Rebeldes o asesinos

camus¿Pero vivimos todavía en un mundo rebelde? ¿La rebelión no se ha convertido, por el contrario, en la coartada de nuevos tiranos? El “existimos” contenido en el movimiento de rebelión, ¿puede, sin escándalo o sin subterfugio, conciliarse con el asesinato? Al asignar a la opresión un límite más acá del cual comienza la dignidad común a todos los hombres, la rebelión definía un primer valor. Ponía en la primera fila de sus referencias una complicidad transparente de los hombres entre ellos, una contextura común, la solidaridad de la cadena, una comunicación de ser a ser que hace a los hombres semejantes y unidos. Así hacía dar un primer paso al espíritu en lucha con un mundo absurdo. Con este progreso hacía más angustioso todavía el problema que ahora debe resolver frente al asesinato. En efecto, al nivel de lo absurdo, el asesinato suscitaba solamente contradicciones lógicas; al nivel de la rebelión es desgarramiento. Pues se trata de decidir si es posible matar a quienquiera que sea cuya semejanza acabamos de reconocer y cuya identidad acabamos de consagrar. Apenas superada la sociedad, ¿hay que volverla a encontrar definitivamente justificando el acto que excluye de todo? Obligar a la soledad a quien acaba de saber que no está solo, ¿no es el crimen definitivo contra el hombre?

En lógica se debe responder que asesinato y rebelión son contradictorios. En efecto, si es asesinado un solo amo la rebelión, de cierta manera, no está ya autorizada a llamarse la comunidad de los hombres que constituía, no obstante, su justificación. Si este mundo no tiene un sentido superior, si el hombre no tiene sino al hombre como fiador, basta con que un hombre excluya a un solo ser de la sociedad de los vivos para que se excluya a sí mismo.

Albert Camus. El hombre rebelde.

El fashionable

En 1822 el fashionable tenía que presentarse al primer golpe de vista bajo un aspecto desgra­ciado y enfermizo; eran de rigor el descuido en la persona, las uñas largas, la barba a medio afeitar, los cabellos en desorden, la mirada profunda, sublime, extraviada y fatal, los labios contraí­dos y el corazón, a lo lord Byron, lleno de pesares y sumido en el disgusto y el tedio por los misterios de la existencia.

Hoy ocurre lo contrario; el dandi debe tener un aspecto con­quistador, frívolo e insolente; se esmera en su compostura, lle­va bigotes o barba ovalada; sostiene la fiera independencia de su carácter, que se manifiesta conservando el sombrero encas­quetado, tendiéndose sobre los sofás y estirando las piernas hasta tocar con las botas las narices de las damas, sentadas en sillas delante de él y absortas de admiración; cuando va a caba­llo, debe llevar su bastón a guisa de cirio, sin cuidarse para nada del animal, que se halla como por acaso entre sus piernas. Es necesario que la salud del dandi sea perfecta y que su alma se encuentre en el colmo de cinco o seis felicidades; algunos dan­dis radicales, los más avanzados, gastan pipa.

Indudablemente todo habrá cambiado mientras yo los describo; ya se dice que el dandi actual no debe saber si exis­te, si hay mundo, si hay mujeres y si debe saludar al prójimo. Lo que se puede asegurar es que todos los ingleses son locos por naturaleza o por moda.

El día se distribuía en Londres del modo siguiente: se concurría a un primer acto social, consistente en tomar el desayuno en el campo a las seis de la mañana; después volvíamos a almorzar a la capital; nos vestíamos para el paseo de Bond-Street o de Hyde-Park; nuevo cambio de traje para comer a las siete y media; nos mudábamos otra vez para ir a la Ópera, y, a media noche, nos poníamos el último traje para una soirée o un sarao. ¡Qué vida tan agradable! Mil veces hubiera preferido estar en galeras.

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Alianza Editorial

El camino de la longevidad

sf234Las dos grandes causas que conspiran contra la longevidad según Lord Verulamio son: el espíritu interior que, como suave llama, va desgastando el cuerpo hasta matarlo, y el aire exterior que abrasa el cuerpo hasta reducirlo a cenizas. Estos dos enemigos, interno y externo, actuando simultáneamente terminan por destruir nuestros órganos al hacerlos incapaces de desarrollar sus funciones vitales.

Si las cosas son así, el camino de la longevidad es fácil. No hay más que reponer, dice el lord, el desgaste producido por el espíritu interior haciendo que su sustancia sea más densa y espesa por medio de narcóticos, por un lado, y de medicamentos que enfríen su calor interno, a base de tres granos y medio de salitre antes de levantarse, por otro.

Pero, aun así, nos encontramos expuestos a los asaltos inamistosos del aire. Eso puede aminorarse también por medio de ungüentos grasientos que tapan los poros de la piel, de suerte que no pueda penetrar por ellos ninguna partícula, ni tampoco salir. Esto impide cualquier sudor sensible o insensible y eso podría ser causa de numerosas y serias enfermedades. Un tratamiento de lavativas está por consiguiente muy indicado para extraer humores superabundantes y restablecer el equilibrio del sistema.

Laurence SterneVida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Ediciones del Centro. Madrid 1975. Traducción de José Antonio López de Letona

La letrina ibėrica

imageUna experiencia esencial en la guerra es la imposibilidad de librarse en ningún momento de los malos olores de origen humano. Hablar de las letrinas es un lugar común de la literatura bélica, y yo no las mencionaría si no fuera porque las de nuestro cuartel contribuyeron a desinflar el globo de mis fantasías sobre la guerra civil española. La letrina ibérica en la que hay que acuclillarse ya es suficientemente mala en el mejor de los casos, pero las del cuartel estaban hechas con una piedra pulimentada tan resbaladiza que costaba lo suyo no caerse. Además, siempre estaban obstruidas.

En la actualidad recuerdo muchísimos otros pormenores repugnantes, pero creo que fueron aquellas letrinas las que me hicieron pensar por primera vez en una idea sobre la que volvería a menudo: «somos soldados de un ejército revolucionario que va a defender la democracia del fascismo, a librar una guerra por algo concreto, y sin embargo, los detalles de nuestra vida son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en una cárcel, y no digamos en un ejército burgués». Ulteriores experiencias confirmaron esta impresión; por ejemplo, el aburrimiento, el hambre canina de la vida en las trincheras, las vergonzosas intrigas por hacerse con las sobras del rancho, las mezquinas y fastidiosas peleas en las que se enzarzaban hombres muertos de sueño.

El carácter de la guerra en la que se combate afecta muy poco al horror esencial de la vida militar (todo el que haya sido soldado sabrá qué entiendo por el horror esencial de la vida militar). Por ejemplo, la disciplina es idéntica, en última instancia, en todos los ejércitos. Las órdenes se tienen que obedecer y cumplir con castigos si es preciso, y las relaciones entre mandos y tropa han de ser relaciones entre superiores e inferiores. La imagen de la guerra que se presenta en libros como Sin novedad en el frente es auténtica en lo fundamental. Las balas duelen, los cadáveres apestan, los hombres expuestos al fuego enemigo suelen estar tan asustados que se mojan los pantalones.

George Orwell. Recuerdos de la guerra de España. Debate

Con auténtico sabor a nada

Es difícil exagerar el profundo entusiasmo intelectual de la genética posterior a Watson y Crick. Lo que ha ocurrido es que la genética se ha transformado en una rama de la Tecnología de la Información. El código genético es realmente digital, en el preciso sentido en que lo son los códigos informáticos. No se trata de una vaga analogía, es la verdad literal. Más aún, a diferencia de los códigos informáticos, el código genético es universal. Los ordenadores modernos se construyen utilizando un sinnúmero de lenguajes mutuamente incompatibles, que están determinados por sus procesadores. El código genético, en cambio, con unas pocas excepciones de menor importancia, es idéntico en todas las criaturas vivientes de este planeta, desde las bacterias del azufre hasta los árboles más altos, desde los hongos hasta los seres humanos. Todas las criaturas vivientes, de este planeta al menos, tienen la misma «confección».

Las consecuencias de ello son asombrosas. Significa que una subrutina de software (eso, precisamente, es un gen) puede ser Copiada de una especie y Pegada en otra, donde funcionará exactamente como lo hacía en la especie original. Esta es la causa de que el famoso gen «anticongelamiento», evolucionado originalmente originalmente en un pez del Ártico, pueda salvar a un tomate del daño de la helada. Del mismo modo, un programador de la NASA que deseara una buena rutina de raíz cuadrada para su sistema de guía de cohetes, podría importarla de una aplicación financiera. Una raíz cuadrada es una raíz cuadrada. Un programa que realice este cálculo servirá tan bien en el caso de un cohete espacial como en el de una proyección financiera.

¿Cuál es la causa, entonces, de la difundida hostilidad -que llega a ser repugnancia— contra tales trasplantes «transgénicos»? Sospecho que su origen es una concepción errónea, propia de tiempos anteriores al trabajo de Watson y Crick. Probablemente, el atractivo pero erróneo argumento es más o menos así: el gen anticongelamiento de un pez debe de llevar consigo algo de «sabor» a pescado. Seguramente, una parte de ese sabor debe contagiarse. Seguramente es «antinatural» insertar el gen de un pez, cuya única «finalidad» siempre ha sido funcionar dentro de un pez, en una célula de tomate. Con todo, nadie piensa que una subrutina para calcular raíces cuadradas lleve consigo un «sabor a finanzas» cuando se la inserta en un sistema de guía de cohetes.

Richard Dawkins. El Capellán del diablo. Reflexiones sobre la esperanza, la mentira, la ciencia y el amor. Ed. Gedisa, 2005.

Sólo miente / Miente solo

Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir «en su propio mundo», un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.

De ello se sigue que la verdad y nuestra preocupación por ella nos conciernen de un modo que no sólo tiene que ver con nuestros intereses prácticos y cotidianos, sino que al propio tiempo poseen un significado más profundo y perjudicial. Una de las poetisas contemporáneas cuya lectura resulta más gratificante, Adrienne Rich, nos ofrece una descripción de los efectos perversos que, inevitablemente, conlleva la mentira (además de su pernicioso efecto sobre la persona a la que se miente) para el propio mentiroso. Con poética exactitud, Rich nos dice que «el mentiroso lleva una existencia de indescriptible soledad» (“Women and Honor: Some Notes on Lying», en Adrienne Rich, Lies, Secrets, and Silence, Nueva York, 1979, pág. 191).* La soledad es precisamente indescriptible porque el mentiroso ni siquiera puede revelar que está solo –que no hay nadie en su mundo inventado– sin descubrir, al hacerla, que ha mentido. Oculta sus propios pensamientos, aparentando creer lo que no cree, y de ese modo hace que a las demás personas les resulte imposible establecer una relación plena con él. No pueden responderle tal como es en realidad. Ni siquiera pueden ser conscientes de que no lo hacen.

El mentiroso, puesto que miente, no quiere permitirse que le conozcan. Esto es un insulto a sus víctimas, un insulto a su orgullo. Por ello les veda el acceso a una forma elemental de intimidad humana que normalmente se da más o menos por supuesta: la intimidad que consiste en saber qué sucede, o qué hay, en la mente de otra persona.

Harry G. Frankfurt. Sobre la verdad

Vestidos tradicionales

JuaristiComo la política de identidades se dirige frontalmente contra el Estado y el principio de isonomía, niega la identidad nacional como sustento de derechos y reclama, en lugar de ello, los supuestos derechos de las identidades étnicas; es decir, de grupos definidos por rasgos accesorios desde el punto de vista de la identidad política, como la lengua o la religión. Las reclamaciones de este tipo son esgrimidas no tanto por su significado literal o intrínseco (esto es, por la conveniencia o necesidad de cultivar una lengua determinada privada de reconocimiento oficial, de salvar unas expresiones culturales amenazadas o de garantizar la libertad de culto) como por su eficacia en cuanto factores de deslegitimación del Estado. Así se da frecuentemente la paradoja de líderes o fundadores de movimientos nacionalistas que nunca han hablado la lengua que dicen defender, ni han participado de la cultura o etnocultura de la que se sienten o dicen sentirse herederos, ni practican la religión que afirman profesar. Las identidades etno-nacionalistas no se basan en la posesión de unos rasgos objetivos, sino en el rechazo de la identidad política promovido por la nación-estado. Muchos de los que se dicen nacionalistas no habrían sido admitidos en el seno de las comunidades que vindican. Es más, la condición de posibilidad de su nacionalismo deriva del hecho de que tales comunidades alternativas a la nación ya no existen. Una comunidad nacionalista no es una comunidad tradicional, sino un sector de la población movilizado contra el Estado. Su identidad se extrae de la movilización misma y, y no de realidad alguna preexistente de carácter etnocultural, lingüístico o religioso. En otras palabras, un nacionalista del Antiguo Régimen, es decir, un nacionalista de la época romántica, que buscaba crear un Estado nacional contra un Imperio o una monarquía absoluta, y que era por lo general un intelectual de extracción urbana, podía reivindicar activamente los rasgos objetivos definitorios de la identidad subalterna que quería convertir en eje de su proyecto de emancipación nacional, sin perder por ello su credibilidad. Podía, por ejemplo, cambiar su traje burgués por la vestimenta tradicional de los campesinos, porque en aquella época los campesinos no solían ser nacionalistas, pero vestían prendas tradicionales distintas de las que llevaban los burgueses. Podían escribir gramáticas y componer diccionarios para normalizar los idiomas vernáculos o publicar recopilaciones de cuentos y canciones populares sin caer en el descrédito, porque los campesinos hablaban aún vernáculos no normalizados y cantaban las canciones que habían aprendido de sus abuelos analfabetos. La situación de estos nacionalistas decimonónicos era, salvando las distancias, semejante a la de aquellos burgueses revolucionarios de comienzos del pasado siglo que se desclasaban, adoptando el modo de vida de los proletarios cuando aún había proletarios.

JON JUARISTI. Espaciosa y triste. Ensayos sobre España. Espasa 2013.
En Casa del Libro.

El fragmento corresponde al ensayo titulado Identidad política y política de identidades que pueden leer completo en esta versión previa publicada en Letras Libres.

No hagan esto en la playa

Después de ver en televisión el espectáculo sonrojante de la natación sincronizada, una mezcla absurda de ballet acuático con prueba de resistencia pulmonar en la que sólo echo de menos a unos delfines y un banco de arenques, sólo se me ocurre algo peor, un concurso de imitadores de Elvis Presley sobre pista de hielo. Estoy muy acabado; no puedo seguir así. Decido huir a las playas cántabras un par de días y, aprovechando el reflujo de turistas de fin de semana, salgo en dirección contraria hasta la frontera con Asturias. Espero que me regenere el salitre.

Me llevo tres libros «Una pequeña historia de la filosofía» de Nigel Warburton (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), un libro básico, de divulgación, que tiene la gran ventaja de ser sencillo y estar muy bien escrito. Es un complemento perfecto a «Filosofía básica» (Cátedra), del mismo autor, para regresar al nivel de bachillerato y poder discutir luego con un profesor de instituto en traje de baño mientras arrasamos unos calamares.

El tercero es «La tabla rasa» de Steven Pinker, un libro cuya lectura vengo aplazando desde hace unos años porque la vida está llena de prioridades y nunca encuentro el momento de pararme a pensar. Ya sé que el verano es para leer novelas, pero es que estoy saturado de bobadas.

Volveré en un par de días, quizá a tiempo de que Pirata Jenny anuncie a bombo y platillo que su «Libro de la niebla» ha salido de la imprenta de la editorial Amargord y ha empezado a distribuirse. He tenido el privilegio de leer unas pruebas y sé que no es un libro para lectores distraidos: exige concentración, conocimiento y cierto tono vital no compatible con la intrascendencia playera. No voy a revelarles nada. Como ya conocen a su autora, pueden preguntarle a ella por los detalles. Sólo les adelanto este poema. No he pedido permiso, así que no sé si es la mejor carta de presentación para el «Libro de la niebla». Ustedes dirán.

Animula

Por no tener vísceras
por no pesar nada
por ser invisible
por no manar sangre
te tienes por menos fuerte
de lo que eres

Por no heredar rasgos
no tener antepasados
por ser sola tú
pudiendo haber sido
completamente otra
crees que eres azar

y ese anfitrión tuyo
que puede ocupar una silla
trepar un muro
deshacer una cama
aullar convulsionar arrebatarse
quitar una vida o fabricarla

mira en qué queda
exangüe
cómo apesta
en el interior de una piedra
rodeada de corolas putrefactas
cuando tú te vas
ligera inasible soberana
pronta a empezar de cero.

El Beneficio de la Moderación

El Perjuicio de la Ambición;
El Beneficio de la Moderación

No ensalzar los talentos
para que el pueblo no compita.
No estimar lo que es difícil de adquirir
para que el pueblo no se haga ladrón.
No mostrar lo codiciable
para que su corazón no se ofusque.
El sabio gobierna de modo que
vacía el corazón de deseos,
llena el vientre de alimentos,
debilita la ambición,
y fortalece hasta los huesos.
Así evita que el pueblo tenga codicia
y ambiciones,
para que los oportunistas
no busquen aventajarse de los otros.
Quien practica la no-acción,
todo lo gobierna.

Lao-Tsé. Tao Te King
Wikisource

Contra la jerarquía de las sustancias

A pesar de sus nombres de pastor griego (Poliestireno, Fenoplasto, Polivinilo, Polietileno), el plástico, cuyos productos se acaban de concentrar en una exposición, es esencialmente una sustancia alquímica. En la entrada de las instalaciones, el público hace cola durante largo rato para ver cómo se realiza la operación mágica por excelencia: la conversión de la materia. Una máquina ideal, tubular y oblonga (forma apropiada para manifestar el secreto de un itinerario) extrae, sin ningún esfuerzo, cajitas brillantes y acanaladas de un montón de cristales verdosos. De un lado la materia bruta, telúrica, del otro el objeto perfecto, humano. Entre los dos extremos, nada; sólo un trayecto apenas controlado por un empleado con casco, semidiós, semirrobot.

De este modo, más que una sustancia, el plástico es la idea misma de su transformación infinita; es, como su nombre vulgar lo indica, la ubicuidad hecha visible. En esto radica, justamente, su calidad de materia milagrosa: el milagro siempre aparece como una conversión brusca de la naturaleza. El plástico queda impregnado de este asombro; es más la huella que el objeto de un movimiento. Y como el movimiento, en este caso, es poco menos que infinito, al transformar los cristales originales en una multitud de objetos cada vez más sorprendentes, el plástico resulta un espectáculo a descifrar: el espectáculo de sus resultados. Ante cada forma terminal (valija, cepillo, carrocería de auto, juguete, tela, tubo, palangana o papel), el espíritu no deja de imaginar la materia primitiva como un jeroglífico. El fregolismo del plástico es total: puede formar cubos tanto como alhajas. Ésta es la razón del perpetuo asombro, las ilusiones del hombre ante las proliferaciones de la materia, ante las relaciones que descubre entre lo singular del origen y lo plural de los efectos. Por otra parte este asombro es feliz, pues en la amplitud de las transformaciones el hombre mide su potencia y el itinerario mismo del plástico le brinda la euforia de un deslizamiento prodigioso a lo largo de la naturaleza.

Pero la contraparte de este logro reside en que el plástico, sublimado como movimiento, casi no existe como sustancia. Su constitución es negativa; ni duro ni profundo, debe contentarse, a pesar de sus ventajas utilitarias, con una cualidad sustancial neutra: la resistencia, estado que supone el simple suspenso de una renuncia. En el orden poético de las grandes sustancias, es un material desafortunado, perdido entre la efusión de los cauchos y la dureza plana del metal; no se realiza en ningún producto auténtico del orden mineral, ni espuma, ni fibras, ni estratos. Es una sustancia elusiva: en cualquier estado que se encuentre, el plástico mantiene cierta apariencia de copo, algo turbio, cremoso, coagulado; muestra una total impotencia para alcanzar el pulido triunfante de la naturaleza. Pero lo que más traiciona al plástico es el sonido que emite, hueco y opaco a la vez; su ruido lo derrota, tanto como sus colores, pues sólo parece fijar los más químicos: del amarillo, del rojo y del verde no retiene más que el estado agresivo. Usa los colores como si fueran apenas nombres, capaces, únicamente, de mostrar conceptos de colores.

La moda del plástico señala una evolución en el mito de la imitación. Como se sabe, la imitación constituye un uso históricamente burgués (los primeros postizos vestimentarios datan del advenimiento del capitalismo). Pero hasta el presente, la imitación siempre ha sugerido pretensión, ha formado parte de un mundo del parecer y no del uso; ha apuntado a reproducir con menores costos las sustancias más excepcionales, el diamante, la seda, la pluma, la piel, la plata, toda la brillantez lujosa del mundo. El plástico, por el contrario, es una sustancia doméstica. La primera materia mágica que consiente el prosaísmo; pero precisamente porque ese prosaísmo constituye una razón poderosa para existir: por primera vez, lo artificial tiende a lo común, no a lo exclusivo. Y en el mismo acto, la función ancestral de la naturaleza se modifica. Ya no se trata de reencontrar o imitar la idea, la pura sustancia; una materia artificial, más fecunda que todos los yacimientos del mundo, va a remplazaría, va a regir la invención de las formas. Un objeto lujoso siempre se vincula a la tierra, siempre recuerda en forma amanerada su origen mineral o animal, el tema de la naturaleza, del que no es más que una forma actual. El plástico está enteramente absorbido en su uso; al final, se inventarán objetos sólo por el placer de usarlos. La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las remplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado. Y también la vida, ya que, según parece, se comienzan a fabricar aortas de plástico.

Roland Barthes. ‘El Plástico’, en Mitologías. Siglo XXI, 1999. Traducción de Héctor Schmucler. (Primera edición en Francia, 1957)

Con Barthes
ni te cases
ni te embarques.

Jon Juaristi. Suma de varia intención. 1987.

Willie Colón y Rubén Blades. ‘Plástico’, del álbum Siembra, 1978.