La belleza de los días idos (final sin traca)

thats_all_folks-wideQueridas, queridos. Hasta aquí hemos llegado. Dénse por abrazados y no olviden vitaminarse y mineralizarse para afrontar el mundo real con alegría y determinación. Gracias a todos, especialmente a los que han colaborado enviando textos, pero también a quienes han tenido la amabilidad de comentarlos o de mejorar su comprensión. Y un agradecimiento especial a Robby, que lo ha soportado todo y, a veces, hasta ha corregido los textos, sin dar demasiado la lata.

Mañana, día de San Martín, 11/11 a las 11:11, llegará mi hora y cerraré los comentarios del blog. No obstante les cederé la mitad de mi capa. A la misma hora abre el garito ÇhøpSuëy, Fanzine On The Rocks, www.chopsuey.es, en donde quienes lo deseen podrán seguir enlazando sus artículos o sus blogs y haciendo uso de las instalaciones. Quienes quieran mantener un contacto algo más estrecho, aunque sin rozamiento, pueden encontrarme en: https://www.facebook.com/josean.perroantonio.blanco. Claro que si no me dicen quienes son en formato nick, quizá no les acepte como “hamigos”.

Y como no quiero que caigan en la melancolía, les dejo un enlace que, sin duda, ya conocerán porque lo hemos citado algunas veces, la increíble web de Google Art Project, que merece verse a pantalla completa y que es un magnífico lugar para perderse durante horas.

Les dejo con mi canción de despedida favorita, The Beauty Of The Days Gone By (La belleza de los días idos), de Van Morrison. Hasta la vista, compañeros, ha sido un placer.

Rebeldes o asesinos

camus¿Pero vivimos todavía en un mundo rebelde? ¿La rebelión no se ha convertido, por el contrario, en la coartada de nuevos tiranos? El “existimos” contenido en el movimiento de rebelión, ¿puede, sin escándalo o sin subterfugio, conciliarse con el asesinato? Al asignar a la opresión un límite más acá del cual comienza la dignidad común a todos los hombres, la rebelión definía un primer valor. Ponía en la primera fila de sus referencias una complicidad transparente de los hombres entre ellos, una contextura común, la solidaridad de la cadena, una comunicación de ser a ser que hace a los hombres semejantes y unidos. Así hacía dar un primer paso al espíritu en lucha con un mundo absurdo. Con este progreso hacía más angustioso todavía el problema que ahora debe resolver frente al asesinato. En efecto, al nivel de lo absurdo, el asesinato suscitaba solamente contradicciones lógicas; al nivel de la rebelión es desgarramiento. Pues se trata de decidir si es posible matar a quienquiera que sea cuya semejanza acabamos de reconocer y cuya identidad acabamos de consagrar. Apenas superada la sociedad, ¿hay que volverla a encontrar definitivamente justificando el acto que excluye de todo? Obligar a la soledad a quien acaba de saber que no está solo, ¿no es el crimen definitivo contra el hombre?

En lógica se debe responder que asesinato y rebelión son contradictorios. En efecto, si es asesinado un solo amo la rebelión, de cierta manera, no está ya autorizada a llamarse la comunidad de los hombres que constituía, no obstante, su justificación. Si este mundo no tiene un sentido superior, si el hombre no tiene sino al hombre como fiador, basta con que un hombre excluya a un solo ser de la sociedad de los vivos para que se excluya a sí mismo.

Albert Camus. El hombre rebelde.

Philosophes

enciclopedistasSe llamaban philosophes, pero no eran pensadores solitarios que crearan sistemas de difícil comprensión; antes bien, escribieron elegantes ensayos dirigidos al gran público, sátiras, interesantes novelas e ingeniosos diálogos. Eran escritores que filosofaban y se llamaban Diderot, D’Alembert, Holbach, Helvétius y —el maestro de todos ellos—, Francois Arouet, conocido como Voltaire.

Estos philosophes anticiparon la figura del intelectual: un tipo sin lealtad a nada, excepto a su propia razón; crítico frente a la autoridad, sobre todo frente a los poderosos; burlón, satírico, polemista y desenmascarador. No era un erudito, su preocupación era el presente; no era un académico, su estilo era periodístico. Se interesaba por las absurdas acciones de los gobiernos y por los defectos de la sociedad. Aclamaba a la razón y la convertía en el tribunal supremo de la entera organización social. Estos intelectuales declararon la guerra a los mitos, los dogmas y las supersticiones: consideraron a la Iglesia como la representante del oscurantismo, y para ellos el cristianismo era especialmente absurdo.

Así, con su irreverencia los philosophes transformaron desde París el clima intelectual de Europa, calando tan profundamente en la cultura como anteriormente lo había hecho la Reforma, algo que exigía una nueva síntesis.

Entre 1745 y 1746, los editores se unieron para compilar todo el saber de la época en una enciclopedia. Inicialmente, ésta no debía ser más que una edición francesa de la Cyclopaedia inglesa de Chambers (1711). Pero, tiempo después, uno de los philosophes recibió el encargo de editar un diccionario enciclopédico: Denis Diderot. Hasta ese momento, este intelectual sólo era conocido por sus escritos subversivos y por la novela en la que los órganos sexuales de una dama cuentan sus aventuras (Joyas indiscretas, 1748). Ahora tenía que lograr que su famoso amigo Jean d’Alembert pusiera su espíritu y su pluma al servicio de la Enciclopedia. Cuando empezaron a trabajar, se olvidaron de Chambers y, partiendo de las facultades fundamentales del hombre, elaboraron un nuevo mapa del saber: una historia para la memoria, una ciencia para la filosofía, una teología para la razón, una literatura para la imaginación, etcétera. La idea rectora era la naturaleza: de ella se extrajo el programa de una religión natural, de una filosofía natural, de una ética natural y de una psicología natural En un tratado introductorio, D’Alembert desarrollaba todo esto con tanta elocuencia y tanta confianza en la fuerza de la razón que este texto es uno de los escritos más importantes de la prosa francesa. Los héroes y principales puntos de referencia de la Enciclopedia fueron Francis Bacon y John Locke.

Cuando aparecieron los primeros volúmenes, la censura se lanzó sobre ellos, pero gracias al apoyo de la amante del rey, Madame de Pompadour, y de otras personas Diderot y D’Alembert pudieron reanudar su trabajo. La censura previno al público, con el resultado de que el número de abonados creciera, pasando de mil a cuatro mil. El tercer volumen se ocupaba, entre otras cosas, de las contradicciones en que incurría la Biblia, e introducía la duda allí donde antes estaba la fe. Posteriormente, Voltaire se unió a los autores y se ocupó de la letra E, escribiendo artículos dedicados a la Elegancia, la Elocuencia y el Espíritu. Pero fue Diderot quien escribió el «metaartículo» titulado Enciclopedia, probablemente el mejor, y sin duda el más extenso del diccionario. En esta aportación, Diderot vuelve a explicar el propósito de la Enciclopedia y anuncia la futura revolución del saber.

La aparición de cada uno de los volúmenes causaba sensación en toda Europa. La Iglesia y la corte estaban indignadas, y la obra fue prohibida una y otra vez. El Papa la condenó y a Federico II el Grande le honra el haberle ofrecido su patrocinio en Berlín. El último volumen aparece en 1765; para entonces ya habían aparecido siete ediciones pirata, la mayoría en Suiza. En total se hicieron cuarenta y tres ediciones en veinticinco países. En muchos hogares burgueses la Enciclopedia sustituyó a la Biblia; por la noche, las familias se reunían para leer un artículo; se fundaron asociaciones dedicadas a su estudio.

La Enciclopedia es un monumento de la Ilustración. Contribuyó decisivamente a erradicar el viejo orden y a preparar la Revolución. Su objetivo era sustituir a la religión por la ciencia y a la fe por la razón.

Dietrich Schwanitz. La Cultura. Todo lo que hay que saber. Taurus, 2002.

El viejo truco

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Dicen que la curiosidad mató al gato y, es evidente que este es muy, pero que muy curioso. Mientras trataba de aparcar el coche bajo su ventana no me quitaba ojo de encima.

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Los amaneceres de octubre (como los de marzo) suelen ser espectaculares. El sol enciende a veces las nubes bajas y, si tienes la suerte de estar junto al mar, puedes asistir durante unos segundos al espectáculo del fuego marino, como en el poema de Pere Gimferrer. No he tenido tanta suerte, pero el amanecer de hoy me ha recordado a los que solía ver en Bilbao, con un sol rojo apareciendo por los pisos superiores del edificio del Banco Bilbao Vizcaya (antes Bancaya) que iba incendiando lentamente de arriba abajo toda la fachada. Lamentablemente, entonces ni tenía cámara de fotos ni había telefoninos inteligentes, así que me limité a dejar recuerdo en un poema.

LA MISMA HISTORIA

Han pasado las horas y las nubes.
En su cerebro flotan todavía
vestigios del alcohol y de la noche.
La resaca, como un tiburón blanco,
desgarra a dentelladas la memoria.

Paseo de borrachos, y la luz
surgiendo en los cristales del Bancaya
como si el sol brotara entre sus muros.
Paseo de borrachos. Y palabras
que hablaron del amor, también del tiempo.
¿Qué quedará después sino el recuerdo
de los besos, la nuca, los abrazos,
un fragor de autobuses, una monja,
el agridulce trance del adiós?.
Ya presiente la angustia aunque se calla.

Otra noche vendrá y será distinta
la forma de escribir la misma historia.
Miserable ternura. ¡Cago en Dios!

*****

A este nivel he llegado, publicar foticos de amaneceres y gatos. Y poemas. De esta no me recupero ni citando a Huellebecq, Thompson o Celine. Es el fin.

Contra los hombres

La blasfemia no es una irreverencia contra Dios. Aunque se ha extendido la costumbre de hablar con las hortensias, todo acto de comunicación necesita ­—abrevio— de un emisor, un receptor, un mensaje y un canal. Si la blasfemia estuviera dirigida a Dios (pongo Dios, en mayúscula, por abreviar, pero pueden sustituirlo por divinidades, santos o cualquier otra entidad de las llamadas espirituales) ocurriría lo mismo que ocurre con la comunicación oral con las hortensias: no hay canal y, por tanto, no hay receptor.

Pongamos otro ejemplo de comunicación con los dioses, el mensaje que la sonda Voyager envía a los extraterrestres en un disco áureo. Hay emisor y mensaje, pero el canal utilizado, aunque ingenioso, tiene el pequeño problema de hallar receptores con equipo estereofónico en la inmensidad del universo (a estas magnitudes, que sea finito o infinito es casi un chiste). Es decir, al margen de que pueda haber o no receptores, hay un pequeño problema con el canal y otro no menor con el mensaje. ¿Que haría un hombre de una tribu no contactada si encontrase el disco áureo? De todo menos escucharlo. Es decir, que el mensaje que recibiría sería el propio medio, algo parecido a como resuelven los espiritualistas el enigma de las pirámides, construyéndose una pirámide de cartón para mejorar su descanso o conservar mejor los alimentos.

Quién blasfema contra Dios al darse con el martillo en un dedo, lanza al espacio un mensaje en un disco áureo, “¿cómo es posible que en tu infinita sabiduría hayas creado un individuo tan idiota como yo?”, pero el mensaje sólo lo recoge otro bípedo, bastante más espeso que él, que interpreta el disco dorado como un arma arrojada contra Dios.

La blasfemia sólo puede ser recogida por otros hombres y, al margen de su intención, sólo puede resultar ofensiva, porque se dirige directamente contra el núcleo del pensamiento evanescente: si tu crees esto, yo me cisco en tus creencias. La blasfemia, como los juramentos, son afirmaciones de autoctonía individual, marcan el territorio propio, ahuyentan al clérigo y avisan al resto de los receptores que se dejen de espiritualismos: soy un animal no trascendente, con problemas pedestres a quien tu salvación y tus zarandajas post-mortem le importan un comino; déjame en paz, vete.

Dicho esto, las personas cultivadas no han de perder el tiempo zahiriendo a los débiles.

Podéis ir en paz (a leer a Juaristi).

Lo anormal

No acabo de entender bien el mecanismo de la culpabilidad. No sé cuánto tiene de innato y cuánto de adquirido, pero sí parece claro que la culpa se difumina en la masa. Estoy convencido de que la mayoría de los humanos, incluso los menos aseados por la civilización o la cultura, encuentran reprobable matar a otra persona. Sin embargo, amparados por la sensación de impunidad que proporciona la caterva serán capaces de participar, exaltados, en un linchamiento. O en un asalto. O en una violación colectiva. O en un acoso. O en un exterminio.

Lo que no entiendo es dónde está situado el interruptor, el mecanismo que permite dejar de ser individuo —con la angustia de tener que decidir continuamente— y pasar a ser masa, siguiendo sin criterio y con entusiasmo lo que hacen otros. Es algo que, sin duda, viene instalado de serie en nuestro cerebro animal y explica nuestra habilidad colectiva para la vida en enjambre y la obediencia. Sin embargo, llama la atención la velocidad a la que actúa el interruptor y cómo desactiva de manera instantánea la individualidad, el razonamiento, la sensibilidad y el sentimiento de culpa. El amogollonamiento y el abandono del yo deben, además, liberar endorfinas e inducir sensaciones de placer, euforia, éxtasis y poder, porque si no resulta verdaderamente inexplicable su éxito.

Claro que todo esto es una visión optimista. No existe tal interruptor y los humanos son, básicamente, animales sociales que como las manadas de ciervos o las camadas de leones actúan en grupo a las órdenes de un líder. O vences al líder y ocupas su lugar o abandonas la manada. Lo raro y anormal, definitivamente, es ser, en todo momento, individuo. Empiezo a pensar que es algún tipo de psicopatía.

Carta de la señorita direstora

A ver. La vida está llena de esfuerzos melancólicos que no me motivan. Uno de ellos es perseguirles a ustedes para que traten con respeto a las personas de las que aquí se habla o se traten con respeto entre ustedes o no se ofendan o no utilicen la página para acosar a terceros ni para acosarme a mi. Me hubiera gustado que esto fuera como la tertulia de Madame de Pompadour, pero esto es lo que hay, o sea, nosotros. Y nosotros, salvo excepciones, somos una banda de cabrones, dicho sea con todos los respetos.

Este blog no se abrió para incrementar mi prestigio (aunque tampoco para destruirlo) sino —recuérdenlo— para que los compadres y comadres que se habían ido tratando en el blog de Arcadi Espada, en los sucesivos refugios arcadianos y en el blog de Manuel Jabois, pudieran seguir teniendo un lugar en donde intercambiar impresiones, poner enlaces a sus obras completas o subirse a un púlpito a desgañitarse. Quizá lo más sano sería que fueran ustedes desenganchándose, encontraran un refugio más acogedor o salieran a pasear a la familia a un centro comercial (doy por supuesto que ninguno de ustedes —salvo quizá el Marqués— tiene un velero) porque lo cierto es que, al contrario de otros ilustres visitantes y vecinos, carezco de la vocación y gracia de los diaristas para entretenerles. Y tampoco tengo ganas de andar persiguiéndoles para que me cuenten por qué se van, por qué se quedan, si L se lo monta con B o si J le pone los cuernos a O. El perifollo sentimental me aturde y no puedo pasar el tiempo pensando si el comentario de tal habrá ofendido a cual y si debo borrarlo o ponerlo en cuarentena (Robby, por otra parte, sabe mucho de informática, pero tiene aún menos criterio que una lata de sardinas para las relaciones humanas). Así que autogestiónense un poco o dense cera como de costumbre, pero no me obliguen a estar todo el día pendiente del telefonino, se lo ruego.

Y a los perdidos, que haya suerte y la vida les sonría. Solo espero que sea cierta la leyenda de que a la salida de este laberinto hay una isla esperándoles.

Abrazos, corazones.

La pobreza

Lo peor es la pobreza. No la pobreza a la que se llega, sino la pobreza en la que se nace. Uno puede llegar a ser pobre con dignidad, como esos hijos débiles que no aprendieron a ganarse la vida y cada día van renunciando a una cosa más y venden el piano y la biblioteca y la copa de plata y la última silla, hasta que les pasa como al burro del gitano, que cuando por fin aprenden a vivir sin comer y sin beber, van y se mueren.

Pero la pobreza de nacimiento es otra cosa. Es una roña que no sólo se pega al cuerpo sino que consume cada gramo de pensamiento. La pobreza no es felíz, aunque pueda ser entretenida. La pobreza empuja a buscarse la vida como sea, pero no es cierto que el trabajo pueda sacarte de ella, se necesita más. Se necesita cierta inteligencia o cierta predisposición al aprendizaje o que alguien se moleste en rescatarte de la miseria y te dote de las herramientas para trascender a la existencia mecánica. Será posible trabajar toda la vida y acumular cierto bienestar, pero si nadie hizo el trabajo de enseñarte qué cosas son las importantes, seguirás siendo un bruto y, lo peor, transmitirás la brutalidad.

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Pop anémico donostiarra: Single – Tu perrito librepensador

Qué tonto es estar aquí, triste y solo sin ti
Perrito triste en soledad
Sólo queda ladrar

Yo quiero ir a tu lado en los aviones
Y en el tren de alta velocidad
Cogerte de la mano si te complace
Ya te echo tanto en falta si te levantas
Porque madrugas para trabajar
Yo te echo tanto en falta
Tú lo sabes

Filosofar desde el sillón es raro siendo un can
Tanto leer, quisiera ser un perro más normal

Siendo un perrito bueno se me hace eterno
El corto tiempo en el que tú no estás
Yo quiero ir a tu lado a reuniones
Ya te echo tanto en falta cuando te marchas
Cuando de noche te vas a bailar
Y sueño son tus besos
Tú lo sabes

Yo quiero ir a tu lado en los viajes de negocios
A tus planes y reuniones con los jefes
Y no dejar que el protocolo nos separe en las comidas
Aunque sean elegantes, distinguidas

Quiero amarrar mi pata quebrada a tu pata
Que también ha de querer estar quebrada
No permitir que asuntos tontos y banales
Me impidan decir, a cada momento
Me impidan decir, porque es lo que siento
Cuánto te echo de menos

****

¿Quieren saber algo más de Single? 

Versión enchufada de la canción

En Spotify.

 

¿Era necesario haberlo escrito?

Es curioso cómo algunas de las películas que más me han afectado sean del género ciencia-ficción. Pienso en La invasión de los ladrones de cuerpos, Ultimátum a la Tierra, Planeta prohibido, Fahrenheit 451, Cuando el destino nos alcance (Soilent Green), Godzilla, El planeta de los simios, La fuga de Logan, 2001, una odisea del espacio, La Cosa (El enigma de otro mundo), Alien, el octavo pasajero, Solaris, Blade Runner, Moon… Pienso en ellas, y en muchas otras más, y me doy cuenta por primera vez (tiendo a no pensar) que muchas comparten el discurso milenarista y apocalíptico que es una de las líneas troncales de nuestra cultura occidental: venimos (o vivimos) en un paraíso y nuestro destino es el infierno o la destrucción. Es el mismo esquema, por cierto, que el de los documentales de naturaleza, en donde hermosos animales que viven en un paraíso feliz, devorándose los unos a los otros, se dirigen hacia la extinción por culpa de la invasión alienígena (antinatural) de unos extraños seres depredadores y crueles que somos nosotros. Snif.

fahrenheit451Me centro. Una de esas sociedades distópicas de la ciencia-ficción que más me afectó fue la reflejada en Fahrenheit 451, la película que realizó François Truffaut sobre la novela de Ray Bradbury, y que ví primero en un cineclub y luego, creo, en La 2 de TVE. Dudo mucho de que hoy pudiera volver a ver el film sin sentir un poco de vergüenza ajena. Creaba mucha inquietud aquella sociedad en la que estaba prohibido leer y los bomberos se dedicaban a quemar libros para que las personas no pensaran y no se cuestionaran ni su existencia ni la justicia de la sociedad en que vivían. Los rebeldes aprendían un libro completo de memoria y lo transmitían a otros, de manera que el libro quedaba preservado. (Qué ingenuo Bradbury; probablemente no conocía los efectos «creativos» de la tradición oral). Allí estaban El Quijote, la Biblia, Dante, Shakespeare, Montaigne… ¡Cuanto amor a los libros! ¡Qué desinteresada entrega a las ideas de sus autores!

Claro que en aquella utopía alternativa ningún hombre-libro se había aprendido Mein Kampf, por poner un ejemplo exagerado. Dudo mucho —y que me corrija alguien con más memoria o más paciencia para buscar— que entre los hombres-libro estuviera el Leviatán de Hobbes o… no sé, El Origen de las especies de Darwin o La economía en una lección de Hazlitt. Es decir, que aquella sociedad de hombres libres, digo libros, también había realizado su propia quema, no por más sutil menos perversa. Pero no quiero ponerme estupendo, así que hasta aquí llega el discurso, ejem, político.

La moraleja es que quemar libros, queridos niños, tampoco debe ser un tabú para vosotros. Todos los años las editoriales destruyen miles de ejemplares que han sido incapaces de vender y que resulta muy caro almacenar. Los libros, como los CD, sólo son un soporte. Es lógico que en una sociedad medieval, en donde muy poca gente sabía leer, cada libro fuera un tesoro, pero en un mundo superpoblado en donde se editan centenares de miles al año no todo libro es una ventana que se abre hacia la sensibilidad o la sabiduría. Y recordad que aunque la palabra escrita no es el mejor soporte para propagar la estupidez o la maldad, es el más barato.