Ser o no ser (Ludwig)

chimpdressSi pudieras empezar de cero, ¿qué te gustaría haber sido? No le tengo afición al verbo ser. Me gusta más el fare italiano. Faccio l’ingegnere, poniendo distancia entre tu identidad y lo que te da de comer, entre apariencia y esencia. Pero no me voy a ir por las ramas ante una pregunta tan directa y respondo: etólogo. Y no se me ocurre mejor forma de explicarme que la anécdota de Bertrand y Ludwig, dos chimpancés machos de la misma edad criados en un centro de investigación de primates de la campiña inglesa.

Los investigadores, especializados en cuestiones relacionadas con el aprendizaje del lenguaje, habían puesto especial empeño en ponerles nombre y en averiguar si eran capaces de reconocerse como individuos singulares tras esos sonidos para ellos impronunciables. Concluyeron, rotundamente, que sí.

Años más tarde, el centro donde, según los observadores humanos, Bertrand y Ludwig avanzaban a paso de gigante en la adquisición del lenguaje, cerró por falta de fondos. Los dos chimpancés fueron entonces trasladados a una nueva institución en Bristol, y en el camino perdieron (o se comieron) sus etiquetas identificativas. Confiados en los largos años de asimilación de sus nombres, los investigadores humanos (que en todo el proceso, sin embargo, no habían aprendido a diferenciar con absoluta seguridad quién era quién) le preguntaron a Ludwig (o tal vez a Bertrand): «¿Eres Ludwig?». A lo que Ludwig (o Bertrand) respondió con un movimiento vertical de la barbilla. A continuación, le preguntaron a Bertrand (o tal vez a Ludwig): «¿Eres Bertrand?». A lo que Bertrand (o Ludwig) contestó señalándose el pecho con el índice, en un gesto entusiasta que no admitía dudas.

Los investigadores celebraron con alharacas, apretones de manos, signos de la victoria, cierres de puños en alto, olés, salvas, vivas y demás expresiones verbales y no verbales de triunfo y felicidad humanas la fácil resolución del misterio. Pero, en un desliz que nunca sabremos si atribuir a la soberbia de ver nuevamente confirmada la conquista de una parte no menor del puzle de la naturaleza animal o a la sombra de una duda humana, demasiado humana, una joven becaria se acercó de nuevo a los primates.

«¿Eres Ludwig?», le preguntó a quien unos minutos antes se había identificado como tal. «Sí», contestó de nuevo el chimpancé. «¿Eres —y en esos momentos se podría haber cortado la angustia expectante de los presentes con un pelo— Bertrand?». Y el chimpancé lo confirmó con todas sus ganas, suponemos que deseoso de que le dejasen terminarse un kiwi.

Este pequeño revés reclamaba a gritos una contraprueba. Ahora se dirigió al segundo chimpancé, a la sazón absorto en sus genitales: «¿ Ludwig?», le espetó, rebajando la sintaxis y recurriendo a signos inequívocos de la segunda persona del singular, porque todo resultase más claro. «Sí», contestó el segundo chimpancé. «¿Él Ludwig?», le preguntó a continuación. «Sí», confirmó: el otro también era Ludwig.

Toda una lección de solipsismo. Para el antropólogo, claro.

Cortesía de Pirata Jenny

Cierta laxitud moral

A finales de los años 90 empecé a interesarme por la adquisición de una segunda vivienda. Trabé así contacto con un mundo que desconocía (nunca adquirí una “primera” vivienda). Me llamó la atención el desparpajo con el que los agentes inmobiliarios, vendedores y constructores hablaban de dinero en B o del escamoteo de impuestos. En esta época de euforia inmobiliaria, raro era el particular que no se iniciaba en la compraventa, animado por unas ganancias espectaculares y una laxitud moral fomentada por la vergonzante política de recalificaciones, sobresueldos y mamoneo generalizado que florecía en los ambientes municipales y autonómicos.

Yo no me inicié. Pero fue en este contexto, iniciado una década antes, en donde se larvaron los escándalos de corrupción política que alimentan, con la cadencia de un metrónomo, las visitas al juzgado de alcaldes, conseguidores, tesoreros, testaferros y tal.

Conviene no olvidar que esa corrupción fue generalizada y en ella participaron gozosamente muchos de los hipócritas que hoy se rasgan fingidamente las vestiduras. Y buena parte de una ciudadanía que hoy silba como si el asunto no fuera con ellos.

Vendrán más Bárcenas y más tesoreros y más fundaciones y más choriceos y más despropósitos. No es tan difícil ser profeta.

Oh, Tempora

Estoy conmocionado por las asombrosas revelaciones del espía subcontratado Edward Snowden: los americanos y los británicos espían a todo el mundo y lo hacen utilizando las redes de telecomunicaciones. No sé cómo nadie lo había contado hasta ahora. La posibilidad de que toda nuestra actividad internáutica pase por filtros es estremecedora. Si un gobierno occidental es capaz de analizar las llamadas de teléfono, el correo electrónico o los SMS de una conferencia de mandatarios para prever su política comercial, ¿qué será lo próximo?, ¿qué espíen nuestros whatsup para prever la lista de la compra? Ha hecho bien en buscar asilo en China.

Es preciso que algún intelectual francés escriba, pero desde un plano altamente teórico, algún opúsculo denunciando la  intromisión del Sistema en nuestros legítimos derechos humanos.

Cada vez se pone más difícil descargar películas.

La guerra

clausewitz2. Definición

No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.

La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.

3. Caso extremo del uso de la fuerza

Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.

Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.

Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.

En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civilización, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.

Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción. La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un camino mejor. Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.

Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aquéllos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.

La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.

Karl von ClausewitzDe la guerra. Librodot.com

«Miénteme, dime que me quieres»

Por agudos y esclarecedores que parezcan los pensamientos de Rich sobre la mentira en las relaciones personales, en esta cuestión, como en casi todas las demás, la moneda tiene más de una cara. Otro poeta maravilloso –quizá, de hecho, el mayor de todos– tiene una historia muy distinta que contarnos. He aquí el cautivador y provocativo soneto 138 de Shakespeare:

Cuando mi amor jura que es todo lealtad
la creo, aunque sé que me engaña,
para que pueda pensar que soy un joven indocto
desconocedor de las falsas sutilezas del mundo.
Así, vanamente creyendo que me cree joven,
aunque sabe que mis mejores días han pasado,
simplemente doy crédito a su lengua falaz:
por ambos lados así suprimimos la simple verdad.
Pero ¿por qué no dice ella que es infiel?
¿Y por qué no digo yo que soy viejo?
Ay, el mejor hábito del amor es confiar en las apariencias,
y la edad, en el amor, no ama que le cuenten los años.
Así pues, yo miento con ella, y ella conmigo,
y en nuestras faltas con mentiras nos halagamos.*

* Traducción de Antonio Machado. (N. de la t.)

Existe un dogma ampliamente aceptado según el cual, para los amantes, es esencial confiar el uno en el otro. Shakespeare no parece compartir esta idea. A juzgar por el soneto, lo mejor para los amantes –«el mejor hábito del amor”– es, en realidad, no confiar de verdad. Igual de bueno es «confiar en las apariencias» nos dice, si no, a veces, aún mejor. La mujer del poema afirma decir la verdad –«jura que es todo lealtad”– aunque engañosamente simula creer que el hombre es más joven de lo que ella sabe que es. El hombre sabe que en realidad no lo cree, pero decide aceptar su promesa de que dice la verdad.

Pero él empieza a pensar que ella cree la mentira que le ha dicho sobre su edad, y que de verdad lo considera más joven de lo que es en realidad.

Ella le miente al decirle lo sincera que es, y que se cree los años que él le dice que tiene. Él le miente a ella sobre su edad, y pretendiendo aceptar su descripción de mujer totalmente sincera. Ambos lo saben todo; saben que el otro les miente, y que sus propias mentiras no son creídas. Sin embargo, cada uno, engañosamente, finge creer que el otro es del todo sincero. Esta sarta de mentiras permite que los dos amantes, unidos en esta «confianza en las apariencias», crean que sus halagadores embustes sobre ellos mismos –como totalmente sincera, o como encantadoramente joven– han sido aceptados. Y de este modo, mintiéndose el uno al otro, los amantes acaban mintiendo felizmente juntos.

Antes sugerí que, en la mentira, parte del defecto es que el mentiroso, al negar el acceso a lo que es en realidad o a lo que piensa, priva de un tipo de intimidad humana elemental y que suele darse por supuesto.

Esta privación no es, seguramente, una característica de la situación que Shakespeare describe. En aquel soneto, los amantes no sólo saben qué piensa cada uno, sino también lo que hay detrás de ello. Ambos saben lo que el otro realmente piensa. Y ambos saben que el otro lo sabe: se dicen unas mentiras mayúsculas, pero ninguno se llama a engaño. Cada uno de ellos sabe que el otro miente y, al propio tiempo, ambos son conscientes de que sus propias mentiras no son creídas. En realidad, ninguno de los amantes se libra de nada. Ambos comprenden lo que está sucediendo en el especular y poliédrico complejo de presuntos engaños que cada uno urdió por su lado. Para ellos, todo es tranquilizadoramente transparente. Los dos amantes tienen la seguridad de que su amor no se ha visto perjudicado por las mentiras. Pueden ver, a través de las mentiras que les han dicho, y de las que han dicho ellos, que su amor sobrevive aun sabiendo la verdad.

Supongo que la intimidad que estos amantes comparten, en virtud de reconocer las mentiras que se dicen uno al otro, y gracias también a saber que sus propias mentiras no han logrado engañar, es especialmente profunda y agradable. La intimidad de la que gozan llega hasta unos rincones de su ser que, con denodados y penosos esfuerzos, ambos habían intentado esconder. Sin embargo, pese a todo, ven que han visto el uno a través del otro. Los ocultos rincones han sido hollados. Ambos se dan cuenta de que cada uno ocupa al otro y es a su vez ocupado, y esta mutua percepción de sus mentiras ha guiado, como por ensalmo, sus maniobras de engaño hacia la verdad del amor, una delicia inigualable.

Por lo general, no suelo recomendar o perdonar la mentira. En la mayoría de los casos, soy un ferviente defensor de la verdad. De todas maneras, si usted cree que puede mentirse a sí mismo en una situación como la que Shakespeare describe en su soneto, mi consejo es: ¡adelante!

Harry G. Frankfurt. Sobre la verdad. Paidos 2007

Cortesía de Holmesss

Ocho ingenios que jamás volveré a comprar

1. Un ordenador Vaio. Grandes programas invasivos preinstalados para que el arranque de tu ordenador sea aún más entretenido.
2. Un electrodoméstico Solac. ¿Obsolescencia programada? No, electrodomésticos fungibles.
3. Una cafetera Nespresso. Antes consumía café; ahora consumo también aluminio y reciclaje.
4. Una cámara Fujifilm. Para ir tirando fotos. Literalmente.
5. Un coche Wolkswagen. Gracias a las simples revisiones de mantenimiento usted podrá pagar las vacaciones en Cádiz a varias familias de operarios de Wolfsburgo.
6. Un frigorífico Edesa. Tengo entendido que ACME fabrica modelos más ruidosos.
7. Un teléfono Nokia. Si hay maneras más difíciles de hacerlo, no se preocupe, Nokia conseguirá descubrirlas.
8. Un navegador Garmin. O cómo conocer a fondo todos los caminos forestales de Francia.

Sin categoría

Este blog tiene una media de 135 visitantes humanos diarios y 4,5 visitas por persona. Más o menos. Pero la estadística, ya saben, es esa disciplina que cuando retuerces los datos acaba de confesarte lo que quieres. La mayor parte de los visitantes sólo se pasan por aquí una o dos veces, mientras que unos pocos lo visitan muchas veces al día. 17 personas están suscritas. Los que lo visitan muchas veces son también los que más comentan.

Mi impresión es que hace ya tiempo se acabó la conversación entre los visitantes. Cada cual pega sus cosas, pero rara vez consigue feedback, lo que nos aproxima a un perfil de Facebook. Hay interacción (y aumento notable de visitas) cuando hay bronca. No tengo ninguna duda de que si no hubiera moderación de comentarios, en esos momentos el jolgorio sería espectacular. Y si hubiera botón con descargas eléctricas, fundiríamos la central nuclear, como en aquel episodio de los Simpson.

En fin, como presentación es suficiente. Este blog, recuerden, fue abierto para continuar una conversación interrumpida; no por ninguna otra razón. Les pido opinión y consejo. ¿Merece la pena que siga abierto?

I put a spell on you

— ¿Qué le habría gustado ser si no se hubiera dedicado a la literatura?
— Pelirrojo.

>> CERRADO POR DEFUNCIÓN

I put a spell on you… ‘Cause you’re mine. You better stop the things you do… I ain’t lyin’ No I ain’t lyin’… You know I can’t stand it, You’re runnin’ around. You know better daddy… I can’t stand it cause you put me down. I put a spell on you… Because you’re mine… You’re mine… I love ya… I love you… I love you anyhow… And I don’t care. if you don’t want me, I’m yours right now… You hear me, I put a spell on you… Because? you’re mine…

Va de residuos

20130330_Getaria1Psicológicamente, se entiende la obsesión por la gestión de residuos de la izquierda abertzale: tienen aún mucha basura que reciclar. Pero en el terreno de los residuos urbanos de consumo, su insistencia en el asunto de hacer responsables a los ciudadanos de sus propios desechos está empezando a dar resultados muy interesantes.

Uno de ellos la instalación en todos los municipios de un sistema de recogida de basura orgánica, mediante contenedores de color marrón (en la primera foto, a la derecha), que se unen a los grises de la basura no clasificada, los verdes del vidrio, los amarillos de plásticos y envases, y los azules del papel y cartón.

Traigo aquí algo que no había visto hasta la fecha (aunque posiblemente ya esté en funcionamiento en otros lugares), un contenedor que unifica y recoge de forma separada todos los tipos de basura no orgánica reciclable (aparte de vidrio, plástico y cartón, que por el volumen de lo recogido tienen sus propios contenedores).

En un único espacio del tamaño de un pequeño container, se recogen mediante cajones y trampillas, y se clasifican por separado, los siguientes residuos:

– termómetros de mercurio20130330_Getaria2
– pequeños aparatos eléctricos
– ropa
– aceite vegetal
– pilas
– radiografías
– productos de limpieza
– tóners
– pinturas
– aceites de motor
– fluorescentes
– bombillas de bajo consumo

Lo he visto en Guetaria, en el centro del pueblo, junto a la plaza. Es decir, una pequeña unidad muy distinta a esas instalaciones llamadas puntos verdes, puntos limpios, garbiguneak, etc., que requieren de un espacio considerable y de operarios permanentes.

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