajando: se cura madurando.

Lo que ocurre es que tampoco maduran igual un melocotón y un coco.

¡Muuuuuuuuu!

Ayer descubrí atónito que, prácticamente sobre la vertical de mi casa, atraviesa una autopista aérea. Ya ha transcurrido bastante tiempo desde que paso aquí parte de la semana, pero era la primer vez en la que coincidían —estando yo presente— varios fenómenos atmosféricos: un viento sur suave pero persistente que impedía la llegada de la bruma del mar, un cielo de una limpieza extraordinaria, una temperatura agradable que invitaba a sentarse en la terraza y una luna que aún tardaría algunas horas en aparecer. Eran las nueve de la noche y en el cielo, más negro aún que mi alma, destacaba el brillo extraordinario de Saturno, que minutos después desaparecería por el horizonte. En apenas unos minutos de observación pude ver el pulsar de las luces de posición de una decena de aviones volando hacia el norte. Sólo uno parecía ir mucho más bajo, quizá aproximándose a su destino.

Dsc_0021_ssVolvió a invadirme esa sensación de estupor ante la rapidez del mundo y el movimiento de los humanos en distintas direcciones que experimento en los aeropuertos, en las estaciones de tren y de metro, en las paradas de autobuses, en los ferrys, y volví a sentir el vértigo de sentirme minúsculo, recambiable e innecesario. Debe ser esto a lo que llaman tener una experiencia espiritual. En el silencio de la noche fui consciente de que, para un observador externo, no sería muy distinto a una vaca viendo pasar los trenes, así que apuré la cerveza, entré dentro y tomé el mando del televisor para volver a sentirme dueño de mi destino.

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La inquietante idea de que cada cierto tiempo la mayor parte de nuestras células, incluidas las cerebrales, se regeneran, lleva a muchos entusiastas a afirmar que no somos la misma persona que fuimos. Nada me gustaría más que dejar de ser el capullo que fui a los veinte años pero, a pesar de mis esfuerzos, el sustrato central de mi personalidad subyace incólume bajo diversas capas de barniz. Afortunadamente, sigo estrictamente desde hace años un precepto de acero, «jamás te conozcas a ti mismo», que me mantiene a distancia de mi yo automático y me permite adoptar las formas y costumbres de las personas más inteligentes, sensibles y aseadas.

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La algarabía humana que se forma alrededor del Festival de cine de San Sebastián permite apreciar a la variada fauna del género artístico que pulula por la ciudad. Llaman siempre la atención esas viejas estrellas empeñadas en parecer ser las que eran hace cuarenta años, vistiendo ese estilo que fue tan moderno. Pero entre esa indirecta reivindicación de las nieves de antaño no esperaba ver a un correoso punk de más de sesenta años llevando con distinción —es decir, con elegante indiferencia y sin ostentación— chupa de cuero negra, botas militares, pantalón pitillo y una ya atemperada cresta.

La letrina ibėrica

imageUna experiencia esencial en la guerra es la imposibilidad de librarse en ningún momento de los malos olores de origen humano. Hablar de las letrinas es un lugar común de la literatura bélica, y yo no las mencionaría si no fuera porque las de nuestro cuartel contribuyeron a desinflar el globo de mis fantasías sobre la guerra civil española. La letrina ibérica en la que hay que acuclillarse ya es suficientemente mala en el mejor de los casos, pero las del cuartel estaban hechas con una piedra pulimentada tan resbaladiza que costaba lo suyo no caerse. Además, siempre estaban obstruidas.

En la actualidad recuerdo muchísimos otros pormenores repugnantes, pero creo que fueron aquellas letrinas las que me hicieron pensar por primera vez en una idea sobre la que volvería a menudo: «somos soldados de un ejército revolucionario que va a defender la democracia del fascismo, a librar una guerra por algo concreto, y sin embargo, los detalles de nuestra vida son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en una cárcel, y no digamos en un ejército burgués». Ulteriores experiencias confirmaron esta impresión; por ejemplo, el aburrimiento, el hambre canina de la vida en las trincheras, las vergonzosas intrigas por hacerse con las sobras del rancho, las mezquinas y fastidiosas peleas en las que se enzarzaban hombres muertos de sueño.

El carácter de la guerra en la que se combate afecta muy poco al horror esencial de la vida militar (todo el que haya sido soldado sabrá qué entiendo por el horror esencial de la vida militar). Por ejemplo, la disciplina es idéntica, en última instancia, en todos los ejércitos. Las órdenes se tienen que obedecer y cumplir con castigos si es preciso, y las relaciones entre mandos y tropa han de ser relaciones entre superiores e inferiores. La imagen de la guerra que se presenta en libros como Sin novedad en el frente es auténtica en lo fundamental. Las balas duelen, los cadáveres apestan, los hombres expuestos al fuego enemigo suelen estar tan asustados que se mojan los pantalones.

George Orwell. Recuerdos de la guerra de España. Debate

¿Para qué viajamos?

DSCN0770 - Mont Saint-Michel-001Hace unos años, en una de las decisiones más estúpidas de mi vida (y han sido miles) decidí no volver a viajar con cámara de fotos. Pasé a ser uno de esos turistas sin mapa, sin botellín de agua y sin cámara que se confunden con la población local. Es cierto que aumenta ligeramente la comodidad y que los nativos intentan entablar conversación, pero el precio es muy alto: la información no se queda fijada en el cerebro. Por culpa de esa decisión he olvidado o confundido varios viajes importantes, ya no puedo rememorar las caras de las personas y supongo que se han perdido para siempre imágenes y conversaciones. Algo parecido a lo ocurrido con la memoria de mi juventud, de donde se han borrado rostros y personas, algunas muy amadas, a quienes no he vuelto a ver.

¿Para qué viajar? La respuesta es demasiado obvia: para estar en otro sitio. O quizá, mejor: para estar en otro momento. El viaje produce el efecto de situarnos en un espacio intemporal que relaja las preocupaciones, quita importancia a las noticias y pone en su lugar nuestro papel en el mundo: irrelevante.DSCN0628 - Carnac-001

Pero tengo una respuesta mejor. Viajamos para almacenar recuerdos y emociones, como esos replicantes de Blade Runner, que se hacían con fotografías de un pasado falso para tener soporte de sus recuerdos implantados y poder fingir sentimientos. Por eso es tan apropiado que las basurillas turísticas que adquirimos en nuestros viajes se llamen así precisamente, recuerdos. Creo que fue Hume quien dijo que nuestra percepción consiste en una serie de recuerdos inconexos unidos por la imaginación; probablemente eso es una vida.

Casi con toda seguridad acabaré olvidando que me confundí de manguera al llenar el depósito del coche, que casi salto en bolas a la calle por una alarma de incendios en medio de la noche o que nos perdimos en un bosque para toparnos con media docena de guiones de codorniz bebiendo en una fuente. Pero jamás olvidaré los dólmenes de Carnac o a los amantes de Saint Michel.

Adiós, maestro

blancoMe entero ahora mismo de la muerte de Carlos Blanco Aguinaga, mi viejo profesor de Literatura Española. Era un gran tipo, extraordinariamente afectuoso, amable y seductor. Volvía locas a muchas de mis compañeras de clase con aquel acento dulce y delicadamente mejicano. Llegó en 1980 a la Facultad de Filosofía y Letras de Vitoria como profesor emérito invitado por Koldo Mitxelena y enseguida montó un Taller de Literatura por donde fueron goteando muchos de los espíritus libres e izquierdistas del momento (Jon Juaristi, Antonio Duplá, los faulknerianos Ibon Sarasola e Inés Pagola, y algunos estudiantes vagamente despistados y gafotas que contrastaban violentamente con la avasalladora y brillante Itziar Laka).

Blanco Aguinaga había salido exiliado hacia México en 1936, con diez años, justo al empezar la Guerra Civil, y en aquel año de 1980 traía consigo parte de la mitología que buscábamos saciar los curiosos: el prestigio del exilio, su conocimiento de las revueltas universitarias de California, su militancia comunista en el país del macarthismo, su amor por el cine y la novela negra, o aquellos pantalones vaqueros que le distinguían del resto del profesorado universitario.

Acababa de escribir, junto a Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala su Historia social de la Literatura española, una interpretación materialista de la creación literaria que por entonces resultaba refrescante. Quienes no sentíamos gran simpatía por los galimatías de la lingüística aprendimos gracias a este libro los rudimentos de la crítica socio-literaria, que consiste básicamente en dibujar una estampa socio-económica del siglo para luego ajustar cuentas ideológicas con el autor; lo del placer de la lectura es secundario. ¡Los momentos de gloria que me ofreció esta técnica para mis trabajos y exámenes de literatura!

También despertó en mí la afición por la novela negra (él escribió Ojos de papel volando, y nos trató de convencer de que era imposible escribir novela negra creíble en España) y me dio a conocer al gran Philip Roth. Pero lo que más le agradezco fue la experiencia exótica de participar en su taller clandestino e itinerante de comunismo, que iniciamos (y no terminamos) con la lectura comentada del Manifiesto. Allí me junté con una célula vizcaíno-alavesa de la Liga Comunista Revolucionaria, buenos chicos y serias chicas, que me introdujeron en la lectura de Herbert Marcuse. Podrá parecer una experiencia paranormal, pero en un entorno en donde campaban a sus anchas los patriotas vascos, era lo más exótico que se podía encontrar. En todo caso, creo que las lecturas de Marcuse y mi tendencia a leer todo lo que me señalaban como burgués o criptocapitalista influyeron decisivamente en mi huida al galope del comunismo.

En aquellos años, el comunismo vasco andaba a la greña y a Carlos le oí refunfuñar, aunque sin demasiada convicción, contra la prevista fusión con Euskadiko Ezkerra. Mario Onaindía andaba entonces por la Facultad como estudiante de Filología Inglesa tras salir de la cárcel y me temo que ya había seducido con su brillantez a Juaristi y acabó convenciendo a Blanco que, por otra parte, tampoco se enteraba demasiado de los líos vascos.

También protestaba porque Juaristi nos hubiera abducido con el romancero tradicional, que él consideraba el remanente de una concepción señorial y feudal opuesta a la literatura protestona de la lírica, aunque parecieron abrírsele los ojos tras una conferencia de Diego Catalán Menéndez-Pidal.

Como profesor, Blanco sólo me dio clases un par de años, en los cursos superiores, y aún recuerdo como experiencia chiripitifláutica su idea de someter a votación entre los alumnos el inabarcable programa del curso, para intercambiar amplitud por profundidad: todos mis compañeros votaron por prescindir del teatro y la poesía para centrarse en la novela.

Todos sus alumnos evocamos sus clases con simpatía porque instaba a participar y porque sabía reconducir suavemente los debates a su terreno sin que nadie se sintiera ofendido ni menospreciado. A mí solía torearme cada vez que me ponía punkie, lo que me ocurría con cierta frecuencia, como aquella vez que al abordar la llamada “literatura femenina” (creo recordar que acababamos de leer “Tiempo de cerezas” de Monserrat Roig) la definí como un subgénero literario por su temática, protagonistas, propensión a la lírica floral y así. Me dio un par de pases de muleta, me desactivó con un chiste y consiguió que las chicas no me lincharan.

La última vez que le vi fue en Bilbao, hace ya muchos años, en una espléndida conferencia sobre Unamuno tras la que se empeñó en hacerme entrar en la Sociedad Bilbaina, para que conociera el templo de la burguesía local por dentro. Me presentó por mi nombre y apellido y algunos creyeron entender que era su hijo. Después, rechazó la invitación a cenar y nos fuimos, junto a Jon y otros amigos, a tomar un café a La Granja. Recuerdo de lo que hablamos entonces y de lo que nos reímos.

Descansa en paz, maestro.

Con auténtico sabor a nada

Es difícil exagerar el profundo entusiasmo intelectual de la genética posterior a Watson y Crick. Lo que ha ocurrido es que la genética se ha transformado en una rama de la Tecnología de la Información. El código genético es realmente digital, en el preciso sentido en que lo son los códigos informáticos. No se trata de una vaga analogía, es la verdad literal. Más aún, a diferencia de los códigos informáticos, el código genético es universal. Los ordenadores modernos se construyen utilizando un sinnúmero de lenguajes mutuamente incompatibles, que están determinados por sus procesadores. El código genético, en cambio, con unas pocas excepciones de menor importancia, es idéntico en todas las criaturas vivientes de este planeta, desde las bacterias del azufre hasta los árboles más altos, desde los hongos hasta los seres humanos. Todas las criaturas vivientes, de este planeta al menos, tienen la misma «confección».

Las consecuencias de ello son asombrosas. Significa que una subrutina de software (eso, precisamente, es un gen) puede ser Copiada de una especie y Pegada en otra, donde funcionará exactamente como lo hacía en la especie original. Esta es la causa de que el famoso gen «anticongelamiento», evolucionado originalmente originalmente en un pez del Ártico, pueda salvar a un tomate del daño de la helada. Del mismo modo, un programador de la NASA que deseara una buena rutina de raíz cuadrada para su sistema de guía de cohetes, podría importarla de una aplicación financiera. Una raíz cuadrada es una raíz cuadrada. Un programa que realice este cálculo servirá tan bien en el caso de un cohete espacial como en el de una proyección financiera.

¿Cuál es la causa, entonces, de la difundida hostilidad -que llega a ser repugnancia— contra tales trasplantes «transgénicos»? Sospecho que su origen es una concepción errónea, propia de tiempos anteriores al trabajo de Watson y Crick. Probablemente, el atractivo pero erróneo argumento es más o menos así: el gen anticongelamiento de un pez debe de llevar consigo algo de «sabor» a pescado. Seguramente, una parte de ese sabor debe contagiarse. Seguramente es «antinatural» insertar el gen de un pez, cuya única «finalidad» siempre ha sido funcionar dentro de un pez, en una célula de tomate. Con todo, nadie piensa que una subrutina para calcular raíces cuadradas lleve consigo un «sabor a finanzas» cuando se la inserta en un sistema de guía de cohetes.

Richard Dawkins. El Capellán del diablo. Reflexiones sobre la esperanza, la mentira, la ciencia y el amor. Ed. Gedisa, 2005.

Un estricto cumplidor

Para mi desgracia soy un notable cumplidor de todo tipo de leyes y normativas, no sólo de las inscritas en mi neocórtex. Supongo que eso motiva mis sarpullidos ante la alegría con la que nuestros parlamentos prodigan leyes en Boes y similares.

De vez en cuando cometo una falta, y el Sistema aparece raudo para sancionar y castigar mi conducta. Entonces, por poco resquicio que me deje, tomo mi pequeña venganza. Cumpliendo escrupulosamente lo que me pide, lo hago de una forma que en más de una ocasión me ha resultado exitosa, consiguiendo que venza un plazo de comunicación al administrado u obteniendo directamente el perdón de forma documentada.

Generoso como soy, pongo a su disposición un ejemplo de contestación a una notificación de denuncia, aplicable a los que como yo circulamos con un auto registrado a nombre de un hijo u otro familiar, que es quien recibe la boleta y quien debe estampar su firma al final. En su caso el mío se reía mucho mientras firmaba. Quiero creer que a algún funcionario también se le escapaba la risa, y por eso pulsaba la tecla expiatoria.

Los datos concretos, como es natural, hay que adaptarlos a la casuística.

Disclaimer: las reclamaciones, a Robby.

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Ayuntamiento de Tegucigalpa

Jefe del Servicio de Reclamaciones de multas del Instituto municipal de Hacienda

Aureliano Buendía Fuentes, provisto con documento nacional de identidad numerado 69405080Y, y domiciliado en Santa Eufemiana, calle Libertades catalanas 43, comparece y expone:

Que ha recibido notificación de denuncia por presunta infracción de circulación profusamente identificada con el numero de expediente 2010-0087431, de certificado 1724-7 de recibo MU201040500069690 en fecha de imposición dieciocho de enero de dos mil trece, mediante la cual se presume que el compareciente circulaba con una velocidad que excedía el límite superior impuesto por la Autoridad competente frente a la finca numerada 671 de la avenida de la ciudad de Tegucigalpa el día dieciocho de marzo del mismo año a las dieciséis horas y catorce minutos, lo cual es motivo de absoluta disconformidad, ya que es perfectamente consciente de dónde estaba en el momento descrito anteriormente, o sea a las dieciséis horas y catorce minutos del día dieciocho de marzo, siendo el lugar en cuestión distinto y alejado en el espacio de aquel que se presume o cita en la denuncia, o sea el automóvil identificado con la placa de matrícula 6969HPI que presumiblemente motiva el desencadenamiento de la mencionada notificación de denuncia, no viniendo al caso en este momento la precisión exacta del lugar en cuestión ni de las evidencias probatorias que en su caso acreditarían esta afirmación, ya que la notificación tantas veces mencionada aconseja vivamente que en el caso de no ser cierta la presunción de conductor establecida probablemente por asociación con la titularidad del vehículo, asociación que en este caso es errónea puesto que el firmante denunciado no es en la actualidad conductor habitual del vehículo en cuestión, se proceda sin mayor dilación que la que cabe en el periodo de diez días naturales a comunicar al organismo denunciante la identidad de la persona que pueda ser conductora del vehículo en el momento precitado, lo cual exige de la administrado la tarea de evocar la lista de personas que en el periodo antes citado han tenido acceso a las llaves del vehículo en cuestión así como la autorización para utilizarlo, dando como resultado esta tarea, aún teniendo que vencer la natural repulsión que produce el sentimiento de delación a un progenitor, la mención de una sola persona que puede considerarse como conductor del vehículo en el momento y fecha en el que se produce el ilícito presunto denunciado, y que en los archivos de las múltiples y diversas administraciones que tienen a bien tutelar las vidas y haciendas de los ciudadanos y ciudadanas de este bendito país, nación, comunidad o estado consta identificado con el número de documento nacional de identidad veintisiete millones equiscientos mil tropecientos ocho, así como con el preciso nombre de Aureliano Buendía Matamoros, domiciliado a los efectos de comunicación por parte de este Ayuntamiento en la avenida de la república celestial doscientos setenta y cinco de Tegucigalpa, todo lo cual comunica el firmante al efecto de precisar su disconformidad con la denuncia motivadora de este escrito y la solicitud del archivo de las actuaciones sancionadoras de su persona derivadas de la misma, así como al efecto de evitar actuaciones ulteriores de la administración advertidas en la notificación para el caso de incumplir el ciudadano deber de comunicar la identidad del conductor del vehículo automóvil.

Es gracia que espera merecer del recto proceder de V.I. cuya vida guarde Dios muchos años.

Ayuntamiento de Tegucigalpa
Instituto Municipal de Hacienda

Cortesía de Holmesss

Sólo miente / Miente solo

Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir «en su propio mundo», un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.

De ello se sigue que la verdad y nuestra preocupación por ella nos conciernen de un modo que no sólo tiene que ver con nuestros intereses prácticos y cotidianos, sino que al propio tiempo poseen un significado más profundo y perjudicial. Una de las poetisas contemporáneas cuya lectura resulta más gratificante, Adrienne Rich, nos ofrece una descripción de los efectos perversos que, inevitablemente, conlleva la mentira (además de su pernicioso efecto sobre la persona a la que se miente) para el propio mentiroso. Con poética exactitud, Rich nos dice que «el mentiroso lleva una existencia de indescriptible soledad» (“Women and Honor: Some Notes on Lying», en Adrienne Rich, Lies, Secrets, and Silence, Nueva York, 1979, pág. 191).* La soledad es precisamente indescriptible porque el mentiroso ni siquiera puede revelar que está solo –que no hay nadie en su mundo inventado– sin descubrir, al hacerla, que ha mentido. Oculta sus propios pensamientos, aparentando creer lo que no cree, y de ese modo hace que a las demás personas les resulte imposible establecer una relación plena con él. No pueden responderle tal como es en realidad. Ni siquiera pueden ser conscientes de que no lo hacen.

El mentiroso, puesto que miente, no quiere permitirse que le conozcan. Esto es un insulto a sus víctimas, un insulto a su orgullo. Por ello les veda el acceso a una forma elemental de intimidad humana que normalmente se da más o menos por supuesta: la intimidad que consiste en saber qué sucede, o qué hay, en la mente de otra persona.

Harry G. Frankfurt. Sobre la verdad

Poco graves

Paseando ayer por la costa francesa damos en coincidir en que las voces de los varones franceses son, por lo general, más graves que las de los españoles. Aventuro la hipótesis —improvisada en ese mismo momento— de que a medida que descendemos hacia el sur las voces varoniles se vuelven más livianas; hay un norte escocés y normando y un sur arábigo-andaluz. Bajarse al moro es entrar en un territorio de voces poco profundas, de sonidos que nacen en la flor de la garganta. Hasta que llegan los hombres de la costa de Senegal, cuyas palabras parecen brotar del fondo de una cueva, y el orden se restablece.

Mi hipótesis es tan poco convincente que no me la creo ni yo, pero no apetece empezar a especular con la lingüística; sería poco edificante ver a dos filólogos pasear entre los bañistas hablando de lenguas que velarizan la k o nasalizan las vocales. Pero en lo que coincidimos ambos es en donde se produce uno de los picos máximos del languidecimiento vocal: Brasil.

Y sin embargo, cómo galopaba Roberto Carlos por la banda.

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Apunta Arcadi Espada a un artículo de Cristian Campos en donde leo de nuevo el lamento milonguero de que lo que hacen las revistas del corazón o Jordi González no es periodismo. Periodismo es, al parecer, ese oficio legendario que no parece practicar nadie y del que se da cuenta en las películas de Wilder y en los artículos que alaban el periodismo. Yo fui cegado por ese mito y recuerdo que uno de mis profesores iniciaba todas sus clases con una frase augusta, «Bienvenidos al mejor oficio del mundo», que me dejaba siempre preocupado. Se me hacía raro que me diera la bienvenida entusiasta al periodismo alguien que lo había abandonado hace décadas por el funcionariado; tardé algún tiempo en darme cuenta de que le traicionaba el subconsciente y que el mejor oficio del mundo era, de largo, el de profesor universitario en una facultad de periodismo tan poco ejemplar como la de la Universidad del País Vasco.

Así que me temo que no, que periodismo es más bien lo que definía a Enriqueta La Pisa-Bien en Luces de Bohemia, «una mozuela golfa, revenida de un ojo, periodista y florista», es decir, una vendedora de periódicos, o de noticias, o de chismes (en el doble sentido de la palabra). No digo que no sea más bonita la leyenda que la realidad, pero en las Facultades de periodismo te alaban lo legendario (Bernstein y Woodward, Kapuscinski) y luego te enseñan contraperiodismo, que es lo que hay que aprender para ser jefe de prensa de un político, de una agencia o de una empresa; es decir, a ocultar la verdad ofreciendo información.

No digo yo que no sea más bonito pensar que periodistas, lo que se dice periodistas, hay más bien pocos. Pero entonces convendría dar nombre a toda esa legión de transmisores de noticias que vive de dar cuenta de las ruedas de prensa, de aventar chismes, de aflorar las líos de bragas y braguetas, o de perseguir las evoluciones del esférico. Que pagaron sus matrículas y obtuvieron su título. Y se lo dieron licenciados y doctores que se decían periodistas.

Vestidos tradicionales

JuaristiComo la política de identidades se dirige frontalmente contra el Estado y el principio de isonomía, niega la identidad nacional como sustento de derechos y reclama, en lugar de ello, los supuestos derechos de las identidades étnicas; es decir, de grupos definidos por rasgos accesorios desde el punto de vista de la identidad política, como la lengua o la religión. Las reclamaciones de este tipo son esgrimidas no tanto por su significado literal o intrínseco (esto es, por la conveniencia o necesidad de cultivar una lengua determinada privada de reconocimiento oficial, de salvar unas expresiones culturales amenazadas o de garantizar la libertad de culto) como por su eficacia en cuanto factores de deslegitimación del Estado. Así se da frecuentemente la paradoja de líderes o fundadores de movimientos nacionalistas que nunca han hablado la lengua que dicen defender, ni han participado de la cultura o etnocultura de la que se sienten o dicen sentirse herederos, ni practican la religión que afirman profesar. Las identidades etno-nacionalistas no se basan en la posesión de unos rasgos objetivos, sino en el rechazo de la identidad política promovido por la nación-estado. Muchos de los que se dicen nacionalistas no habrían sido admitidos en el seno de las comunidades que vindican. Es más, la condición de posibilidad de su nacionalismo deriva del hecho de que tales comunidades alternativas a la nación ya no existen. Una comunidad nacionalista no es una comunidad tradicional, sino un sector de la población movilizado contra el Estado. Su identidad se extrae de la movilización misma y, y no de realidad alguna preexistente de carácter etnocultural, lingüístico o religioso. En otras palabras, un nacionalista del Antiguo Régimen, es decir, un nacionalista de la época romántica, que buscaba crear un Estado nacional contra un Imperio o una monarquía absoluta, y que era por lo general un intelectual de extracción urbana, podía reivindicar activamente los rasgos objetivos definitorios de la identidad subalterna que quería convertir en eje de su proyecto de emancipación nacional, sin perder por ello su credibilidad. Podía, por ejemplo, cambiar su traje burgués por la vestimenta tradicional de los campesinos, porque en aquella época los campesinos no solían ser nacionalistas, pero vestían prendas tradicionales distintas de las que llevaban los burgueses. Podían escribir gramáticas y componer diccionarios para normalizar los idiomas vernáculos o publicar recopilaciones de cuentos y canciones populares sin caer en el descrédito, porque los campesinos hablaban aún vernáculos no normalizados y cantaban las canciones que habían aprendido de sus abuelos analfabetos. La situación de estos nacionalistas decimonónicos era, salvando las distancias, semejante a la de aquellos burgueses revolucionarios de comienzos del pasado siglo que se desclasaban, adoptando el modo de vida de los proletarios cuando aún había proletarios.

JON JUARISTI. Espaciosa y triste. Ensayos sobre España. Espasa 2013.
En Casa del Libro.

El fragmento corresponde al ensayo titulado Identidad política y política de identidades que pueden leer completo en esta versión previa publicada en Letras Libres.