Handful of Soul

Llevo varios meses escuchando con asiduidad el disco ‘Handful of Soul’ de Mario Biondi, un jazzman italiano de voz musculosa al que descubrí en esa benemérita institución llamada FNAC. Me gustan todos los temas, pero les pido que escuchen, para empezar, ‘A Slow Hot Wind’.

Como suelo hacer habitualmente, grabé varias canciones y las mezclé con otras muchas, para oír en el coche. Pues bien, tardé varios meses en darme cuenta de que en el mismo disco había otra versión de ese ‘A Slow Hot Wind’ que acaban de oir, concretamente el tema original, el ‘Lujon’ de Henry Mancini. Ya ven, descubriendo el Mediterráneo.

Bueno, siendo sinceros, en realidad ni siquiera lo descubrí yo, sino que lo hizo L, que no presume precisamente de tener buen oído.

Lo cual que les dejo el disco completo, que alguien ha tenido la gentileza de compartir en YouTube. Todo el disco rezuma alegría de vivir, pero atentos al tercer tema, “This is what you are”.

Y si no les funciona, aquí tienen el enlace al disco en Spotify. Gocen.

Perra suerte

Una amiga me llamó por teléfono para invitarme a un concierto: por lo visto le sobraban dos entradas. El músico anunciado era un saxofonista americano de quien no recordaba haber escuchado nada por lo que, venciendo una ligera aprensión, asumí que no me desagradaría, y acepté. El día señalado me presenté con mi acompañante tras haber realizado una reserva en un simpático restaurante cercano para una cena tardía, que fijé a las 22:30 después de un cálculo aproximado de hora y media de concierto.

Nos ubicamos todos en nuestras localidades, situadas en la primera fila de un lateral del primer piso y, por tanto, con una visión oblicua del escenario. Un par de minutos después de comenzar, con evitable retraso, el concierto, supe que había cometido un error. Fue entonces cuando recordé haber escuchado esa música, ese grupo que lideraba el saxofonista. Había sido el verano anterior, con ocasión de uno de los festivales que organiza la sin par localidad costera que frecuento. Desde la terraza donde cenaba se escuchaba el cercano concierto, y agradecí entonces a los dioses haber declinado la propuesta de acudir al mismo.

El caso es que ahora me encontraba en mi silla, maldiciendo mi imprudencia, sin poder escapar de la trampa en la que me había metido. No me quedó más remedio que desplegar todos los recursos mentales disponibles para combatir la ansiedad que genera la espera, los mismos que usaba cuando me tocaba pasar dos horas en una garita, en pleno agosto, frente al cigarral de Toledo. Pero dejémonos de batallitas: al menos en Toledo había silencio, mientras que en la sala sonaba una música que no facilitaba las tareas de evasión mental.

Opté por cuidar mis cervicales, castigadas por una contractura a la que no ayudaban ni mi posición oblicua frente al escenario ni el sistema de climatización (benditos abanicos los de nuestras abuelas, que durante décadas funcionaron de maravilla en aquel local). Me demoré, una vez más, en reflexionar sobre la curiosa compatibilidad entre la belleza de la sala y lo espantoso y recargado de los elementos arquitectónicos que la constituyen. Observar a la parroquia gozando con el concierto tampoco me distrajo demasiado. Algunos y algunas se movían rítmicamente en sus localidades y aparentaban pasarlo de maravilla.

En el colmo del voluntarismo, ensayé algo parecido a intentar dejar la mente en blanco, concentrarme en la respiración y tal y tal, práctica que había empezado unas semanas atrás en la tranquilidad de la primera hora del día. Todo fue inútil. Quizás no debía haber dejado el móvil en silencio: cuando noté la vibración supe que era el restaurante, pero hubiera podido haber invocado una comunicación urgente de mis negocios en Sudáfrica, qué sé yo, para escapar.

Entonces me pregunté por qué no me gustaba lo que oía. Al fin y al cabo eran unos profesionales irreprochables que técnicamente funcionaban a la perfección, con una sincronización que no alcanza cualquiera. Cuando una miembra (sic) del coro tomaba la palabra también hacía alardes vocales, pareciendo ofrecer a la concurrencia, con sus gritos y evoluciones desde registros bajísimos a los propios de una soprano, algo parecido al sacrificio de sus cuerdas vocales, que no podrán durar muchos años.

La respuesta creo que tiene que ver con algo que leí hace tiempo. Parece ser que, para que una música resulte agradable, se tiene que producir un equilibrio entre repetición y cambio, entre previsibilidad y sorpresa. Seguramente cada uno tiene el punto de equilibrio en un lugar distinto, pero el mío, cuya ubicación geográfica exacta desconozco, no soporta cosas tan repetitivas como ésta:

Habían pasado más de dos horas cuando conseguí salir de la trampa, mientras algunos todavía pedían un bis adicional. Llamé al restaurante para excusar nuestro retraso, cancelé la cena por estar en horarios imposibles, y acordamos la retirada. Mi anfitriona se ofreció a acompañarnos cuando yo ya buscaba un taxi. Adivinen, ay, a cuántas manzanas se encontraba el parking.

Escrito por Holmesss

Holocausto musical

Me gustan las antologías básicamente porque me ahorran trabajo. Me las fabrico (como todos). Mi discografía favorita se compone de los cedés en donde fui colocando las canciones que me gustaron aquel año. Llevo ahora en el coche una selección de unas 300 canciones en mp3 que oigo de manera recurrente, para desesperación de quienes me acompañan. No tengo prejuicios y mezclo soul, flamenco, jazz, canción francesa, rock, baladas italianas… En fin, no presumo de conocedor y tengo más lagunas que Finlandia.

Hoy, al levantarme, he mirado a mis discos originales (quitando las antologías) y me he preguntado cuáles son, por muy diversas razones, mis favoritos. Me he puesto un límite de 10, pero al final he tenido que aumentar hasta 15. Los he seleccionado casi automáticamente y me ha salido una selección curiosa, rara y profundamente anormal. Lo sorprendente es que se han quedado fuera la mayoría de las canciones que más escucho y casi todos los tipos que admiro, adoro y reverencio: Aretha Franklin, Bill Evans, Bob Dylan, Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Elvis Costello, Herbie Hancock, Louis Armstrong, Nina Simone, Marvin Gaye, Neil Young, Prince, Ray Charles, Ry Cooder, Siniestro Total, The Beatles, The Crusaders, The Rolling Stones, Van Morrison, toda la música brasileña, toda la música italiana, toda la música clásica, casi todas las mujeres… en fin, un auténtico holocausto.

No creo que se pueda deducir mucho del experimento (salvo que mi cabeza está aún más desordenada que mi discoteca), pero sí he aprendido una lección: jamás voy a repetir este experimento con mi biblioteca; tengo un inmerecido prestigio que mantener.

Les dejo las portadas de los discos. La música, si les apetece, se la ponen ustedes.

oasis

silver
jamiroamyjovanottipatanegrafreakpowerkikomacygreyDavisbarrylyndonloslobosKeithJarrett sabina

Oasis – (What’s the Story) Morning Glory? * Horace Silver – The Hardbop Grandpop * Jamiroquai . Emergency On Planet Earth * Amy Winehouse – Back To Black * Lorenzo Jiovanotti – Capo Horn * Pata Negra – Blues De La Frontera * Freak Power – Drive Thru Booty * Kiko Veneno – Echate Un Cantecito * Macy Gray – On How Life Is * Miles Davis – Porgy And Bess * Leonard Rosenman, Georg Friedrich Händel, The Chieftains – Barry Lyndon BSO * Los Lobos – La Pistola Y El Corazón * Keith Jarrett – The Köln Concert * Joaquín Sabina – 19 Días Y 500 Noches.